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El poder de la compulsion
Por: José Luis Catalán

El poder de la compulsion

 

El poder de la compulsión

 Llega un punto en el que dejar crecer ciertos impulsos les proporcionan un acceso privilegiado. Es como si le confiáramos la llama de nuestra casa a un ladrón, somo si diéramos un puesto en el Consejo con voz y voto a un directivo de la competencia.

A todas luces es contradictorio ser jugador ludópata y gastador prudente, comedor compulsivo y guardar la línea. Se hace casi imposible convivir con una contradicción que se ve. En cambio, aunque fuera oratoria, engatusadora, aparente y disimulada parecería inocua aunque contuviera la misma carga de veneno.

Estar dividido entre dos fuerzas iguales es muchísimo más lioso que otras dos que fueran desiguales y jerárquicamente una muy por encima de la otra. Por ejemplo, me puede molestar que me pisen el pie, pero el respeto humano que tengo hacia el prójimo hace que resuelva por "perdonar al pisador'' en vez de matar al culpable. Pero cuando tengo apetencia por comer, o el ludópata por jugar, no estan obvio que el conflicto se resolviera por el lado de "renunciar al exceso de comida'' o dejar de probar suerte una vez más.

Esto, mirando en la frialdad reflexiva de una persona que padezca el descontrol será visto como algo que aún pareciéndole como irracional y contrario a su natural concepción de las cosas, se le impone a pesar de ello de una forma irresistible.

Esta situación es descripta como una en los que "falta la voluntad'' o equiparándola a una enfermedad (como cuando uno quiere estar sano pero los virus hacen caso omiso de nuestro deseo).

Pero en la enfermedad hay un agente infeccioso, un mal funcionamiento de un órgano. En cambio ¿qué es esa voluntad "falsa'' que mueve nuestra mano que coge comida, apuesta por un número o enciende un cigarrillo tras otro que se acaba de apagar?. Parece ser que será "falsa'' o "poco razonable'' pero es de primera categoría. Es una voluntad perfectamente inteligente: por ejemplo, un ludópata es capaz de conseguir préstamos y dinero de una forma que era impensable cuando no lo era.

Es asombroso. No tenemos más remedio que admitir que esa voluntad-contraria se a creado a pesar nuestro, a nuestras espaldas, por nuestra propia guia, paso a paso, desde cuando empezó y era apenas una nadería anecdótica hasta ahora que aparentemente uno "no se puede resistir''.

Por el hecho de venir, permanecer y aumentar por nosotros y en nosotros, nos sentimos inevitablemente implicados en el asunto. Mucho más involucrados que en el caso de habernos contagiado por un descuido. La responsabilidad se vive, se reprocha y no se alivia el asco, la culpa y la vergüenza por mucho que se le convenza a la persona de estar enferma o estar poseída de una misteriosa fuerza alienante.

Es más. La culpa y la vergüenza contribuye más de lo que parece en reforzar las conductas adictiva. En fase 'on' el adicto ejerce su adicción, pero en fase 'off' se reprocha por haber estado en 'on'. El recuerdo de la experiencia reciente repugna al propio actor de forma que ni lo bueno aprovecha , porque se contempla con remordimiento, ni lo malo se olvida fácilmente.

La imagen propia se resquebraja por la constatación de las contradicciones después que se han manifestado (¡nunca antes de evitarlas!),y contra más amargura se produce más la adicción se ofrece rápidamente como alivio (¿Has comido más de la cuenta y estas arrepentido? !Come más para paliar el disgusto,total el mal ya está hecho!).

De hecho el ofrecimiento de la adicción se vuelve un "salva todo tipo de situaciones'', especialmente las más desagradables. La lánguida caída en el impulso destructivo es un éxito de la seducción, de su saber estar siempre como un buen amante que sabe estar en el el momento oportuno en el que la víctima flaqueao se presenta competencia. Es activado por todos los resortes que producen ansiedad, sea cual fuera su fuente, y finalmente, en el colmo de la perfección, cualquier placer que podría tentarnos para superar la ansiedad.

Es por esta incapacidad de la razón para ver lo que está oculto a la vista lo que suele favorecer las terapias de control de estímulos (no dar dinero al ludópata, no tener acceso a comida, sentir nauseas cuando se ingiere alcohol).

El éxito de estas estrategias son incompletos de cara al problema del autocontrol autosuficiente, para el cual será necesario saber de la astucia de los impulsos y de la capacidad de autoengaño. Y no sólo se trata de no tener conductas adictivas o conductas compulsivas y de desvío, sino sobre todo la persona ha de aprender en definitiva sistemas alternativos y más inocuos de resolver las ansiedades que su vivir conlleva.

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