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En pos de la verdad, pensamiento crítico
Por: José Enebral Fernández

Para asegurar el rigor de nuestros procesos cognitivos disponemos de recursos intelectuales diversos; pero cuando deseamos llegar a las conclusiones más acertadas, al conocimiento más sólido, a una verdad resistente que podamos sostener, entonces quizá hayamos de prestar atención a cardinales voces interiores, intuición incluida, que no solemos cultivar en suficiente medida. El pensador crítico, el que se muestra riguroso, esmerado, pulcro al pensar, las cultiva en beneficio de su buen juicio.

El cerebro ha evolucionado mucho, pero servía a la supervivencia y se diría que sigue funcionando para este fin, aunque hayan cambiado los riesgos. Como resulta lógico, buscamos y celebramos la satisfacción y el bienestar; pero también, desde esta comodidad o relajación que se ha ido reforzando, tratamos a veces de apagar las voces que nos traen desazón, inquietud, malestar, peligro. Puede que, funcionando en rutinario, dejemos escapar la verdad; que incluso se renuncie a ella de antemano y no se quiera conocer. Además, cubrimos vacíos informativos con suposiciones libres.

Todo es más complejo pero seguramente nos vendría bien cuestionar más nuestro propio pensamiento. En pos de la verdad, topamos a veces con la posverdad, tan de moda en los medios. Ciertamente y habiéndose desbocado los afanes de manipulación, estando las cosas como están, uno ha de esforzarse tras un criterio sólido, personal, acertado, fundamentado. Bien entendido y como vienen señalando psicólogos y filósofos, el pensamiento crítico resulta, sí, más inexcusable cada día.

Podría decirse que, en la práctica, el pensamiento crítico supone escuchar a nuestro departamento interior de calidad intelectual, el responsable de la precisión y el rigor en el pensar. Sin olvidar el valor de la intuición genuina, podríamos identificarlo en buena medida con un Pepito Grillo que nos advirtiera de los errores del razonamiento, y asimismo —acaso especialmente— con un advocatus diaboli también interno, que nos ayudara a neutralizar tendencias rutinarias, a consolidar argumentos y conclusiones.

No hace falta recordar que el pensador crítico tiende a dudar, analiza detenidamente causas y consecuencias, lentifica y asegura las inferencias… No va tras el error o el fallo, aunque tope con ellos; va tras la verdad, para acercarse a ella lo más posible. Es bien cierto que cada uno percibe la realidad a su manera, como también que siempre podemos hacer un esfuerzo mayor de objetividad y que vale la pena. Pero sigamos identificando a nuestro héroe.

El mejor pensador crítico no adultera conceptos, no se aferra a errores, no deja que se lo den pensado, no establece analogías con ligereza, no entra en discusiones vanas, no argumenta débilmente, no llega a falsos dilemas, no muestra afanes de supremacía retórica, no se va por las ramas, no desatiende a las consecuencias, no habla de más, no da por resueltos problemas que no lo están, no crea nuevos al tratar de resolver los existentes… El pensador crítico gobierna su cerebro para aproximarse a la verdad.

Desde hace un año y siendo antiguo alumno de colegio salesiano, presiones ambientales me han hecho pública y repetidamente prometer que defenderé a toda costa la verdad (la científica, la ética, la moral). No me siento tan combativo siendo ya abuelo, pero sí que había apostado uno por la sinceridad desde pequeñito. Sinceros podemos —debemos, si se quiere— ser, pero quizá suene algo exagerado lo de defender la verdad “a toda costa”, y más en fórmula promisoria. No, no podemos sentirnos muy seguros de casi nada.

En ocasiones, alegremente nos creemos poseedores de la verdad (incluso la Iglesia, sí, que tiempo después reconoce errores —y horrores—, y pide perdón); pero, aun en caso de que nuestra verdad resulte más sólida y contrastada que las alternativas que se barajen, ello no debería llevarnos a la arrogancia o la soberbia porque, amén de no resultar elegante, difícilmente podemos librarnos de una dosis de subjetividad.

En la vida cotidiana habríamos de defender, sí, nuestras verdades percibidas (opiniones, conclusiones, inferencias, soluciones…) con asertividad, con argumentos; pero también con respeto y prudencia. Parece más deseable lo de convencer, y no tanto lo de ganar la batalla dialéctica, que a menudo este parece ser el objetivo en estos tiempos revueltos de la posverdad y la combinación de lo cierto y lo engañoso.

En efecto, una sensible humildad intelectual (y general) precisamos. Así lo destacan los expertos (Facione, Paul, Elder…) en pensamiento crítico, que igualmente nos mueven a la profundidad, autonomía y perseverancia en el pensar, como a la audacia, la integridad, la empatía, la justicia… Todo ello caracteriza a los mejores en esta fortaleza del pensar con esmero, que —hay que insistir en ello— no se regocijan encontrando errores o falsedades, sino aproximándose más y más a la realidad en cada asunto abordado.

Habíamos señalado tres voces interiores y cardinales a las que suele atender especialmente el pensador crítico: la de la intuición genuina (a menudo en sinergia con la empatía), la del Pepito Grillo (whistleblower) incorporado, y la del abogado del diablo, también incorporado, que algunas ocasiones demandan. Ya Edward De Bono nos identificó una idónea colección de sombreros de pensador para llegar a las mejores conclusiones, pero sí parece oportuno insistir en las voces señaladas, a menudo desoídas y que quizá quepa vincular con los sombreros rojo y negro, de colores ciertamente muy nuestros.

Claro —pensemos en el debate sobre un tema—, hemos de estar bien documentados ante cada proceso cognitivo, abiertos tanto a lo que refuerza nuestras tesis, como a lo que viene a cuestionarlas: habrá típicamente, sí, abundante información. Y hemos de contar con que siempre se nos va a escapar algo, por mucho que estudiemos un tema y por muy sintópica que sea nuestra actitud.  Convenido esto, vayamos a lo del abogado del diablo, que puede resultar muy deseable en algunos casos (por ejemplo, si hemos de defender una solución a adoptar, una alternativa entre varias, una decisión trascendente…).

Ya es complicada la tarea de llevar la contraria para quien la asume con buen fin e idóneos medios; pues mucho más, si queremos asumirla nosotros mismos. Puede exigirnos perspectiva, flexibilidad, empatía, imaginación, fluidez racional y argumental, pensamiento exploratorio y penetrante, intuición, sagacidad, perspicacia… Bueno, quizá en ocasiones pueda bastar una cierta previsión y un refuerzo argumentativo; pero cabe insistir en que no se trata de ganar la batalla dialéctica, sino de sentirnos momentáneamente conformes (seguros) con nuestra verdad alcanzada, nos resulte o no favorable.

Evitemos aquí el efecto Zeigarnik, que casi todos los asuntos están vivos y no se les puede dar carpetazo: pronto aparecerá algo más, nuevo o viejo, sobre cada asunto o tema. Y recuérdese: en beneficio de la calidad de nuestro pensamiento, prestemos atención a los aportes intuitivos, a la alarma correctora interna y a la necesidad de llevarnos la contraria a nosotros mismos.

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