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Hamelin, Un Ensayo sobre Fanatismo, abuso emocional y manipulación psicológica en grupos sectarios | El líder sectario: fanatismo y poder
Por: Juan Manuel Otero Barrigón

Hamelin, Un Ensayo sobre Fanatismo, abuso emocional y manipulación psicológica en grupos sectarios - El líder sectario: fanatismo y poder

Un principio de inherente a todo fanatismo es que la verdad vale más que la humanidad. Verdad, siempre entendida, como exclusiva posesión de quien la enuncia, que anula todas aquellas verdades alternativas, por el sólo hecho de no corresponder con la propia. La preeminencia, por sobre todas las cosas, de aquello considerado verdadero, es la garantía moral que autoriza todo atropello que sirva al fin de entronizar la creencia propia. 

El fanatismo termina traduciéndose siempre, dice Hubert Schleichert (2004), “en inhumanidad en nombre de los más altos ideales, y por ende, ejercido con la mejor conciencia”. 

La relación que el fanático establece con su idea es una relación pasional, y como tal, asimétrica. El yo del fanático mantiene un vínculo de necesidad con su objeto de devoción. Este se constituye en la fuente exclusiva de todo placer. 

Todo líder sectario es fanático. El fanatismo está en su ADN como líder. 

Fanático proviene del latín fanaticus, cuya raíz es fanum, “lugar o templo sagrado”.

El vocablo designaba en sus orígenes a un servidor de un templo o fanum, es decir, a los vigilantes o guardianes nocturnos que velaban con mucho fervor por el santuario. Luego su sentido se fue ampliando, para pasar a designar al adepto exclusivo de un templo, santuario o divinidad, algo que resultaba extraño para los romanos en sus orígenes. El líder sectario es fanático en tanto y en cuanto considera su creencia como lo más sagrado que existe, en términos absolutos, y frente a cuya “verdad” nada puede oponérsele. De allí su intolerancia  frente a versiones y/o lecturas alternativas, divergentes, de la realidad. El líder fanático nunca se equivoca, es exclusivista y rígidamente integrista en su ideario. No se suma a ningún grupo comunitario en el que no ocupe un lugar en la dirección. Su discurso es dogmatizante.

“Víctima del fanatismo”, Nikolai Pimonenko ( 1899). El fanatismo, dice el psicoanalista Sebastián Plut, supone abolir toda afinidad con quien no forma parte del propio grupo y al mismo tiempo, anular toda diferencia dentro del propio grupo.

El fanático necesita atacar constantemente, ya sea a la comunidad, al poder establecido o a todo lo que para él signifique la proyección del objeto persecutorio del que tiene que defenderse. Y es que su fanatismo corre paralelo a su vivenciar paranoide. Sus relaciones personales están amenazadas por los miedos persecutorios, en los cuales la escisión como mecanismo psicodinámico juega un papel central. Despúes de escindir al objeto, ataca la relación persecutoria y se identifica con la relación buena idealizada (el objeto bueno). Este último puede ser una figura divina de cualquier tipo, con la cual se identifica masivamente. Por otro lado, proyecta fuera aquello malo que siente dentro, de manera que lo proyectado se convierte en persecutorio. La lógica subyacente a esto radica en que es preferible tener el objeto malo fuera que no sentirlo dentro, ya que estando fuera se lo puede controlar y atacar. Cuando esta escisión se plasma en proyecciones sociales, da lugar a la antedicha demarcación entre buenos y malos en la que solamente unos son los buenos; los otros son absolutamente malos y por lo tanto, hay que protegerse de ellos. En casos extremos, esto conlleva la necesidad de adoctrinar a los miembros para que no se distancien del único objeto bueno, que es el líder del grupo. Lamentablemente, casos de líderes paranoides que acaban destruyendo lo que patológicamente habían creado existen, aunque afortunadamente solo representan una enorme minoría. Tomemos como ejemplo de esto último al Templo del Pueblo de Jim Jones, donde en 1978 la utopía cristiano socialista que la comunidad había pretendido montar en la selva de Guyana, terminó con más de novecientas personas muertas tras ingerir una mezcla de jugo de naranja con cianuro en lo que se dio en llamar un suicidio revolucionario “para protestar por las condiciones de un mundo inhumano”. No todos los miembros del grupo aceptaron voluntariamente el suicidio, aunque fueron numerosos. También hubo quienes fueron obligados por la fuerza a beber el brebaje mortal, e incluso una enorme cantidad de niños criados en la comunidad murieron junto a sus padres. De más está decir que estas criaturas no decidieron voluntariamente quitarse la vida. 

Una investigación del año 2010 llevada a cabo por especialistas de la Universidad York de Canadá, y que contó con la participación de más de 600 personas, demostró el importante rol que cumplen la ansiedad y la incertidumbre para provocar que las personas se vuelvan más idealistas y radicales en lo que a creencias religiosas se refiere. Es decir, más extremistas y fanáticas. Los resultados del estudio fueron publicados completos en el Personality and Social  Psychology Review, siendo similares a los obtenidos dos años atrás por científicos de la Universidad de Waterloo del mismo país, quienes habían demostrado que hacer pensar a la gente sobre sucesos sobre los cuales no podían ejercer ningún tipo de control, incrementaba radicalmente su fe en Dios, sobre todo si este era concebido como un ser despótico y dominante. Por otra parte, el profesor en psicología Ian McGregor, quien estuvo a cargo también del primero de los estudios mencionados, había publicado tiempo antes en la revista Psychological Science, los resultados de otro estudio realizado junto a sus colaboradores, y en el cual se comprobó que las creencias religiosas férreas están asociadas con una actividad neuronal menor en la corteza cingulada anterior, que es un área del cerebro que se vuelve más activa en situaciones que producen ansiedad. Las conclusiones de McGregor, en este sentido, fueron determinantes: “reunidos los resultados obtenidos en todo el programa de investigación sugieren que las personas osadas aunque vulnerables tienden a extremos religiosos e idealistas para paliar la ansiedad”.

Como todo líder que se precie de tal, el líder sectario es carismático. Ahora bien, su carisma está al servicio de su afán de poder y dominio, de su determinación para arrasar con la voluntad del otro, con el fin de someterlo, insidiosamente, a sus propios designios y expectativas. Su mesianismo megalómano lo dota de la convicción irreductible de ser alguien especial, con un don y una misión a cumplir, con un conocimiento superior que lo distingue, y lo separa, del resto de los mortales.

Viñeta del dibujante español "El Roto".

Característico de la enorme mayoría de los líderes sectarios es la reescritura de su biografía personal. Fundado en la necesidad de escapar a un origen común al del resto de los mortales, y con el fin de evadir su propia frustración interior, el líder altera su historia, incluyendo hechos de difícil (cuando no imposible) comprobación, omitiendo datos, y tergiversando situaciones vividas. Dicha reescritura está al servicio de enfatizar, ante sus seguidores, su condición de ser humano “por encima” de los demás, pero responde las más de las veces a sus necesidades psíquicas profundas. Y es que todo líder sectario necesita creer, ya que le resulta inaguantable su caos interior, encontrando seguridad y certidumbre en su creencia. Podríamos plantear que el tamaño de la alteración de su biografía personal que el líder realiza, es inversamente proporcional a la frustración interior que vivencia. Un conocido personaje de las crónicas policiales argentinas, máximo líder de un grupo que le rinde devoción pese a diversas denuncias por abuso sexual y otros delitos de índole económica, decía a sus seguidores que, siendo apenas un niño, fue llevado desde su hogar por monjes provenientes del Tíbet, que habían llegado para instruirlo en las “verdades universales”, dada su condición espiritual extraordinaria. Valga aclarar que no existían pruebas de semejante odisea, siendo lo único seguro que había desarrollado gran parte de su vida y de su trabajo como profesor de artes marciales en la principal provincia de aquel país.   

Como bien señala el psiquiatra francés Jean Marie Abgrall (2005), la elaboración discursiva del líder sienta sus bases en razonamientos de tipo paralógico. Dichos razonamientos se caracterizan por partir de premisas ciertas e irse desenvolviéndose poco a poco, distorsionándose en su desarrollo, para culminar en conclusiones cuasi delirantes que en condiciones normales, serían rechazadas. Reproduzcamos el ejemplo citado por Abgrall en su libro “Los secuestradores de almas”: “La naturaleza está amenazada porque están muriendo los árboles. Hay que salvar a los árboles. Ahora bien, los castores derrumban árboles para hacer sus presas. Para salvar a la naturaleza, hay que matar a los castores.  Ustedes, los que aman a la naturaleza, ¡síganme, y matemos a los castores!”. El postulado inicial es exacto; sus consecuencias también lo son, con la excepción de que “hay que matar a los castores” derrumba toda la lógica del discurso, siendo que los castores que se pretende matar forman parte del mismo orden natural que se quiere proteger. Dichos razonamientos paralógicos, habituales en el mensaje del líder, logran tornar razonable cualquier causa y acción para sus seguidores, especialmente si el uso de la lógica y el razonamiento crítico, fueron debilitados en exceso.

Un fenómeno que se repite con cierta frecuencia, y para el cual la habilidad del líder juega un papel fundamental, es aquel que psicólogos sociales como Leo Festinger denominaron Mecanismo de la disonancia cognitiva. Esto es la capacidad que los grupos tienen para readaptarse a una situación adversa cuando sus profecías o predicciones resultan ser falsas al ser contrastadas con la realidad. Las cogniciones disonantes son incompatibles una con la otra; se contradicen entre sí en el plano psicológico. Reducir la disonancia puede favorecer el cambio de actitudes. Dicho mecanismo se observa patentemente, aunque no de manera exclusiva, en aquellos grupos de contenido profético o en los cuales el líder acostumbra a hacer anunciamientos respecto al futuro, siendo lo que preserva al grupo, en última instancia, de su  desintegración frente al fallido de dichas profecías o anuncios. Tomemos, por ejemplo, el argumento típico de muchos grupos de contenido apocalíptico: “El planeta, como consecuencia de la iniquidad del hombre, está a punto de ser destruido. Sólo un pequeño grupo de personas se va a salvar de la destrucción total. El grupo elegido será rescatado y evacuado por nuestros “hermanos mayores” (ángeles, extraterrestres, etc). Esto ocurrirá próximamente”. Para esperar dicha fecha, que algunos grupos identifican con un día o con un año concretos, suele imponerse una disciplina estricta, basada en oraciones, ayunos, lecturas y meditación. Todo, con la seguridad indestructible de formar parte del grupo de los elegidos, de aquellos que serán salvados de un mundo a punto de colapsar. Sin embargo, la fecha finalmente llega y nada ocurre. Y contrariamente a lo que el observador externo podría suponer, esto es, la decepción generalizada de los miembros y el abandono masivo del grupo, las más de las veces ocurre exactamente lo contrario. Los miembros del grupo refuerzan su convicción, se sienten más salvados y elegidos que nunca. ¿Cómo es esto posible? El mecanismo psicológico de la reducción de la disonancia cognitiva explica que muchos grupos de tono escatológico o catastrófico sobrevivan frente al incumplimiento de sus predicciones. El éxito de esto dependerá, eso sí, de la habilidad del líder para reinterpretar la realidad adversa y tornarla nuevamente compatible con los deseos, aspiraciones e imaginario del grupo. Y esto lo logra mediante una sutil y perversa distorsión de su discurso original, que podría ilustrarse así: “Nosotros no nos equivocamos. Sino que debido a nuestra profunda devoción y fe, a nuestros rezos y plegarias, a nuestro inquebrantable compromiso, nuestros hermanos mayores han decidido concederle al mundo una nueva oportunidad. El planeta no será destruido en lo inmediato, y eso es algo que el planeta nos debe a nosotros”. La capacidad del líder para manipular la realidad frente a sus seguidores no solo tuvo éxito en impedir el éxodo masivo de las filas del grupo, sino que ahora, además, ha conseguido hipertrofiar la autoestima grupal: no sólo lograron postergar el cataclismo final, sino que el mundo, incluso ese mundo que los rechaza y al cual en su ideología aborrecen, debe estarles agradecido, ya que lo han salvado también a él. 

Idea fuerza: Todo líder sectario se identifica con el personaje que ha creado, y termina integrando su personalidad a la ficción que construyó. 

Arquetipalmente, la figura del líder sectario es comparable al dios griego Hermes. Hermes era el dios mensajero y guía de los espíritus. En la mitología aparece viajando como una especie de correo aéreo entre el inframundo y el Olimpo. Como mensajero y embaucador, Hermes se caracteriza por su inteligencia, creatividad, ingenio, sus grandes dotes de comunicador y su habilidad para cambiar de forma o de aspecto. Tiene inventiva y toma lo que quiere mediante el engaño, la mentira o el robo. Quizás una de sus representaciones modernas más gráficas sea la del legendario flautista de Hamelin. Recordemos brevemente el relato: La leyenda original presenta a la población de Hamelin, en Alemania, hacia fines del siglo XIII, infestada de roedores y buscando urgentemente una solución frente a la plaga. Un día, un desconocido, armado con su flauta y vestido de ropas coloridas se ofrece a liberar al pueblo de la peste a cambio de una suma de dinero. Los habitantes aceptan el trato, de manera que el extraño hipnotiza a las ratas con la melodía de su flauta, y las lleva hasta el río Weser, para finalmente ahogarlas allí. Sin embargo, posteriormente los habitantes del pueblo se niegan a cumplir con su parte del trato, y el flautista tiene que marcharse rencoroso, sin la recompensa prometida. Tiempo despúes, regresa a la ciudad, vestido de cazador y con un particular gorro rojo, buscando venganza. En esta ocasión, usa su melodía para atraer a todos los niños y niñas del pueblo, y conducirlos hasta una caverna en las montañas. Los niños nunca más son vistos. Sólo unos pocos se quedan atrás para contar la historia, sin embargo uno de ellos es ciego y no puede llevar a los habitantes de Hamelin hasta el lugar. Otro de ellos es  cojo y nunca alcanza el punto exacto en el cual los demás niños desaparecieron.

Hermes”, según Vittorio Cavelli. Hijo de Zeus y Maya, como mensajero de los dioses, y en especial de su padre, interviene en números mitos. Psicopompo y protector de los viajeros, también era un astuto ladrón.

El flautista es el líder que promete alcanzar a sus seguidores todo aquello que estos anhelan, cumpliendo imaginariamente sus deseos. Seductor, irresistiblemente atractivo, hipnotiza con su melodía y llama la atención con su presencia, pero no siente ningún remordimiento por mentir y hacer lo que sea necesario para lograr lo que quiere.

“El flautista de Hamelin”, según (1845-1907). Originalmente documentada por los hermanos Grimm, la leyenda, con visos de realidad histórica, narra la desgracia ocurrida en la ciudad de Hamelin, Alemania, hacia fines del siglo XIII. Su protagonista, un enigmático flautista con ropa de vivos colores, sigue siendo un célebre arquetipo del embaucador carismático.

A esta altura, podemos discriminar diferencialmente entre dos modalidades de liderazgo abusivo bastante comunes, articuladas con la psicopatología propia de su detentor. Tomemos el caso del líder de un grupo con contenido religioso y/o pseudoespiritual. Tenemos así al psicópata con discurso religioso, y al delirante religioso. El primero es dueño de sus actos, y tiene pleno conocimiento y comprensión de sus decisiones. A lo largo de su trayectoria como líder, mantiene un sentido básico de realidad. En el psicópata con discurso religioso, la doctrina o creencia está al servicio, primariamente, de su afán de poder. Lo que desea, lo que persigue más que nada en el mundo, es el dominio, el pleno control del otro. Su liderazgo está basado en el auto-engrandecimiento. El discurso religioso es, en tal sentido, ni más ni menos que un instrumento que le permite alcanzar ese fin. Los motivos por los cuales se apropia de un discurso de estas características pueden hallar su origen en circunstancias diversas, como ser un temprano interés en su vida por temas religiosos, espirituales, paranormales o esotéricos, o bien por la simple y oportuna convicción de que es apelando a un cuerpo de ideas de estas características a través del cual podrá lograr más fácilmente sus objetivos. El psicópata con discurso religioso se afana en la auto-preservación de sí mismo cuando la realidad exterior resulta adversa para el grupo, e intenta por todos los medios no involucrarse en acciones arriesgadas cuyos resultados sean inciertos para su persona. Expone y empuja  a los demás, sus seguidores, en tal dirección, y lo justifica de diversas formas. Su propia condición como líder dotado de conocimientos y habilidades extraordinarias le garantiza ese privilegio. Si son acorralados por las autoridades y no tienen forma de escapar, los líderes psicopáticos pueden elegir impulsivamente el suicidio, llevándose a otros con él, si ellos ya no pueden permanecer con vida. Contrariamente, todo delirante místico se identifica en forma plena con su creencia o idea. La misma no es instrumento de uso para otros fines, tal como ocurre con el psicópata, sino que su convencimiento es total e irreductible a cualquier tipo de argumentos. El delirante religioso tiene la certeza de ser un ser divino, especial, o de estar dotado de algún don o conocimiento de carácter trascedente. Ambos dos, psicópata con discurso religioso o delirante religioso pueden expresarse discursivamente en términos similares. "Yo soy Dios", "Yo conozco los secretos y misterios de la vida", "Yo tengo un don y una misión que cumplir". No obstante, mientras que para el psicópata dichas declaraciones serán recursos expresivos tendientes a allanarle el terreno que le facilite la explotación y el poder sobre sus seguidores (económico, sexual, mental, espiritual, etc), para el delirante dichos enunciados constituyen una certeza irrefutable. Especialmente los líderes psicóticos desdibujan los límites entre la realidad y la fantasía.

Vernon Howell combinó los nombres de dos reyes bíblicos y, rebautizado David Koresh, se declaró la encarnación “pecadora” de Jesucristo. Howell había sido un niño abusado, un carpintero itinerante y un aspirante a estrella de rock. David Koresh era diferente. Estaba convencido de que podía abrir el séptimo sello del libro que Dios sostiene en su mano derecha y autoproclamado Mesías, arrastró a 86 de sus seguidores a una confrontación con las fuerzas gubernamentales de su país que culminó en un Apocalipsis grupal. Hay que señalar que el papel de las fuerzas de seguridad en el conflicto fue lamentable, fogueando la espiral paranoica del grupo. Fue en Abril de 1993, en Monte Carmelo, a las afueras de Waco, Texas.

Los líderes sectarios, según consigna el Dr. Robert Simon (2011), pueden presentar asimismo algunas de las siguientes características de una personalidad fronteriza, especialmente durante momentos de crisis:

  • Tendencia a dividir el mundo, las personas y a sí mismos en buenos y malos
  • Relaciones personales inestables pero intensas que alternan entre extremos de idealización y de devaluación
  • Impulsividad en el sexo, los gastos y el uso de sustancias
  • Cambios de estado de humor rápidos
  • Ira intensa pero pobremente controlada
  • Amenaza o conducta suicida recurrente
  • Esfuerzos constantes para evitar un abandono real o imaginario
  • Incertidumbre respecto a la imagen personal o identidad sexual
  • Bajo situaciones de estrés, rupturas temporales con la realidad o manifestación de pensamientos paranoides fugaces

En su ensayo “El Gurú tramposo” (1993), el célebre orientalista inglés Alan Watts, con su habitual claridad, ironía y sentido del humor, traza un perfil revelador del líder sectario, a la vez que propone una serie de consejos dedicados a aquellos interesados en “iniciarse” en este camino. Vale la pena reproducir textualmente algunos párrafos de su escrito, ya que son un fiel retrato del itinerario que recorren estos personajes:

“Los atractivos de ser un gurú tramposo son numerosos. Están los del poder y la riqueza, a los que se añade la satisfacción de ser un actor sin necesidad de escenario, que convierte en un drama la <<vida real>>. (…) Hay que comprender desde el principio que el gurú tramposo cubre una auténtica necesidad y realiza un servicio público indiscutible. Millones de personas buscan afanosamente un verdadero padre-mago, sobre todo en época en que los clérigos y los psiquiatras son poco convincentes y no parecen tener el valor de sus convicciones o fantasías. (…) Para poner en práctica esta compasiva vocación, el gurú tramposo ha de ser, ante todo, muy animoso. También debe haber leído mucha literatura mística y ocultista, tanto lo que es históricamente auténtico y bien establecido por la erudición, como lo que se presta a debate (…) Tras estos estudios preparatorios, el primer paso consiste en frecuentar los círculos donde los gurús son especialmente buscados, como los diversos grupos de culto que siguen religiones orientales o formas peculiares de psicoterapia, o simplemente el medio artístico e intelectual de cualquier gran ciudad (…) Ha de ser silencioso y solitario, no hacer nunca preguntas, pero, en ocasiones, añadir una observación muy breve a lo que ha dicho alguien. No ha de ofrecer voluntariamente información sobre su vida personal, pero de vez en cuando, con aire distraído, dejar caer algún nombre para sugerir que uno ha viajado ampliamente y ha pasado algún tiempo en el Turquestán. Puede esquivar el interrogatorio detallado dando la impresión de que el simple viaje es un tema sin importancia del que apenas merece la pena hablar, y que los intereses de uno se encuentran realmente en niveles mucho más profundos. 

Si usted se comporta así, la gente no tardará en pedirle consejo. No lo dé enseguida, y sugiera que la cuestión es bastante profunda y habría que comentarla por extenso en algún lugar tranquilo. Concierte una cita en algún restaurante o café agradable, no en su casa, a menos que tenga una librería impresionante y no haya señal alguna de que tiene lazos familiares. Al principio no responda nada, pero, sin un interrogatorio directo, haga que la persona se extienda sobre su problema y escuche con los ojos cerrados, no como si durmiera, sino como si estuviera percibiendo profundas vibraciones internas del otro. Finalice la entrevista con una orden ligeramente velada de hacer algún ejercicio más bien extravagante, como tararear un sonido y luego detenerse bruscamente. Instruya cuidadosamente a la persona para que sea cosciente de la más ligera decisión de detenerse antes de hacerlo realmente, e indique que de lo que se trata es de poder detenerse sin ninguna decisión previa. Concierte otra cita para ver los progresos. 

Para llevar esto a término, debe idear una serie de ejercicios insólitos, tanto psicológicos como físicos. Algunos deben ser trucos bastante difíciles pero que puedan realizarse, a fin de dar a su alumno la sensación de un avance auténtico. Otros deben ser prácticamente imposibles, como pensar al mismo tiempo en las palabras sí y no, repetidamente durante cinco minutos, o con un lápiz en cada mano tratar de golpear la mano opuesta, que es tanto como intentar defenderse y atacar al contrario. No dé a todos sus alumnos los mismos ejercicios, porque a la gente le encanta singularizarse, reúnalos en grupos según sus signos astrológicos o de acuerdo a sus clasificaciones privadas, a las que pondrá los nombres más estrambóticos.

Un uso juicioso de la hipnosis, evitando todos los trucos corrientes de alzar la mano, mirar luces con fijeza o decir <<relájese, relájese, mientras cuento hasta diez>>, producirá unos cambios agradables de sensación y la impresión de alcanzar niveles superiores de consciencia.

(…)

A continuación, escalone los progresos en treinta o cuarenta etapas diferentes, numérelas y sugiera que todavía existen etapas muy elevadas más allá de las numeradas que sólo pueden comprender quienes han superado las veintiocho primeras…por lo que sería inútil comentarlas ahora. 

(…)

Al cabo de algún tiempo haga saber que tiene unos antecedentes bastante especiales y peculiares. Cuando algún alumno le pregunte dónde consiguió sus conocimientos, responda modestamente que aprendió una o dos cosas en el Turquestán o diga que es bastante mayor de lo que aparenta o que la <<reencarnación no se parece en nada a lo que la gente cree que es>>. Luego deje caer el detalle de que está conectado de algún modo con un grupo de iniciados selecto en extremo. No afirme nada temerario. Pronto sus alumnos lo harán por usted y, cuando a uno de ellos se le ocurra la fantasía que a usted más le complace, dígale: <<Veo que estás llegando a la decimoctava etapa>>.

Hay dos escuelas de pensamiento con respecto a los honorarios que puede pedir por sus servicios. Una es la de establecer unas tarifas como las de un médico, pues la gente se siente apurada si no saben lo que se espera de ellos. La otra, utilizada por los tramposos realmente poderosos, consiste en impartir gratuitamente sus enseñanzas, pero a condición de que cada alumno se seleccione personalmente por su capacidad innata para el trabajo (llamémoslo así), por lo que hay que tener cuidado de no admitir a nadie sin someterlo primer a alguna novatada. La gente no tardará en hacer contribuciones monetarias. De lo contrario, exija una tarifa bastante elevada, dejando claro que el trabajo es infinitamente más valioso para uno mismo y los demás que, por ejemplo, una costosa intervención quirúrgica o una casa nueva. Dé a entender que entrega la mayor parte del dinero a misteriosos beneficiarios.

En cuando pueda permitírselo por medio de sus artimañas, hágase con una casa de campo como ashram o retiro espiritual, y ponga a los alumnos a trabajar en todas las tareas humildes. Insista en alguna dieta especial, pero no la siga usted mismo. Incluso debe cultivar vicios pequeños, como fumar o beber un poco, o , si es muy cuidadoso, dormir con las damas, para sugerir que su estado de evolución es tan elevado que tales cosas no le afectan, o que sólo por tales medios puede seguir en contacto con la conciencia mundana ordinaria”. 

(…)

Por otra parte, cuando surjan curiosas coincidencias, dé la impresión de que está al corriente y no muestre sorpresa alguna, sobre todo cuando algún alumno tenga buena suerte o se recupere de una enfermedad, cosas que atribuirán pronto a sus poderes, y podrá sorprenderle descubrir que su mero contacto llega a ser curativo, porque la gente cree realmente en usted. Cuando las cosas no salgan bien, usted lo acharará suavemente a la falta de fe, o explicará que esa enfermedad determinada es un efecto muy importante del Karma con el que tendrá que habérselas algún día, y cuanto antes lo haga mejor.

(…)

Pero recuerde siempre que un buen gurú se toma las cosas con calma y mantiene un cierto distanciamiento, sobre todo de esos listillos de la prensa y la televisión cuyo juego consiste en denunciar a cualquiera como un fraude. Insista siempre, como los mejores restaurantes, en que su clientela es exclusiva”.

En su extenso ensayo, y partiendo de una lectura psicodinámica basada en la teoría psicoanalítica, el antes mencionado Jean Marie Abgrall (2005) plantea también la existencia de dos grandes tipos de grupos dependiendo del tipo de liderazgo ejercido en su seno: los grupos de sustituto paterno, y los grupos de sustituto materno

En los grupos de sustituto paterno el líder está investido completamente del poder paterno y los seguidores y miembros del grupo se identifican como hijos suyos. La finalidad principal de esta dialética relacional con el líder será reforzar esta identificación, haciendo de los seguidores buenos o malos hijos dependiendo de sus actitudes y conductas, alternando para ello sanciones y gratificaciones. Dichos grupos se caracterizan fundamentalmente por obstaculizar la autonomía del yo y reforzar el sentimiento de culpabilidad de sus miembros. El líder es la encarnación de la ley, y esta proyección simbólica sobre dicha figura le permitirá al miembro sectario, dadas las circunstancias, transgredir nada más ni nada menos que el tabú del incesto. Abundante es la casuística. Al miembro sectario se le otorga más valor e importancia cuando tiene relaciones sexuales con el líder. Y dicho privilegio va acompañado de un status privilegiado dentro del grupo. Sin embargo, y aunque “conocer” al líder implicaría poseer la verdad, cuando el miembro sectario se sienta cerca de cumplir dicha ilusión, inevitablemente debe acaecer la decepción que recuerde el abismo: siempre faltará algo que hará imposible la identificación completa con el líder, la imposibilidad fundante de estar a su nivel. El permanente interjuego de gratificaciones y sanciones a los cuales los miembros del grupo serán sometidos, contribuirán a preservar al líder en una realidad aparte, inaccesible en última instancia para los demás, incluso para aquellos privilegiados.    

Por su parte, en los grupos de sustituto materno se parte de un principio sine qua non: todo grupo sectario abusivo funciona como grupo de sustitución materna. El grupo es concebido como la esposa mística del líder y la familia reconstruida alrededor de él. Cuando además el liderazgo es ejercido por una mujer, el grupo pasa a desempeñar doblemente esta función de sustitución maternal.

En estos grupos, la dinámica sectaria está marcada por los fenómenos de regresión infantil y de fusión en el seno materno sectario.

Contrariamente a lo que ocurre en los grupos de sustituto paterno, esta categoría de grupos no busca reforzar ningún proceso de identificación entre los seguidores y el líder. Se trata, por el contrario, de mantener a los miembros del grupo en estado de dependencia, ejerciendo el líder la función de una madre psicótica, agobiante, sobreprotectora (en apariencia), que niega toda capacidad de evolución e independencia psíquicas  Sirva como ejemplo la expresión de una líder de culto de finales del siglo pasado,  quien tiernamente, se refería a sus seguidores como “mis boludos”. 

En el ámbito político también se expresa una psicología manipuladora similar. El

Dr. Dean Keith Simonton, en su libro "¿Por qué los Presidentes son Exitosos?" (1987) señala algunas características significativas donde las palabras que expresan los líderes políticos de características totalitarias están dirigidas a las emociones básicas de las personas, produciendo sensaciones que radican de conceptos claves como el amor, el odio, la codicia y maldad; esa habilidad y riqueza al comunicarse permite una conexión con los seguidores donde los oyentes no reconocen las asociaciones con palabras abstractas tales como la inferencia, el concepto o la lógica, pero entiende claramente asociaciones con “yo siento tu dolor”, “tu dolor me importa”, “yo tengo la capacidad para cambiar las cosas”, siendo así, a través de la conexión emocional con la gente, con su corazón y no con sus cerebros, como manipulan las emociones creando apegos afectivos donde un falso concepto de lealtad se crea en sus seguidores, aunque estos sean luego víctimas de grandes perjuicios por parte de su líder.

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