DE LAS CULPAS DE ICARO

 

Dr. Jorge  G. Garzarelli
Buenos Aires - Argentina

Como nos estremecen los clamores
del pájaro: cualquier grito creado!
Pero los ninos ya, jugando a
campo abierto pasan de largo
con sus gritos junto a los clamores
reales. Clamores del Azar.

                                            Rilke (1)

 

Todos sabemos que elegir una forma de escritura es un circuito imaginario ya que esa ilusión yoica de ejercitar la voluntad nos condena al destierro de lo verdadero. El texto hablará por sí mismo aún cuando le impongamos una forma consensual que en su adaptación a lo social sugiera alguna defensa; no obstante el mismo no vacilará en decir de su goce en el que sin pedirnos autorización nos incluirá en un vedettismo contaminante y atrayente. En este caso el tema propone de pleno, esa incertidumbre de una clínica ante el goce. De aquí que esta presentación inicial bordee lo así llamado perverso.

Si el mundo es una selva de signos… y “poseer el hilo es poseer la unidad, lo que enlaza las cosas unas a otras” (2), intentaré resumir algunas ideas respecto de un analizando de 38 anos, derivado por un abogado que lo defendió de un delito caratulado “Asalto y robo a mano armada-Asociación Ilícita” y que habiendo cumplido una candena de tres anos (el 50% de una original de seis), registró “buena conducta” y queda en libertad condicional. Durante el tiempo de su cárcel lo que muestra como relevante son sus relaciones homosexuales con el “jefe” de sala, habiendo sentido placer al ser penetrado, senalando además haber sido atendido con notable ternura y protección por parte del “violador”.

Juan confesó su delito por lo que ese asentimiento subjetivo, clave para que se establezca alguna verdad en criminología, lo condena. Es condenado por Eso tan obscuro como pródigo que se derriba en ideales culpógenos. Eso que se presenta con una escenografía tán irreal como tán humana, en la que Juan da el pie sobre lo que el mismo desconoce. Eso que acompañado desde la vizcosa tensión superyoica, se alivia en cuanto comete el robo, según sus propias palabras: “Feliz de haber terminado así la historia”. Historia que continúa. El hecho mismo de haber cometido el robo en asociación con otras personas tocó la identificación que lo tranquilizaba.

Juan se asombró al ver su deseo supersatisfecho de un solo golpe. Lo que el buscaba en el otro es lo que posiblemente deseaba encontrar en el mismo y viceversa. Redoblamiento del Deseo.

“Fuí feliz” dijo y resonó en mi aquello de que la felicidad es una suerte de compleja geometría del deseo humano, ya que solo el humano puede ser feliz.

El perro que mueve la cola (creemos) nada sabe de símbolos.

No obstante considerar nuestro hombre que su delito estaba justificado desconoce la causa. Sabía que el robo está prohibido y penado, sin embargo su ejecución le había traído algún tipo de alivio psíquico.

El sentimiento de culpabilidad, habría existido antes de cometer el delito?

Si es así, Edipo estaría aguardando y cercana a él, esa Esfinge que Juan relata era su madre, la que escudrinaba, auscultaba, preguntaba, perseguía, castigaba. El más habitual de los castigos en su infancia era ser encerrado en una habitación de servicio obscura por largo tiempo y sin comer. Cuanto de metonímico encontramos entre esta escena y el encierro penal. Cuanto del mandato materno hay entre las esposas y sus manos atadas cuando su madre lo descubre masturbándose. Buscó este hijo un castigo al estilo de ella? Conocemos que la repetición es florida en sus cometidos! Juan en su búsqueda de alguna madre dice: “En A. encontré la madre que me faltaba”. A. es la asistente social del instituto carcelario con quién periódicamente Juan se ve y sostiene una profunda relación de afecto.

No obstante, observamos a Juan en un laberinto que inevitablemente lo conducirá al Minotauro, semblante de un padre amenazante que lo remitirá al espejismo en donde la castración se repite incansablemente, de tal modo que no existirían las diferencias. La ”verleugnung” jugará su enigmático y obscuro cometido.

Cuando Juan dice: “no puedo mirar los ojos de mi padre… ya el solo pensarlo me aterroriza” ; su padre será esa Medusa que también indiscriminadamente petrifica a su madre. Estatua ésta construída con palabras legendarias. El mito aquí declara su vigencia. La castración también la porta Athenea quién se encuentra envuelta extranamente en su propio producto.

Juan recuerda: “…la noche que él me violó…todos miraban, yo, yo tenía los ojos cerrados”. Recuerdo yoico, encubridor, que estara representando una resistencia central a la disolución del síntoma. Verguenza que cubre su rostro cuál máscara siniestra. Ese recuerdo es respetado por su posible proyección hacia algún final. Esta como toda máscara pide insistentemente ser retirada, pero el tiempo de las construcciones y de las interpretaciones no coincide con ninguna cronología teórica. Cómo decirle a Juan que para él su alivio es porque su delito es inmensamente menor que el  matricidio subyacente? Cómo proponerle el saber acerca de un severo superyó (que en una perversa asociación con el ello), obliga al desplazamiento del instinto con una relativa satisfacción que está encaramada al estatuto del goce, ese supérstite de Thánatos?”.

Comprenderá Juan que su Edipo se presenta en negativo como las antiguas placas de fotografía? Qué el Edipo clásico quedaría invertido generando la retorcida figura de: 

matar a la madre

______________: ?

gozar al padre

Conocerá acaso que el intenso deseo de amar a su padre solo se soporta bajo la condición de que su madre sea retirada de este mundo ?

Una madre como la que Juan presenta poco lugar habría dejado para el amor de su único hijo, ya que Juan nació de “casualidad”. “Vos deberías haber sido abortado” – “Viniste a entorpecer la relación con tu padre”. Frases tanáticas que junto a actos contiguos y consecuentes, fueron incentivando e incrementando el odio del hijo por esta madre, el que solo amengua cuando es vista en el cajón mortuorio a los 32 anos de Juan, ante el que sonríe irónicamente y sin el menor atisbo de tristeza. Esta fenomenología seguirá otros rumbos. El Destino que siempre está detrás de todo tiempo, que siempre es pasado, marcará las huellas a seguir por el hijo.

Si a la idea obsesiva de tirarse desde el noveno piso de su departamento de un edificio (como muchos otros) construído por su padre, quién es ingeniero civil y posee empresa de construcciones, le anadimos la compulsión de robar carteras de mujeres en forma violenta, con lo cuál o se mata o vuelve a ser condenado aumentando los tres anos pendientes, no nos sería difícil reconocer que, vivir para Juan es casi insoportable. El alivio por ser culpado ablandaría la rigidez cadavérica de la estructura que sostiene el síntoma. Estaría protegido por el  castigo y además se encontraría con su “partenaire” el que le prometió aguardarlo para seguir amándolo.

Es Juan quién por consejo de su abogado defensor, solicita análisis. La incomprensión de sus actos: “no se porque lo hice ya que el dinero no me hacía falta”, no en poco contribuye a su angustia. Su ignorancia al respecto no deja de hacerlo inimputa frente a la ley y a una psiquiatría cómplice y subordinada al orden jurídico que desconoce la profundidad y vigencia de Edipo y el sentimiento de culpabilidad.

Yo por las dudas “creo” fervientemente en sus síntomas, ninguno de ellos que pueda ser llevado a la realidad es conveniente para un análisis. Creo que aún se sostienen como transacción, pero en un sujeto con hábitos transgresores, hasta el mismo síntoma puede ser destruído. La emergencia de la pulsión en su forma radical, primitiva y elemental que evoca a la muerte o a su substituta, dejaría poco espacio para cualquier maniobra terapéutica. “El impulso crece hasta el deseo, el deseo hasta el anhelo, el anhelo hasta un ansia incontrolable y el ansia (con gran pesar y mortificación del que habla), desafiando todas las consecuencias, es consentida” (3). Virtuosa descripción que pertenece a Poe, escrita en 1837 en el “Demonio de la Perversidad”.

La presencia de ese superyó que como figura obscena convida a nuestro Icaro a gozar, siendo ésta una invitación inexcusable, haría que su fantaseado suicidio sea una forma perfecta de sacrificio. La unión con su madre en el cielo acabaría con ella y él quedaría ofreciéndose eternamente en este mundo a ese padre (Moderno Dédalo), creador de altos edificios.

Ese padre que fue sustituído por E. como un ideal yoico que urgía ser satisfecho en ese obscuro masoquismo, recibiendo el puntual castigo de una religión diabólica y con él, el cumplimiento de aquella pasión respecto de su padre. El violador y Juan mostrarían las dos caras del dios Jano. No obstante la culpa marca el derrotero consecuente, ser homosexual tiene algo de atrayente y de siniestro, sus propias asociaciones lo llevan a que, en el desear al padre, la madre hace obstáculo. Una sola intervención mía lo llevó a anudar su muerte a sus anteriores deseos de venganza por el desamor que devino desde ella. Un acto fallido, nos permitió aclarar aún más este sentimiento: “No se si siento odio u odio…por ella, quiero decir, siento odio o amor por ella, no sé…ahora que ella está muerta no tengo que pensar en esto, pero lo que digo me tranquiliza”. Este “lapsus” que bien podemos homologar como texto automático brotado desde una brecha fortuita del inconciente, mostró un deseo que se alimenta con el obstáculo que se intenta salvar.

Juan deja huellas tras de sí, las que actúan como ”Zeitmarken” que remiten a su sobre lacrado en el que se conserva intacta la prodigiosa novela que en tanto reprimida define a un intento imaginarizado de síntesis yoica. Su firma compulsa a lo anal y de aquella a la muerte solo merodea un rastro que intenta la reconquista del padre aún en esa fantástica aventura que enerva su síntoma, metáfora que por intermedia y transitiva no concluye, obstinada en su extranamiento. Síntoma que, cuál extravagante estructura, se hace clara a la luz de la lectura de la realidad sexual que la sostiene y produce.

Juan, exiliado en sus síntomas que cual tierra de nadie, desconoce latitudes y meridianos, observa asombrado a este convidado de piedra que le habla (nos habla), el idioma de las estatuas.

Su otro síntoma (de haber dos), esa sed de vagar al encuentro con las carteras, se le aparece gratuito y fortuito. Al respecto dice: “Una mujer sin cartera no es totalmente femenina…y es más…hasta me parecen  odiosas y ordinarias…lo que ocurre es que al mismo tiempo me tranquilizan porque no siento la necesidad de arrebatárselas. Sólo me interesa esto, la sorpresa que tendrían de que alguien,  bueno, en este caso yo, les robe su bendita carterita…” Juan conoce el tema del confrecillo?

Este se tratará de un síntoma que entre mágicas bambalinas refiere a evanescentes escenas, una detrás de otra cual prototípicas pitonisas todas sentadas al borde de un Delfos oracular que sugiere ese Real más allá de todo principio. Real que no desborda. Su inmutabilidad lo hace el objeto de todo deseo, hijo que de el proviene. El síntoma aquí será por entonces, su investidura transaccional y nada más que eso.

Del otro, del síntoma errático de Icaro he hecho hasta ahora un lugar intocable porque a mi juicio sostiene una vida. Impresionante lazo de Eros y Thánatos que entretejidos en el texto de estas dos leyendas nos permiten pensar en un más allá de las nuevas transposiciones. Me refiero al gesto de amor que deberá ser soportado para que el mito sea inscripto solamente en hojas de papel, estas que testimonien la imposibilidad actual de una interpretación desanudante. He aquí una fusión del Borromeo inevitable y atemporal en la que se sostiene el deseo de ser analista.

Alguna vez asoció que tirarse desde ese balcón (no otro), era caer rendido, sometido, tener que pagar y saldar una deuda con la vida. Asociación que inminentemente lo ligaba a la angustia que de contínuo participa en su vida con implacable sagacidad y adhesión.

Juan emprende una elaboración regresiva que lo interna en su propio mito a esta altura deformado por una escena optativa que nos permite vincularlo al mismo. Mortalmente la Esfinge la propone la inmortalidad. Debe morir para unirse a su madre. Debe unificarse con la devoradora tebana que brilla en el cielo. He aquí el mito de Gea invertido, ella que acoge a sus hijos siempre como Tierra lo recibirá en su seno celestial. Urano femenino. Esta idealización estará subordinada a su pulsión de muerte en cuanto agresividad constitutiva, “causa eficiens” para romper su cuerpo con esa violencia propia del abismo en que se aloja la imago de su madre mortal. Mientras que su padre es de carne y hueso, tentador, tocable aunque severo e intimidante, su madre es, (era), hierática, sacra, fría e inalcanzable. Representaciones que no cesan de penetrarlo, tallarlo, evocarle al cuerpo fragmentado que debe llegar a ser para poder ser más allá del síntoma mismo.

No son aquellas imagos las que estálticamente proveen los resortes deuterotípicos de la identidad?

Como un ángel (sin diferencia), Icaro vuela desnudo hacia la eternidad.

En este caso Narciso (su narcicismo), halla un doble que como tal emerge siniestro por semejanza y angustiante por definición, ya que en el mito de Icaro el espacio ilusorio donde se desarrolla el estatuto de persona es una máscara de agua obscura y pesada. De continuar el paralelo, Icaro muere, un mar lleva su nombre.

No es acaso el mar, la madre? Su padre, constructor de Babeles, proveerá la infinita escalera desde la cuál Juan continua sin llevar al fin, la parodia de un autocastigo que parece demandado desde el goce mismo.

Si algo en mí resuena con significantes temerosos será por mi convicción de que el Destino es la poderosa proyección de sobredeterminación del Otro. Sus anhelos remiten a la castración de los mios. Corte de la palabra ante el abismo de lo Real.

El profético Freud nos recuerda que “es harto peligroso que la realidad llegue a cumplir tales deseos reprimidos”. (4)

Si lo irreal insiste siempre desde dentro, diremos que lo real tiene una existencia propia-foránea e imposible de aplazar, excepto en la sustitución de lo loco por desconocido.

Solo me queda desconstruir con una pesante levedad la desproporcionada confianza en el poder de sus ideas, es decir, desvincular lo mágico de su realización en donde Juan Icaro es pivote de esa enigmática mitología egipcia que a su vez proveyó a nuestra tradición judeo-cristiana con sus características animistas. Juan estaría sosteniendo la superstición de una mística del crimen total, pero como todos sabemos los crímenes son solo parciales como la pulsión misma. El crimen total es un absurdo absoluto.

La hipótesis que se me imponía una y otra vez: “Delincuente por sentimiento de culpabilidad”, lo que al mismo tiempo me encerraba en la tranquilizante ficción diagnóstica, hacía obstáculo al despliegue de ambos deseos en análisis. Toda la metamorfosis de Juan era un desafío para cualquier hipótesis de trabajo que deviniese de S.S.S.

Como una escena era siempre la ilusión de una otra escena, las fuerzas de esas imágenes no debían influir sobre mi, sus sugerencias debían ubicarse en los indefinidos puntos suspensivos de cualquier intervención. Suspender juicios fue La Norma. Frente a esta mitología me permití enamorarme del contenido y dejarme capturar en esa atornasolada red de significantes que constituían un peligroso discurso. Juntos podríamos volar sabiendo uno de los dos que la polisemia de los síntomas es la Gran Trampa.

Bastaba darme cuenta en principio que, un derivar entre los sujetos de los significantes (uno para el otro), era reversible y que aquí, el camino de ida era idéntico al camino de vuelta, por lo que la deriva entonces, no generaba angustia, sino una erótica expectación.

Por esto encabalgo escenas:

    “La mato para quedarme con él”.

    “Ella muere indiferentemente, su muerte no cambió mi mundo”.

Monto una “regie”:

    Por debajo el Alter Vigia talla la obra maestra de una culpa sigilosa.

    Deviene el acto tranquilizante en donde todo sucede como si Juan no fuese  responsible ni conciente.

Anado luces cambiantes:

    La cárcel, el gozo y el dolor hermanados.

    Papá-Medusa y sus penetrantes ojos.

    La desgracia de ser un buen recluso.

Y sonidos sacrílegos:

El volar y el manoteo.

Sobre un fondo crepuscular donde Edipo viejo e impotente, cegado, va cayendo lentamente desde su trono de Tebas.

El Deseo se apronta a dirigir el Drama, por lo que Juan con alguna esperanza es llevado al “tempo” analítico.

Todo se ha desplazado a un afuera que gordianamente enlaza fantasías, síntomas, inhibiciones, carteritas femeninas, suenos y esa mitología que, anhelante (como si el todo fuese posible), pide ser completada en un vuelo sin retorno a cualquier parte del insensible Universo.

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