LA DEMANDA

 

Dr. Jorge  G. Garzarelli
Buenos Aires - Argentina
 

Podríamos apuntar el tema señalado a la demanda como esa primer catarsis del deseo que arroja a algunas personas al interior del Psicoanálisis. Seguramente algún síntoma (ese convidado de piedra) o quizás demasiados síntomas sostendrán la demanda. Una demanda  que para que sea tal necesitará de la presencia de un analista quién, con su semblante despertara las asociaciones (contenidas en la RAF.) que, metaforizadas en la palabra que se hace discurso en el ámbito del análisis, mostrará su polisemia. Palabra que como la bella del cuento, dormita anhelante en el inconsciente de ambos: analista y analizados.

Aquel semblante permitiría que él analizando aparezca como un S barrado por su confrontación con un deseo que se le presenta insoportable y desconocido. La felicidad, ese proyecto del Principio del Placer confrontado con la realidad, emergerá como un lejano país a ser habitado. Territorio ya conocido a partir de los objetivos primordiales que conformaron “in illo tempore”.

Este analizando hablará de su síntoma sin saber siquiera lo que dice, por que si aquel deviene desde una brecha real, poco podrá decir, casi nada; poco puede asegurarse de Eso paradójico, que, sin embargo presente la máxima y única certeza. A nosotros no nos irá por mejores carriles. Este desconcierto será guiado por nuestro deseo de  ser analistas.

En este camino la demanda habría organizado acerca de la liberación de la sintomatología ya que ésta captura al individuo.

Escuchar una demanda de análisis sería poder ubicar la interrogación que el sujeto se hace acerca de su deseo por el cual será necesario articular el síntoma al saber por el cual se interroga.

Será conveniente aclarar que un pedido de análisis no implica necesariamente una demanda, ya que pedir ser aliviado de un síntoma de ningún modo significa que él analizando (a esta altura todavía, futuro), quiera renunciar así sin más al goce que su síntoma le provee. La principal tarea del analista en ese momento será convertir esa queja en un síntoma dirigido al Otro. Trabajo que a mi entender, sé dá recién cuando se instale la transferencia analítica.

Si bien la transferencia existe desde antes, recién en aquel tipo de experiencia transferencial que tiene como pivote al S.S. (lo que contendría ya las futuras vicisitudes de un inicio de análisis), el síntoma se constituirá al servicio de la cura. El hecho mismo de que él analizando quiera saber algo más sobre lo que le está pasando, implica un reconocimiento de estar en falta, de no saber, lo que implica que su pregunta de su deseo reconozca al Otro (“Autre”) que lo guiará por el meandro de una escucha no habitual, e inclusive paradójica.

Algún acto fortuito, algún “lapsus”, algún sueño, darán cuenta de ese significante (S) que lo supera y que lo somete y al que no puede responder. Sería ese significante el que daría cuenta de la entrada en análisis del individuo. Ese significante será primordial y metaforizará la novela familiar, ese mito individual del neurótico que sistemáticamente aparece en toda estructura humana.

No escapará a nuestro conocimiento que cualquier demanda de análisis presupone siempre una situación amenazante ya que de aquí a la roca viva de la castración la distancia es demasiado leve. Castración que, ya sabemos, hace tope a cualquier vínculo

Obvio es que el individuo demandará sobre la verdad, no cualquiera ya que ésa puede ser provista desde la innumerable bibliografía que existe al respecto y desde todos los textos vivientes que le señalan con “toda seguridad los valores morales que lo harán un sujeto cierto, sino que demandará sobre su verdad.

S.S.S.: /Es que el analista sea aquel fantásticamente la posea/

Fantasía que se formula alrededor de una incertidumbre yódica lo que la sitúa en pleno campo de lo imaginario. Acaso sabe él yo?

La demanda vendrá a ocupar el sitio mítico del oráculo donde todo podrá  ser resuelto con aquellas palabras mágicas que provienen desde un analista-hechicero. Otras veces, éste será un  moderno Champolión. Ño lejos está la tentación (obsesiva) de ocupar esos lugares de privilegio divino. De ser así no habrá análisis sino superstición.

Sospechamos que no todo pedido captura, comprometa, seduzca, a un analista, pero en tanto y cuanto se haga demanda, éste sugerirá a su analizando un contrato que no tanto estará vinculados a las formalidades del encuadre, el que muchas veces será transgredido, transgresión que “dará que hablar” pasando a formar parte del discurso en análisis, como cuanto al cumplimiento a la regla fundamental de la asociación libre. Nada nos asegura que también ésta no vaya a ser transgredida, ya que las resistencias actúan como sabemos aún antes del pedido de análisis. La clínica nos lo muestra así.

El analista a su vez, con toda seguridad será demandado por una Ética del Psicoanálisis, aquella que surge en forma precisa de una verdadera (y por lo tanto errática), escucha del deseo de “su” analizando.

Esa escucha que se hará posible únicamente si tenemos encuentra que significante y significado ya no se corresponden bíunivocamente, que en análisis sólo media el juego del significante (de uno a otro) de “anillos cuyo collar se sella en el anillo de otro collar hecho de anillos”. Sería éste sustrato topológico. No existirá una linealidad. El significante desplegará toda su magistral polifonía, la que no siempre concluye como el “Yo de las Instituciones Terapéuticas” proveen tranquilizantemente.

Como hay un solo discurso el que presenta fallas, brechas, fisuras, será a través de éstas que podríamos acceder al sujeto que es dicho mucho más allá de lo que él pretende decir.

La pequeña a, desplegará su impresionante y eterna caída. Desde este lugar (se puede topologizar?), el sujeto (no el yo), se preguntará por su propio deseo. El efecto será yoico por que la angustia lo tomará como sede.

¿Qué puede demandar un analizando?
Amor, a esta altura idealizado, aquel amor que le fue negado por la propia cancelación parental. El analista se encontrará así por la falta constitutiva de la estructura psíquica del analizando así como también por la de él mismo; la diferencia será signada por el reclamo de aquel.

Podríamos dejar un espacio mental para pensar, cada uno, en aquellos desprolijos analistas que demandan amor a sus analizándoos?

Este analizando así constituirá un vínculo que se repetirá hasta el cansancio presuponiendo a un analista que no solo lo puede amar, sino que también “cómo amar; aunque con el tiempo esta demanda estará mucho más vinculada a una curación, a un “restablecimiento de su capacidad de trabajo y de amor” en el decir freudiano.

Cualquier deseo de análisis deberá rozar la espontaneidad ya que un “paciente” mentido o traído por las orejas, lo sabemos, ese “paciente” escuchará nada, se irá, o nos hastiará.

En esos primeros tiempos la escucha analítica se hará posible solo en “atención flotante” para no caer en el psicologuismo diagnóstico que nos provea de una estructura significativa, aquietante y mortal. Un supuesto análisis de esta naturaleza nacerá muerto o como un hijo bobo. La estupidez (para Freud, peor que la enfermedad), no será precisamente del “paciente”, del Psicoanálisis, sino del analista (sí así lo podemos llamar) mismo.

Del hambre (como necesidad y ésta sexual), al deseo (como “Vorstellung” = representación pulsional), y de éste a la demanda, el enlace será provisto por Eros. Señalamos al hambre como sexual, dada la realidad del inconsciente por lo que la demanda será siempre así significante.

Ese “qué quieres tú de mí” que se escuchará a sí mismo preguntar el analista, forma parte de su derivar en el lugar de su propio deseo. De tal modo no es posible concebir que en la misma demanda asomará ese concepto mítico que describe a la pulsión y a sus vicisitudes.

El analista se escuchará preguntándose si puede o quiere sostener tal discurso, de ahí que en mi opinión sea necesario eso que ya que los llamemos entrevista previas, sondeo, investigación preliminar, “eso” que pone en escena el deseo del analista, ya que éste juega su papel en el mismo instante en que haya un posible analizando a ser escuchado.

Freud nos señala que “... un ensayo previo, constituye la iniciación del análisis y ha de seguir por lo tanto sus mismas normas” (1)

En realidad no tendría mucha importancia hacer una anamnesis del posible analizando ya que ésta entraría dentro del campo resistencial que bordea lo cronológico y si bien como lo sabemos un análisis no es una investigación historica, bien puede ser iniciada una escucha analítica con cualquier tema. Esto es válido si no es futuro analizando quien así inicia su tratamiento.

La “Tyché” jugará siempre una carta triunfal en la escena de la demanda en tanto remite retroactivamentente al Otro demandado (hoy por hoy el analista, pero ayer); ¿serán papá o mamá o sus constelaciones subrogadas?

Que se demande tal o cúal analista quizás poco importa mientras se “encuentre” en él aquella metáfora que apunta al deseo siempre insatisfecho. Al analista tampoco lo podrá satisfacerlo lo que haría que aquella demanda de amor se trasformara en odio. Esta decepción no será novedosa, ya que tiene su amarre mítico en la tragedia de Tebas. No analizamos sino al universal y singular Edipo?

Que él analizando es contingente? Sólo se producirá un encuentro que como tal fallará. Desde estas fallas, desencuentro entre lo que se demanda y lo que dá (se pide amor y se dan palabras), sugirá alguna verdad enunciada en esa estricta alternancia entre dos sujetos. Que nos obliga a escuchar fallas, allí donde otros oyen la ilusión de lo completo?

Este deseo de analizar es lo que nos inscribe en el dispositivo analítico mismo. Deseo que siempre se dirige al revés del futuro (esa otra cabalística fantástica). Un reloj con ansia retrospectiva.

La demanda de felicidad será solo posible si “sufrimos” la vuelta del pasado, del doblez de una página aún del todo escrito, el retorno de lo mismo que insiste en la diferencia de la igualdad. En este lugar encontraremos a una pulsión dispuesta a ser siempre la misma mal educada y a aquel recuerdo de mamá diciéndonos: ”no saques la lengua a tu tía Ernestina”, y después lo peor: “los ratones te la van a comer”. Pobre mamá, ella no se sabía acaso portadora del drama humano?...

Cualquier demanda de análisis comporta el riesgo de que lo real irrumpa con esa sugerente violencia que es una de sus características y efecto.

También cualquier demanda de análisis apunta a una falta y por lo tanto se nutre (aún cuando la cadena sintomática actúe como cortina de humo), en la angustia. Así es como el sujeto se presenta en peligro. No obstante, la demanda así  constituida ya admitido en sí la posibilidad de un cambio en ese estado de cosas. Es un signo de que se transformará el argumento de su novela personal.

Así  la demanda de análisis presupone la advertencia sobre la falta, aquella que indica la ausencia de la relación sexual y la omnipresencia de la muerte. De este modo advierte sobre ese apuntamiento al falo, objeto de toda constitución anhelante. Al decirnos él analizando: “sé que deseo” (aunque no sepa bien de que se trate), algo sabe que desea y (paradójico desconocimiento)-(dicho desde él yo), lo remite estructuralmente al objeto, por lo que podemos acercarnos a señalar que su demanda de análisis está también vinculada al encuentro (reencuentro) con los subrogados de aquello perdido para siempre. Una demanda así, será un “deme aquello que he perdido eternamente, eso que no sé lo que es”, por lo que se topará con el supuesto saber del analista y también de hecho con el supuesto darle.

Otra vez la Esfinge propone sus enigmas. ¿Sabrá el analista verdaderamente bien de qué se trata, al final de cada uno de los pasillos del laberinto fantasmático?

El pedido: “Doctor, analíceme...”, en cualquiera de sus formas no indica ni certeza ni verdad. Los mordernos cartesianos generan con sus presénciale acto analítico, entendiendo por esto la puesta en marcha del núcleo ideacional (representante del quehacer de las pulsiones), lo “ganz andere” donde se juega la universalidad de cada uno de nosotros. Otra vez, como el padre histórico pero no es su estilo, el analista deberá desencantarlo por medio de una decepción que dimensionará lo simbólico. La palabra, ¿no es acaso vehículo suficiente para generar cualquier articulación que bordee la esperanza o la frustración?

 Una demanda de análisis debería ser integrada, a mi entender, a una escucha significante, donde ya encontramos vibrando la multideterminación  sintomática con su contínuo oscilar metonímico y metafórico. El símbolo siguiendo su etimología, nos arrojará a las tinieblas donde reina Hades en medio de su propio proceso primario.

Por estos motivos una demanda de este tipo se ubicará siempre dentro de una línea dinámica que atravesará el nudo borromeo en un “perpetuum móbile” que dura mientras dura el análisis y aún mas allá. Aún en ese final de análisis vinculado al tiempo, sentirá el analista y el analizando que “no todo fue dicho”. Ambos se seguirán “a posteriori” demandando. Aquella demanda de análisis que ocultaba el amor y al saber seguirá insistiendo en otros lugares.

Obviamente que salvo raras excepciones un paciente que demanda análisis posee un factor que depende de la propia estructura psíquica, aquello que Freud llamó “sugestión” (2) y que actúa como disposición positiva o como resistencia. Hoy la encontramos designada bajo el nombre S.S.S. y puede ser mas bien considerada según el momento del análisis. Qué pasará cuando un analista sea demandado como ideal del yo? Sabemos que el superyó invita al goce a un sujeto que no puede sustraerse a ello. Dejamos este otro tema abierto para que lo podamos pensar juntos.

No toda demanda de análisis presupone su entrada, a veces se manifiesta solo como un intento que posteriormente falla. La misma demanda de analista contenido en el “analíceme usted” puede llegar a ser una de las formas de resistencia. Un “paciente” que de contínuo demande, interferirá el movimiento palpebral del inconsciente que se genera en el vínculo. De hecho que el querer iniciar un análisis es casi someterse al rito en este caso, iniciático, previo a la demanda constituida en voz (pequeña a); de aquí que hayamos afirmar que, exista transferencia antes del análisis. Transferencia al Psicoanálisis, es decir a la fantasía que esta ciencia de conjeturas se hacen los que lo desconocen.

Si una analizando demanda al analista es porque él mismo es demandado desde su deseo.

¿Será ésta la puesta en acto del deseo?

De aquí que, la demanda pueda demandar al analista como un puro pasaje metonímico. Metonimia que lo atraviesa a él mismo porque “creer” que es él a quien se demanda es olvidarse con grandes riesgos que la proyección de la novela familiar del analizando será sobre él como pantalla y no sobre él como protagonista. Obvio será que para que haya análisis en términos de producción del inconsciente, ese semblante deberá estar siempre presente, sino deberemos emerger los silvestres (por llamarlos suavemente) análisis publicitario tan en boga.

Así el des-encuentro pertenece a la realidad y produce estragos.

Un análisis podemos afirmar, comenzará cuando su demanda rodea al enigma que sostiene el síntoma. ¿Acaso que es lo que hace que una persona demande análisis, sino algún síntoma que en fisura, angustie? Es aquí donde y cuando el analizando le pedirá al analista qué algo le haga, es decir que haga algo con sus síntomas.

Entrar en análisis no significa necesariamente olvidar lo externo que como resto diurno se filtre, siendo de este modo incluído, pero si el acentuar el mundo interno y sus formaciones las que como constante señales indicará el sin sentido y el absurdo.

Un análisis recién se iniciará cuando lo real irrumpa en el vínculo analítico aunque como sabemos los tres círculos no cesan de “haber” juntos.

De aquí que la demanda de análisis algún tipo de transferencia al saber vaya siempre a sostener. Un saber que devenga dentro del desconocimiento y desconcierto yoico. Recordando que el instrumento analítico es precisamente la neurosis de transferencia, la demanda se desplazará sobre ella mientras dure el análisis, porque sin demanda éste se irrumpe. Esta demanda será a nuestro entender la demanda de amor y por el acceso al saber.

Se me ocurre pensar en este momento al analizando como aquel aprendiz de filósofo que persistentemente está en búsqueda de un amor y de alguna verdad. De esta inquietud nos haremos cargo nosotros, analista, lo que de hecho presupone otra inquietud a declarar ante el “juicio ético”.

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