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Hombre, Conciencia y Espíritu desde la Logoterapia
Por: Dr. Víctor H. Palacio Muñoz

Hombre, Conciencia y Espíritu desde la Logoterapia

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El ser humano es siempre un ser individualizado, centrado en la persona, la cual es, como diría  Scheler, el centro de la activi­dad espiritual. Si bien la persona tiene elementos psicofísicos, en esencia es espiritual (Frankl, 2004). Este núcleo existencial, espiritual, hace que el hombre se individualice, integre y constituya su unicidad y ple­nitud

Libertad y conciencia

La libertad se compone de un “de qué” y un “hacia qué”. El “de qué” plantea al hombre la posibilidad de librarse de sus impulsos, y el “hacia qué” hace referencia a su ser responsable, a la posibilidad de tener conciencia (Frankl, 2004).

La persona

Frankl encuentra en el concepto de «persona» el tránsito entre lo espiritual como esencial al hombre y la unidad como lo constitutivo y lo constituyente del hom­bre. Frankl busca en el hombre un centro y una raíz que otorgue consistencia ontológica a la espiritualidad humana. Porque la dimensión espiritual, fuera del hombre, no adquiere realidad ni consistencia ontológica por sí misma. Es preciso encontrar aquello que explique al hombre no sólo en su espiritualidad sino, y fundamentalmente, en su unidad y totalidad; es preciso encontrar el fondo de todas sus acciones, tanto de las psicosomáticas como de las espirituales. En definitiva, encontrar el centro origi­nario y originante de los actos humanos (Frankl, 2002).
Veamos  las diez notas características de la persona (Frankl, 1994):

  1.  La persona es un «in-dividuum». El concepto de individuo reclama la unidad;
    por lo tanto, la persona no admite subdivisión, escisión.
  2.  La persona no se define exclusivamente por su unidad, sino por su unidad como totalidad. La persona es, al mismo tiempo, unidad y tota­lidad indivisible.
  3. Cada persona es absolutamente un ser nuevo, original y se manifiesta como un valor único e irrepetible.
  4. La persona se define por su ser espiritual, por un ser que es digno, facultativo, con capacidad para decidir el sentido de su existencia. El hombre está gobernado por una voluntad de sentido (Frankl, 1988).  
  5. La persona esconde un contenido inconsciente y en ella se encuentran las raíces de lo espi­ritual (Frankl, 1988).               
  6. La persona brin­da a los demás unidad y totalidad (Frankl, 1994).
  7.  La persona es dinámica. Al poder autodistanciarse, el ser humano adquiere ese carácter dinámico.
  8.  Ese autodistanciamiento posibilita que el hombre encuentre sentido a la vida trascendien­do a la existencia en su pura existencialidad y temporalidad.
  9. La persona sólo se comprende por medio de la trascendencia; y es persona en la medida en que la trascendencia lo hace persona al ser conciente de lo que hace (Frankl, 1994).

Lo espiritual

Para referirse a la dimensión espiritual del hombre, Frankl sue­le emplear el término «noológico». Noos remarca el carácter de lo espiritual -dimensión íntima, genuina y característica del hombre—, y lo espiritual frente a las dimen­siones psíquica o biológica.

La dimensión noológica, espiritual, no delimi­ta o define por sí sola al hombre, pues la naturaleza humana radica en la unidad-totalidad. No obstante, la fuerza integradora de la unidad del hombre es condición directa de lo espi­ritual, en cuanto lo espiritual constituye la dimensión más especí­ficamente humana; hasta el punto que en esa unidad, anclada en lo espiritual, anida el nudo sobre el cual se tiende el puente unificador de la multiplicidad de las dimensiones del ser; es decir, desde la espiritualidad, y sólo desde la espiritualidad, se diversifican los distintos grados de participación de ser en la compleja unidad del hombre (Freire, 2002).

Conciencia y responsabilidad

“La consciencia y la responsabilidad constituyen precisamente los dos polos básicos de la existencia humana. Lo cual, traducido a una fórmula antropológica, se expresa así: ser hombre equivale a ser consciente y responsable” (Frankl, 1990).

Dice Brito: “Frankl descubre hasta qué punto forman la responsabilidad y la consciencia una unidad armónica, en primer lugar, en el hecho mismo de que el lenguaje (el inglés, el alemán, el castellano, etcétera), utiliza dos palabras semejantes con una misma raíz para expresar tanto la consciencia (en inglés: consciousness; y en alemán: bewustsein) que significa “darse cuenta”, como la conciencia (en inglés: conscience; y en alemán: gewissen) que significa “responsabilizarse”. De ahí se sigue que uno llega a hacerse verdaderamente humano al darse cuenta, responsabilizándose (Brito, 1998).

Ser humano

El mismo Brito nos ayuda en este punto: “Como este fenómeno metapsicosomático se lleva a cabo por la interpelación de otra persona, responsable y consciente, sólo mediante esta relación es como el individuo se hace humano. Por eso Frankl agrega que “todo ser humano es un ser en relación”. Pero hasta ahora se trata de la relación social consciente, y no ya de la insconsciente en la cual nacimos y vivimos ordinariamente. Ya no es la natural relación entre individuos, sino la relación espiritual entre personas. Individuo es la integración de todas las dimensiones del ser en una unidad indivisible, pero inconsciente. En cambio, persona es la relación de un yo responsable y consciente con otro Yo. Por eso, esta última es la relación específicamente humana”. (Brito, 1998).

El yo y el ello

Muy atinadamente observa Frankl que al prometeico dicho de Freud: “donde está el Ello debe realizarse el Yo”, hay que agregarle ahora que “el Yo no se hace Yo sino en relación con un tú”. Y finaliza su explicación con una reveladora confirmación: “porque solamente el Yo que tiende hacia alguien distinto de sí mismo puede integrar su propio Ello” (Frankl, citado por Brito, 1998).

Algo más sobre lo espiritual

Para Brito, “Los dos polos que constituyen la dimensión espiritual, el ser consciente y el ser responsable, quedan unificados en un ángulo superior que es la autorascendencia. Pues uno se trasciende cuando tiende responsable y conscientemente hacia otra persona. Así, el Yo sale del pozo de su subjetividad y logra la luz de la objetividad (Brito, 1998).

La conciencia

En este y en los siguientes puntos hemos retomado a Brito porque nos parece que su aportación es fundamental: “Cada uno tiende hacia el otro porque es atraído por él. Este momento que se llama autoconsciencia, es igualmente nuestra consciencia del otro. Sólo podemos darnos cuenta de nuestro Yo, al darnos cuenta de que el otro es distinto de nosotros. Y precisamente nos damos cuenta de esa diferencia porque el toro Yo interpela, nos llama, nos exige salir de nosotros, nos presenta su necesidad, que no forzosamente coincide con la nuestra, y ante la cual podemos responder, o bien negarnos (Brito, 1998).

Intencionalidad

“Esta intencionalidad existencial, este “tender hacia, saliendo de nuestra egoicidad” tan destacada por la escuela del pensamiento fenomenológico, constituye el punto clave de la libertad. Sólo ante la interpelación del otro somos realmente libres. Podemos responderle, o no. La decisión será nuestra, y así es como nos vamos formando” (Brito, 1998).

El ser humano

“Por un lado está nuestra tendencia natural biológica, psicológica y social; por el otro lado nuestra intencionalidad existencial ante la interpelación de la otra persona; y en medo, el “yo” que decide. Si nos dejamos llevar por nuestra tendencia natural, negando la interpelación del otro, nos hacemos inhumanos para él. Si superamos la tendencia natural y le respondemos positivamente al otro, nos hacemos humanos para él. Si tenemos duda, debemos presentársela al otro, hasta lograr sumir nuestra libre decisión. El ser humano o el ser inhumano no son cosas, sino de relaciones” (Brito, 1998).

“Si uno responde positivamente al otro, se hace un ser libre. Si se niega a responderle al otro obedeciendo su tendencia natural, deja de ser libre, pues queda sometido a sus meras condiciones naturales. Por supuesto que responder positivamente al otro no es someterse a él, porque éste también es interpelado y libre de responder positivamente a quien lo interpela.

“En nuestra libre decisión, la autoconciencia se transforma en consciencia ética. La consciencia ética comienza –dice Frankl- precisamente allí donde surge el problema de si debo someterme a mi tendencia natural negando lo que el otro necesita de mí, o si debo responder positivamente al otro, aun oponiéndome a mi tendencia natural (Frankl, 1990). El problema nos lo plantea el otro y a nosotros nos corresponde necesariamente resolverlo, a nadie más. S la interpelación del otro la que nos estimula a superar nuestras condiciones naturales, y responderle positivamente es abrirnos a nuevas posibilidades y entrar en la dimensión humana. Admirablemente explica Frankl que “el hombre no está sujeto a condiciones, sino que se enfrenta con ellas; y son más bien sus condiciones las que pueden someterse a su decisión” (Frankl, 1984). Muchas veces los psicólogos han objetado que tales decisiones están a su vez determinadas por las condiciones. Pero la experiencia nos enseña que esa apariencia se presenta cuando uno acepta sus condiciones como pretexto para no responder positivamente al otro. De aquí se sigue que ser libre y responsable es lo mismo, sólo que Frankl hace una pertinente distinción: “que sólo soy libre de mi necesidad natural, cuando me hago libre para responder a la necesidad del otro” (Frankl, 1990). Recordemos que responsabilidad es una palabra que significa: “habilidad para responder conscientemente” (Brito, 1998).

“Al responder positivamente a la interpelación del otro, sale uno de sí mismo, pues el otro es totalmente distinto. Hasta cierto punto necesita uno olvidarse de sí mismo para atender al otro. Este autoolvido sólo se logra autotrascendiendo. Es aquí donde el ego, al relacionarse con el “tú” integra el “ello”. Esto se lleva a cabo cuando uno dirige sus fuerzas físicas, psíquicas y sociales a la atención del objetivo que tiene frente a sí. Todas las fuerzas dispersas, y en ocasiones contradictorias, son ahora unificadas por lo que Frankl denomina: “la voluntad de sentido”.
“Nuevamente tenemos que advertir que el reduccionismo identifica voluntad con el mero deseo psíquico de placer, o con el mero “querer” psíquico. Este deseo y este querer son procesos condicionantes, generalmente inconscientes. En cambio, la voluntad es el ser consciente en la medida en que hace lo que decide. La voluntad es la unificación consciente del deseo y del querer en el acto mismo de hacer lo decidido y responsabilizándose de ello. El ser consciente decide siempre en relación con algo o con alguien distinto de sí mismo. Es lo autotrascendente. Por eso, Frankl siempre agrega: “de sentido”, porque la decisión es hacia un objetivo, al cual es uno atraído por un valor que lo obliga. Recordemos que obligar proviene del latín ob-ligare, que significa “ligarme con lo que tengo delante”. El lenguaje ordinario generalmente confunde obligación con imposición. Se cree que uno está obligado por fuerzas o normas externas que nos imponen, pero eso no es obligación, sino precisamente “imposición”. Por ejemplo, la salud me obliga porque es un estado que me trasciende, pues yo puedo estar saludable o enfermo sin dejar de ser yo en uno u otro caso” Brito, 1998).

“La palabra espíritu fue introducida a principio de este siglo en la antropología por Hartmann. A principios del siglo XIX, Hegel la ubicó como concepto básico de la filosofía. Es una palabra tomada de la religión, pero su contenido es el mismo en la religión, en la filosofía y en la ciencia. Se refiere a la relación responsable y consciente entre personas. Actualmente Frankl la emplea como sinónimo del existente del humano.

“Brevemente recordemos ahora que la mente, siendo la unidad de lo psíquico, a través de su dimensión social, es interpelada por otra persona, para que se haga consciente y responsable. Si es interpelada para que se haga consciente, es porque aún es inconsciente. Este es el inconsciente espiritual del que habla Frankl (2003), es la psique interpelada por una autoconsciencia para que se trascienda y se responsabilice. Propiamente hablando, lo inconsciente es aquello que no es consciente, pero que puede llegar a serlo. Lo inconsciente es la potencia del espíritu y la consciencia es la realización personal del mismo espíritu. Por eso de una piedra, aunque evidentemente no es consciente, no se dice que es “inconsciente”, pues no puede llegar a ser consciente. En cambio, a un bebé o un individuo que no es consciente se le dice inconsciente porque tiene la posibilidad de llegar a serlo, y por eso se le interpela, se le llama, se le invita, se le exige. De ahí que la logoterapia se constituirá en la interpelación que la consciencia del terapeuta le hace al inconsciente espiritual del doliente” (Brito, 1998).

Abundando sobre la conciencia

“Despertar la consciencia para que responsablemente se trascienda hacia algo o alguien distinto de sí mismo es comenzar a encontrar el sentido de la vida, a partir de lo cual es posible reintegrar el Ello y, en ocasiones, hasta sanar el cuerpo, en la medida en que lo permitan las condiciones naturales del organismo.

“Trascenderse hacia algo o alguien distinto de uno mismo es salir ya de lo meramente psíquico y entrar en lo espiritual o existencial.

“Es necesario advertir que, así como existe un psicologismo, es posible caer en un “noologismo o espiritualismo”, el cual consiste en creer que lo espiritual es el único nivel de la existencia humana (Frankl, 2003). No, El espíritu sólo es la unidad antropológica, y por lo tanto integra las otras dimensiones naturales del ser humano: la biológica, la psíquica y la social. El espíritu, lejos de eliminarlas o destruirlas, las sana y las humaniza. “La dimensión más elevada no excluye, incluye a todas las demás” (Frankl, 1984). En realidad, “la unidad de lo múltiple” ha sido la clásica definición del ser humano (Frankl, 1984) (las citas son de Brito, 1998).

El logos

“Frankl, como acendrado portador del análisis existencial, nos advierte que “no se trata de la lógica” (Frankl, 2003). Nosotros podemos agregar que la lógica misma tiene su origen en el logos, por lo cual la lógica es la ciencia del sentido del pensamiento.

“Sin embargo, de lo que tratamos aquí no es de la lógica, sino de algo más, del logo mismo; no la mera inteligencia, sino de la autoconciencia que se responsabiliza, se trasciende y lleva consigo sus condiciones biológicas, psíquicas y sociales. Tratamos de un ascenso integral.

“Como fuente y origen de todo, el logo se refiere al sentido de la existencia y, por lo mismo, al sentido de la existencia humana. Tratamos del logos encarnado, o como gusta Frankl decir en términos generales: “del sentido de la vida”, pues la plenitud de la vida es el Espíritu en todo; el logos” (Brito, 1998).

Un encuentro existencial

“En el interior del logos encontramos básicamente un diálogo. El logos se desdobla en diálogo. Un diálogo entre un yo y un tú. Este tú, para nosotros, es el otro yo. En cuanto es otro, es totalmente distinto de nosotros. Es único e insustituible, no hay otro igual. Pero en cuanto es un Yo resulta idéntico a nosotros que también somos un Yo. Gracias a esta identidad que se llama espíritu en la distinción entre personas, y a esta distinción entre una y otra en la identidad de sí mismo, es como se realiza un encuentro existencial, una relación entre sujetos que se reconocen mutuamente, una entrega mutua por la que se convierten en lo que son. Esta coexistencia es logos. Es el verdadero nosotros, que ya es distinto del mero yo aislado. El yo aislado se queda en ego psíquico, encerrado en sí mismo, sin trascender. Sin un tú, el yo es imposible.

“En una hermosa página, Frankl nos enseña que esta coexistencia se exterioriza en el mundo mediante la palabra, el lenguaje o el habla. La verdadera conversación es expresión del logos. Siguiendo la teoría del lenguaje de Karl Buhler podemos afirmar que “la palabra es una persona que le habla a otra persona”. Frankl lo detalla así: “En primer lugar, el lenguaje le permite al que habla expresarse a sí mismo (es una autoexpresión). En segundo lugar, el lenguaje es una apelación dirigida intencionalmente por el que habla a la persona a la que le habla (es autotrascendente). Y en tercer lugar, el lenguaje tiene un contenido, “algo” acerca de lo que se habla (tiene un sentido)” (Frankl, 1984). Aparecen claramente los tres momentos de la coexistencia del logos.

“Siempre que alguien se pone a hablar, inmediatamente está expresándose a sí mismo y, al mismo tiempo, se está dirigiendo a alguien distinto de sí, pero ante todo, es necesario que se hable de “algo”, lo cual constituye la realidad del habla o la realidad del logos. Ahora bien, lo interesante del caso es darse cuenta de que ese “algo”, contenido de lo que se habla, es distinto de las personas que hablan aunque hablen de uno o del otro. Lo dicho constituye una creación distinta de los hablantes. De ahí se sigue que la palabra llega a ser lo sagrado y lo absoluto. Por eso, el engañar o faltar a la palabra resulta lo más insoportable que existe, lo más inhumano. En ese momento rechazamos lo que se ha dicho, pero no a quien lo dijo, porque éste puede cambiar.

“El fenómeno conocido como “hablar solo”, únicamente es respetable si se está hablando de “algo”. Por eso Frankl agrega “que es Dios el interlocutor de nuestros más íntimos soliloquios. Siempre que nos hablamos a nosotros mismos, con sinceridad y en soledad, aquel a quien nos estamos dirigiendo puede asignarse, en justicia, como Dios (el verdaderamente “Otro”)”  (Brito, 1998).

El principio de la conciencia

Pasemos hablar ahora del nuevo modelo científico: el principio de la conciencia. La conciencia es la razón (logos, en griego) “ampliada” o conciencia “expandida”, como se dice hoy. La conciencia es un logos, pero no un micrologos, sino un macrologos, un ojo lo suficientemente abierto como para que sepa aceptar de golpe la realidad, sin pre-conceptos, sin previas maniobras reduccionistas, la realidad tal como aparece en toda su riqueza. La visión macrológica es esencialmente “sintética”, “total”, capta un “todo” –holón– una gestalt, un campo o universo. En un comienzo el todo captado, en sí mismo complejo, es visto confusamente. Para verlo con mayor claridad el todo será analizado, pero el análisis es aquí distinto del análisis causal. El nuevo modelo científico es lo que hoy llamamos el “enfoque holístico” en las ciencias (Brito, 1998).

La reintroducción del principio de la conciencia en la psicología

En esta exposición nos referiremos –aunque sólo con un mínimo desarrollo– a varios puntos. El primero es una aclaración de en qué sentido hablamos de “conciencia” y de “principios de la conciencia”. Anticipamos que e trata de la conciencia en el viejo sentido, como cuando antes se hablaba de “problemas de conciencia” o que tal o cual cosa está “reservada a la conciencia” de cada cual, o sea, a la conciencia en el sentido “moral”. En español no disponemos de una palabra para designar esta conciencia, como sí la hay en alemán –Gewissen, que se diferencia de Bewusstsein o conciencia “moral” (esta aclaración no se hacía antes) se debe agregar a “conciencia” el adjetivo moral”. Por su parte, el “principio de la conciencia” es la conciencia cuando es tomada por una ciencia –en este caso, la psicología– como “principio” explicativo de los fenómenos que estudia (Brito, 1998).

La nueva idea de la conciencia del “yo” a la “existencia”

La logoterapia es una respuesta médica al individuo humano entendido de un definido modo. Hay una comprensión o idea del hombre a la base: el hombre se revela como “conciencia”. Este término no designa aquí un “algo” o un “aspecto” constitutivo del hombre, sino lo que el hombre simplemente es, el modo primario, fundamental y esencial como se “fenomeniza”. Hay “hombre” cuando aparece la “conciencia”. La doctrina de Frankl está íntimamente ligada a esta idea del hombre. Sólo se dispone de una ajustada comprensión de los supuestos, el alcance, el estilo, esto es, el modo concreto de trabajo de la logoterapia, si se entiende rectamente en qué sentido se concibe al hombre como conciencia. Nuestro interés en estas lecciones es ayudar a la comprensión de ambas cosas, qué es la logoterapia como concepción médica en su referencia estricta a la conciencia.

El hecho de que en la logoterapia se vuelva a hablar otra vez de la “conciencia”, de que ser-hombre no significa ser-impulsado, mero resultado del juego de las pulsiones psíquicas, sino ser-consciente, responsable, libre, puede llevar a la opinión de que aquí nos las habemos otra vez con una “psicología de la conciencia”, que quiere recuperar el cetro perdido, de manos de la “psicología del inconsciente”, dominante por décadas desde Freud. Para todos los que han hecho su formación psicológica en la actualidad, en especial de base psicoanalítica, es muy importante señalar que la “conciencia” de la que habla Frankl no es la conciencia de aquella “psicología de la conciencia”, que tenía aún algún predicamento en el siglo XIX, como resabio del idealismo, y contra la cual Freud diseñó su “inconsciente”. No se trata de una conciencia meramente “psicológica” –sólo Bewusstsein, sino conciencia “espiritual”, ética o moral Gewissen–.Nuestro interés está en ayudar a la comprensión de esta conciencia, que es sobre la cual va a trabajar la logoterapia y para que no se la confunda con otras ideas de la conciencia, con las que tienen de común sólo el nombre (Brito, 1998).

Caracteres de la conciencia

a) La primera nota que destacamos es que la conciencia es “inconsciente” –inconsciente espiritual. Dice Frankl: “En este sentido la conciencia ha de ser calificada de irracional; es alógica o, mejor aún, prelógica. Efectivamente, del mismo modo en que existe una comprensión o inteligencia precientífica del ser y previa a esta última, una inteligencia prelógica, hay también una inteligencia premoral de los valores, asimismo fundamentalmente previa a toda moral explícita: precisamente la conciencia” (Espinosa, 1994).

b) “Irreflexionable” “La conciencia, señala Frankl, es irracional, porque, al menos en su inmediata realidad de ejecución, nunca es totalmente racionalizable; esto sólo puede darse en una etapa posterior; la conciencia sólo es capaz de descubrirse a una “racionalización secundaria”. Así, todo “examen de conciencia” es únicamente concebible como algo que sucede después: por lo demás, también el fallo de la conciencia es en última instancia inescrutable”.

c) “Intuitiva” Este es el carácter “noético” de la conciencia espiritual (noésis: conocimiento intuitivo, en griego). Dice Frankl: “Dado, pues, que lo que nos descubre la conciencia es algo que está por hacerse real, que ha de realizarse previamente, surge en seguida la cuestión de cómo se hará real si no es de ninguna manera anticipado espiritualmente. Ahora bien, este anticiparse, esta anticipación espiritual se da en lo que llamamos intuición: la anticipación espiritual ocurre en un acto de “visión”. Así, pues, la conciencia se revela como una función esencialmente intuitiva. Para anticipar lo que ha de realizarse, la conciencia debe primero intuirlo” (Espinosa, 1994).

d) “Personal” La misión de la conciencia es, en efecto, descubrir al hombre “lo uno necesario”. Ahora bien, este “uno” es siempre en cada caso “único”. Se trata de esa única y exclusiva posibilidad que de alguna manera Max Scheler trató de designar con el concepto “valores de situación” (Situationswerte). Es, pues, un algo absolutamente individual, un “deber ser” individual que no puede ser abarcado por ninguna ley general, por ninguna “ley moral” (por ejemplo, en el sentido del imperativo kantiano formulada en términos universales, sino que es prescrito precisamente por una “ley individual” (Georg Simmel); en ningún caso es cognoscible racionalmente, sino sólo intuitivamente. Y esta función intuitiva es de hecho la que corresponde a la conciencia” (Espinosa, 1994).

e) “Existencial, trascendente, responsable, libre” Colocamos estos cuatro títulos juntos porque significan lo mismo. Aquí descubrimos la nota “esencial” de la conciencia –tal como lo entiende Frankl, junto con la fenomenología contemporánea. La ausencia de esta nota en la idea de la conciencia de la época moderna (tanto en el idealismo como en el positivismo naturalista) es lo que hace que la concepción de Frankl se separe de la modernidad y que –como autor contemporáneo– vuelva a beber en las fuentes del pensamiento tradicional greco-cristiano. La palabra “conciencia” (Gewissen) suena otra vez en el sentido antiguo, con el viejo significado de la “conscientia” latina y la syn-eidesis” (“syn-déresis”) griega. En efecto, en la misma estructura de la palabra “con-ciencia” se está indicando que el fenómeno de la conciencia es “dialógico”, la conciencia es una ciencia o un saber compartido, en comunidad; en la conciencia estoy “yo” y “otro” que sabe lo que pasa en mí que es el “testigo” de mi obrar. Esto es, el fenómeno de la conciencia –“yo con otro”– no es una mera “inmanencia”, sino una “trascendencia”. Trascendente significa que el hombre en cuanto conciencia pasa a otro, está abierto a otro, no está sólo él (solipsismo), sino con otro. Y a este otro se le “responde”, se es responsable. En la conciencia no hay “privacidad”, “secreto”, “ocultamiento”, sino un estar a la luz o a los ojos de alguien que nos ve y nos habla. Este es también el concepto bíblico de la conciencia Dios conoce el secreto del corazón del hombre, sus intenciones. De lo que yo estoy consciente (bewusst) en la conciencia es que escucho una voz que me habla, que acompaña mi obrar, tengo la certidumbre (Gewissheit) de esa voz que me obliga, que me dice lo que debo hacer y que me interpela y reprocha luego, si no sigo sus mandamientos.

Dice Frankl: “En efecto, el verdadero y propio ser hombre es precisamente –muy al contrario del concepto psicoanalítico– un no ser impulsado; se trata más bien, para decirlo con Jaspers, de un ser que decide o, un poco en el sentido de Heidegger y también de Binswanger, de un “ser ahí”; en el sentido analítico-existencial que nosotros le damos es un “ser responsable”: ser existencial. El hombre puede muy bien, por tanto, ser él mismo o ser propiamente, aun en el terreno donde no es consciente; pero por otra parte sólo puede serlo allí donde no es impulsado, sino responsable. El ser hombre propiamente comienza por tanto allí donde deja de existir el ser impulsado, para a su vez cesar cuando cesa el ser responsable. Se da allí donde el hombre no es impulsado por un ello, sino que hay un yo que “decide” (Espinosa, 1994: 23).

f) “Religiosa” Lo que en el fenómeno de la conciencia se revela, en última instancia, y que es el rasgo últimamente definitorio del ser-hombre, es que yo “no puedo ser yo mismo” sin otro yo (tú) en e que estoy “enraizado”. Este es el carácter de “filiación o “creatural” del hombre.

Citamos a Frankl in extenso: “Ahora bien, para explicar lo que significa esta trascendencia de la conciencia hemos de partir de los siguientes hechos.

Toda libertad tiene un “de qué” y un “para qué”.Si preguntamos “de qué” es libre el hombre, la respuesta es de ser impulsado, es decir que su yo tiene libertad frente a su ello; en cuanto a “para qué” el hombre es libre, contestaremos para ser responsable. La libertad de la voluntad humano consiste, pues, en una libertad de ser impulsado para ser responsable, para tener conciencia.

g) “Órgano de sentido”...“el sentido no sólo debe, sino que también puede ser encontrado, y para encontrarlo el hombre es guiado por su conciencia”) (Espinosa, 1994: 103).

Neurosis colectiva

Frankl las caracteriza por cuatro síntomas:

  1. Actitud provisional ante la existencia.
  2. Actitud fatalista ante la vida. Mientras que el que tiene una actitud provisional se dice a sí mismo que no es necesa­rio actuar ni tomar las riendas de su propio destino, el que tiene una actitud fatalista se dice a sí mismo: esto no es posi­ble en absoluto.
  3. Forma de pensar colectivista. Si en las dos actitudes an­teriores ante la existencia el hombre no aferra la situación, en este síntoma y en el siguiente  se manifiesta el hecho de que apenas es capaz de comprender a la persona, es decir, a sí mismo y al otro en cuanto persona.
  4. Fanatismo. Si el que tiene una actitud colectivista, igno­ra su propia personalidad, el fanático ignora la personalidad del otro, del que piensa de otra forma.

Los cuatro síntomas de la neurosis colectiva: la actitud provisional ante la existencia y la actitud fatalista ante la vida, la forma de pensar colectivista y el fanatismo, se puede reducir a la fuga de la responsabilidad y al miedo a la liber­tad. Sin embargo, la libertad y la responsabilidad constituyen la espiritualidad del hombre. El hombre de hoy está, sin em­bargo, hastiado del espíritu y en este hastío del espíritu con­siste la esencia del nihilismo contemporáneo (Frankl, 2003).

El vacío existencial

El vacío existencial es siempre una posibilidad. Hoy día disponemos de jornadas laborales más o menos precisas, perdemos tiempo en transportarnos y con el poco tiempo libre que nos queda no sabemos qué hacer. Aquí existen elementos para un vacío existencial, en donde el hombre existencial-mente frustrado no conoce con qué po­dría llenarlo.Schopenhauer dijo que la humanidad oscilaba entre la necesidad y el aburrimiento. En nuestros días el aburrimiento da más trabajo que la necesidad. El aburrimiento se ha convertido en una causa de en­fermedad psíquica de primer orden (Frankl, 2003).

La llamada neurosis del domingo se encontraría en esta tesitura.

Todo el mundo, todas las clases y grupos sociales, entran en una dinámica de vida que les deja muy poco tiempo como para respirar o incluso para detenerse en sí mismos. Por eso surgen adicciones de todo tipo, o, simplemente, no se sabe qué hacer. “Todas estas personas están huyendo de sí mismas, entregándose a una forma de emplear el tiempo libre que nos gustaría designar como centrífuga y contraponerla a aquella que no sólo ofrece a las personas la oportunidad de distraerse, sino que también trata de darles la oportunidad para el recogimiento interno” (Frankl, 2003).

Nuestra inserción en el mundo

Toda nuestra vida realizamos, amamos y sufrimos, lo cual se registra en nuestro paso por el Mundo. Este pasar por nuestro entorno, puede ser satisfatgorio, pero también tornarse dramático. Martin Buber nos enseñó que la vida del espíritu no es monológica sino dialógica. ¿No hemos des­cubierto nosotros mismos que la vida es la que nos presenta in­terrogantes constantemente? ¿Y comprendemos ahora, por fin, por qué el protocolo del mundo es dramático? Porque es el regis­tro de nuestra vida y nuestra vida es finalmente un interrogatorio: constantemente la vida nos interroga, constantemente responde­mos a la vida -ciertamente, la vida es un «preguntar y responder» muy serio (Frankl, 2003).

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