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El Yo en el Deporte
Por: Dr. Jorge G. Garzarelli

El Yo en el Deporte

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Diferentes conceptualizaciones, teorías, hipótesis, ideas, creencias, etc, se han realizado
a lo largo de la evolución de las ciencias psicosociales. Todas ellas, son a nuestro entender beneficiosas por pertenecer al ámbito de la creatividad y a esa imperiosa necesidad que tiene el hombre de dar respuestas a sus vitales interrogantes.

La denominada pulsión de conocimiento (“Wissentrieb”), ejerce en forma constante su presión sobre el Yo, el que intenta descubrir en la realidad ambiente (“Umwelt”), aquello que se le manifiesta obscuro, indeterminado, incierto y desde estos “lugares psíquicos”
dar cuenta de esta manifestación de búsqueda de significado.

El yo puede ser tanto pensado y o comprendido desde la filosofía, como desde la psicología, como desde la antropología, así también como desde la sociología, pero, será dentro del ámbito específico de la Psicología del Deporte en el que intentaremos otorgarle
un nuevo lugar.

El yo del deportista no esta de ningún modo separado del yo de su personalidad.

Ante esta situación sería conveniente ajustarnos a alguna definición de personalidad.
Siendo breves diremos que la personalidad es nuestro mapa externo, el que mostramos al mundo y que contiene sistemas dinámicos permitiéndonos adecuarnos y movernos como personas (del gr. “prosopon” :máscara) en un entorno que cambia y que nos condiciona y motiva.

Cuando definimos al yo desde una perspectiva psicoanalítica, aunque podríamos utilizar cualquier otra que también nos ayudaría, el Yo vendría a nacer desde el Ello (nuestra herencia biopsìquica) en el contacto con la realidad ambiente, cuyo primer epicentro de significación vital es nuestra madre. El yo sería un aspecto superficial (no en sentido valorativo) de nuestra estructura psíquica. Y quizás sea nuestra madre, el primer modelo no solo de nuestros juegos, fantasías, cuentos, leyendas, sino también de los deportes que más adelante cubrirán un aspecto importante de nuestra vida. No perderemos de vista la figura del padre que tantas veces condiciona nuestras actividades físicas. Algunas veces como puro placer en el caso del deporte “amateur”, otras veces como trabajo en el deporte profesional.

Las viscisitudes de nuestra vida, harán que el deporte ocupe tal o cual lugar, lo que hará que efectivizemos tales o cuales roles

Acerca de los roles

En este aspecto mencionaremos que el concepto de rol, proveniente de la palabra inglesa “role”,será una conducta esperada de nosotros. En el caso del deportista ya establecido,su rol estará supeditado tanto a sus propios ideales, como a la técnica del deporte en si, como a lo motivado por su “coach”, tanto como a su institución, sus “fans” y en el caso de innumerables deportistas, por su nación o a veces por el continente al que pertenecen.

Es en este sentido el Deporte un posible organizador socio-integral.

En cuanto al rol, señala Pichón Riviere (l941) que existirían tres tipos de roles básicos:

1 – la relación entre madre e hijo
2- la relación entre padre e hijo
3- rol de observación del bebé dirigido a la relación entre la madre y el padre

Estos roles de ningún modo son estáticos, son dinámicos y condicionados por aspectos inconscientes como por situaciones ambientales.

En el desarrollo de la persona el sujeto accederá a cuatro ámbitos o espacios reales:
1 – ámbito psicosocial el sujeto con otro tanto real como imaginario
2 – ámbito sociodinámico lo grupal (juego de roles)
3 – ámbito institucional sujetos de grupos interrelacionados entre si
4 – ámbito comunitario conjunto de instituciones.

Desde este ángulo podrá la Psicología Social abordar una parte importante de la problemática de los deportistas.

También en el desarrollo de la Personalidad, entre otros factores, el Yo podrá ubicarse en el famoso rol de líder (“to lead”:conducir,guiar”). Lider que acorde con su forma y estructura funcional se podrá dividir en:
rígidos, plásticos, chivos emisarios, el líder que promueve cambios, el que se resiste a los mismos, los colaboradores, los dependientes, los ausentes, paternalistas, evitativos, etc.
Formas de personalidad fundamentales en todo ámbito de la vida, pero que en los deportes
adquieren una figura relevante, tal como podemos observar en muchas figuras de deportistas tanto del pasado como actuales, vg. Pelé, Vilas, Maradona, Sabbatini en nuestro país.

Funciones del yo

Volviendo a la perspectiva psicoanalítica, el yo puede ser conciente de sus conductas las que se manifiestan como roles. Estos roles además se encuentran apoyados en específicas funciones que nos permiten bajo un Principio denominado de Realidad contactarnos con el entorno, ajustarnos, adecuarnos, adaptarnos al mismo tiempo que condicionarnos para poder mantener un equilibrio dinámico entre nosotros y el mundo

Estas funciones yoicas concientes son las de:

Percepción
Atención
Comprensión
Concentración
Aprendizaje
Voluntad

las que conforman un todo unificado y que actúan de consuno en toda actividad física, aprovechando este momento para aclarar que no toda actividad física es deporte, pero que el deporte siempre es una actividad física inseparable de lo psíquico y de lo social.

En este concepto incluímos los siete niveles en que consideramos se encuentra integrada la persona humana:

Físico, químico, biológico, psicológico, sociológico, ético moral y espiritual.

La persona del deportista, si bien acentúa por las características de su actividad corporal una u otra área, cuando juega actúa en forma integral con todos los beneficios que el deporte otorga, ya comprobados por diferentes estudios e investigaciones tanto antiguas como actuales. Aspecto sobre el que no es necesario ya insistir. A los 10 minutos de estar pedaleando sobre una bicicleta fija, me ha ocurrido que y aún a pesar de estar asistiendo a un momento un poco desagradable de mi vida, cambiaron mis pensamientos, mis sentimientos y sensaciones corporales. Es obvio que no se trata de un milagro celestial, sino del “milagro de nuestro cuerpo”.

Y si eso ocurre en una actividad relativamente solitaria, cuanto más cuando jugamos en equipo con quienes son nuestros compañeros y amigos.

El deporte recorre toda el área de nuestra existencia y quién recoge los beneficios en forma conciente en nuestro yo. Es nuestro yo el que regocija cuando ganamos o se angustia cuando perdemos.
Todas estas autopercepciones se inscriben e nuestra interioridad denominada por la teoría existencialista el “Innenwelt”, el mundo más propio y significativo. El mundo que otorga a nuestra vida un sentido de placer y de valor.

Dentro de este yo, existe otra parte, que es denominada inconsciente y que además de contener a los procesos defensivos en los casos en que sea necesario defenderse de problemas y o de angustias, nos conecta con nuestros propios ideales. Este yo se denomina Yo ideal y actúa la más de las veces como motivador de nuestras actividades..

Este yo ideal, esta conformado por nuestras aspiraciones, deseos, anhelos, muchas veces vinculados con los deseos de nuestros propios padres. Será tarea de psicólogos el ayudar a descubrir cuáles son nuestros ideales o los que han proyectado nuestros padres sobre nosotros. Algunas veces coinciden, otras no. Cuando se trata de estas últimas es cuando pueden generarse conflictos personales con fácil o dificultosa resolución.

En el caso del deportista es sumamente importante descubrir de inicio si lo ideales del niño o adolescente coinciden con sus propias aspiraciones, ya que esto puede traer, y según mi experiencia profesional, déficits en el aprendizaje, resistencia a la técnica, malestares hasta de naturaleza física, cuanto mas psíquica, rechazos en otras áreas con cumplimiento en el área del deporte, etc. etc. Estas situaciones de conflicto las he observado a través de una encuesta (a su disposición) de adolescentes que fueron urgidos por sus padres a cumplir con los ideales que ellos mismos no pudieron cumplir. En este caso en jóvenes footbolistas.

Es además, la adolescencia un “campo de juego”, en el que se reestructura nuestra identidad jugándose todas nuestras infantiles necesidades, fantasías, creencias y deseos. De aquí que, la adolescencia en si, sea el lugar de máxima “revolución” tanto en lo psíquico como en lo corporal. El yo desorientado del adolescente, sujeto a diversas y múltiples, cuando es acompañado de un deporte y mejor si lo es en equipo, se organiza y se integra con mayor fortaleza. Cuando más, y acorde con mi experiencia, se ha tratado en adolescentes con adicciones a drogas y a alcohol con resultados positivos. En este caso, en nuestro país y en la actualidad, con mayores inconvenientes, ya que la droga ha entrado en el ámbito de los “teenagers” con una fuerza casi inexplicable, aunque tenemos ya ideas de los diferentes porques, motivo de otro trabajo.

Se ha podido comprobar que, en la mayoría de los casos de adicción, el deporte es un excelente modelo psicológico preventivo y terapéutico. También lo es el arte en sus distintas manifestaciones y obviamente una noble y clara comunicación con los padres y amigos, a más de los profesionales especializados.

El yo del deportista

El yo del deportista utiliza en forma integrada todas las funciones concientes a las que nos hemos referido anteriormente, aún cuando preferencia algunas en vez de otras acorde con el tiempo de aprendizaje, concentración, juegos de amistad o profesional y las propias características del deporte.

No obstante, aspectos inconcientes de su estructura psíquica actúan desde su interior jugando un papel sumamente importante y determinando sus acciones.

El yo se conforma a lo largo de toda la vida del ser humano, desde su inicio en el espejo maternal, del padre, sus familiares cercanos, sus amigos, compañeros de colegio, maestros, profesores, ídolos en la adolescencia, modelos de todo tipo. Es por esta acumulación de “identificaciones” que el yo se nos presenta como una estructura dinámica. Asimismo, es, por este motivo que es tan importante la consolidación del yo del deportista acorde con imágenes positivas tanto de su “coach”, como de su equipo. El coach en la mayoría de los casos es un representante técno-afectivo de características paternales.

El yo es el que debido al esfuerzo y la voluntad que cada deportista pone en triunfar, compitiendo con sus ideales, con sus marcas o contra un adversario; va aumentando su umbral de frustración, lo que hace que este individuo deportista pueda enfrentar la vida de un modo mas efectivo. Por supuesto que la estructura de personalidad coayudará en este proceso.

El yo, a medida que progresa profesionalmente favorece la madurez personal del deportista.

Un yo así ubicado se encontrará motivado en forma constante y evolucionando hacia sus propios ideales, los de su deporte y la institución a la que representa. Ideales que deberían estar condicionados por sus propios recursos ya que un ideal muy alto sin obtener el logro anhelado produce efectos negativos en su actividad. El principal efecto es la angustia, cuya principal sede es casualmente el Yo.

La angustia puede ser un motor retrógrado en el desarrollo profesional de cualquier deportista, hasta el punto de llegar a inhibir profundamente su evolución.

Si bien la angustia acompaña casi siempre los actos de nuestra vida, a mayor idealización
Con menores recursos, existe un incremento desmesurado de la angustia y la sensación efectiva de fracaso con las depresiones consecuentes.

El yo maduro de un deportista indica hasta donde éste puede continuar jugando. Aún cuando todos los seres humanos debemos alguna vez separarnos de las actividades que le han dado sentido a nuestra vida, con la depresión natural consiguiente, el saber “retirarse a tiempo” es efecto de un yo maduro y es bien tolerado dentro del metabolismo psíquico.

De este modo el yo del deportista retirado conoce muy bien adonde dirigir su futuro. Su entorno tanto familiar, como afectivo, socio-económico e institucional, juegan aquí un papel muy importante.

En un estudio reciente con encuestas abiertas (aún en curso) que he realizado a ex jugadores de foot-ball, de diferentes edades, pertenencias y condiciones deportivas (Buenos Aires,Argentina, 2003), las respuestas a las mismas (aún cuando diferenciadas) tuvieron un comunes denominadores.

En el caso de las situaciones negativas se mostraron, depresión, aislamiento, insomnio perdurable, tristeza, irritación, dolores de cabeza, sensación de “no pertenencia”, no saber que hacer con el tiempo libre, envidia por los que continúan jugando, hipercríticas hacia si mismos o hacia otros jugadores.

En el polo positivo se mostraron ganas de continuar jugando en forma “amateur”, ubicándose como entrenadores o asesores, reconquista del placer perdido por la responsabilidad profesional, mas tiempo libre para estar con su familia y amigos, poder viajar, alivio frente a las presiones institucionales, sentimiento positivo de ser reconocidos “fuera de la cancha”.

En algunos casos se debió consultar a médicos y a psicólogos, en otros refugio en sus amigos y en su familia.
En la mayoría de ellos se encontraron sentimientos de duda y ambivalencia y preguntas tales como:

Habré hecho bien?
Habría sido éste el momento de retirarme?
Podría haber seguido durante más tiempo?
Que imagen habré dejado en los demás?
Podría haber hecho otro deporte?

Es interesante resaltar que muchos de ellos “a posteriori” se están dedicando al tennis, al atletismo, a la natación y a la musculación. A veces muchos deportes que no tienen tanta conexión con el foot-ball pero que según los entrevistados los complementan, aunque su “amor por la pelota” estando en el centro de su corazón.

En todas las respuestas, no obstante, podríase leer un sentimiento de haber podido hacer con sus vidas lo que habían deseado. Este sentimiento, según mi experiencia, es constante en la mayoría de los deportistas que han elegido esta profesión por si mismos y sin demasiada o con baja influencia por parte del medio.

Es que, según puedo interpretar, el deporte al convocar los siete niveles de organización de la persona humana, otorga a ésta, un “status” especial dentro de las estructuras sociales con un grado de reconocimiento amplio y constante por parte de sus miembros. El deportista tendría un equivalente (aunque en diferente nivel) al reconocimiento que reciben los artistas, los científicos y todas aquellas personas que han hecho algo importante por la Humanidad.

Un yo que ha podido acceder a sus propios ideales es un yo satisfecho y feliz, que puede seguir proyectándose en otros ámbitos con la sensación del “deber cumplido”.

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