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El trastorno de pánico: Manual para el paciente | CAPÍTULO I: Sección Descriptiva
Por: Dr. Oscar Fiorio

El trastorno de pánico: Manual para el paciente - CAPÍTULO I: Sección Descriptiva

CAPÍTULO I: SECCIÓN DESCRIPTIVA

DEFINICIONES PRELIMINARES

Diferencias entre miedo, angustia y ansiedad.

El miedo es una reacción orgánica normal que nos avisa que algo está amenazando nuestra estabilidad biológica, psicológica o social. Nos prepara para una acción específica; combatir, quedarse quieto o huir del peligro si es posible. Es una reacción emocional y conductual determinada que está provocada por la percepción de un peligro real y cuya finalidad es básicamente adaptativa. Un alerta que tiende a poner en marcha los mecanismos preformados de respuesta al peligro.

La angustia en cambio es una aflicción, congoja o malestar físico o moral. Un estado afectivo caracterizado por un sentimiento de temor indefinido. A diferencia del miedo, no hay una plena percepción de lo que es peligroso.

En esta condición predominan los síntomas físicos y anímicos por sobre lo temido. El peligro como tal no es bien reconocido. A veces tiende a situarse como una amenaza vaga, una posibilidad de sufrir alguna enfermedad o percance o también como inquietud por algún acontecimiento o catástrofe inminente. En la espera angustiosa la percepción del tiempo tiende a dilatarse. Los minutos parecen horas.

En cambio la ansiedad es la sensación que deviene de la preparación mental para un peligro. Es un estado que se caracteriza por un aumento de las facultades perceptivas ante la necesidad fisiológica del organismo de incrementar el nivel de algún elemento que en esos momentos se encuentra por debajo del umbral adecuado. Acá la percepción es que el tiempo pasa muy rápido o no alcanza.

La ansiedad es adaptativa, un signo de salud siempre que sea una reacción que lleve a la consecución del objetivo que ayude a resolver peligros o problemas puntuales.

Se podría decir que en condiciones normales es una especie de alerta amarilla, para ir preparando al organismo ante la posible existencia de una amenaza. Ya cuando la amenaza pasa a ser real, se libera mucha adrenalina, el afecto es el miedo y el cuerpo está en alerta roja.

En ocasiones tanto la ansiedad como la angustia dejan de ser adaptativas y pueden producir estados de intensa perturbación psíquica.

En este libro vamos a tomar como equivalentes a la angustia y a la ansiedad, salvo que se haga referencia en contrario, englobando el aspecto desadaptativo de ambas emociones bajo el nombre de “Trastornos de Ansiedad”

Diferencia entre crisis y trastorno de pánico.

Una crisis de pánico (o ataque de pánico) está caracterizada por la aparición repentina de síntomas en el cuerpo: falta de aire, palpitaciones, opresión o malestar en el pecho, sensación de no poder tragar, de estar asfixiándose acompañados de miedo extremo a morir, «volverse loco» o a perder el control de sí mismo.

Retengamos por el momento que “Crisis de Pánico” no es sinónimo de “Trastorno de Pánico”.

Las crisis suelen durar unos pocos minutos, llegan a un pico máximo (típicamente, en tres a cinco minutos) y luego disminuyen hasta desaparecer.

Conocer esto ya puede ser de mucho alivio. Uno puede hacerse una representación mental de la crisis como una flecha que se ha disparado hacia el cielo. No importa cuán fuerte la haya lanzado, llegará un punto en que se irá frenando para luego comenzar a caer.

Si está teniendo una crisis imagine la flecha y recuerde que nadie ha quedado ‘’colgado en las nubes’’ del pánico. Esto le permitirá controlar la sensación de “eternidad” del mal momento recordándole que no tardará en comenzar a descender.

Resumiendo, la característica principal de las crisis es la corta duración, el predominio de síntomas clínicos, el inicio brusco y el temor que produce en la persona.

Luego de la crisis puede presentarse un estado de abatimiento y desesperanza, o la sensación de estar cansado y agotado, que puede durar el resto del día.

El Trastorno de Pánico se produce por la reiteración de las crisis. Es en realidad el temor a la aparición de nuevas crisis.  Se le suele llamar miedo al miedo y tiende a ser muy incapacitante por el estado de constante sobresalto con el que se vive.

Una paciente solía describir el estado de espera de algo catastrófico con la siguiente frase: -“Me muero si me muero”

Vamos a quedarnos entonces con el concepto de que es el surgimiento del "miedo al miedo"  lo que hace la diferencia fundamental entre la crisis de pánico y el "Trastorno por pánico"

Los trastornos de ansiedad.

Son  llamados así porque lo que predomina es, ya sea la angustia de por sí o bien, mecanismos de defensa ante la misma. Configuran el siguiente grupo:

  • El trastorno de pánico
  • La agorafobia.
  • Las fobias específicas y la fobia social.
  • El trastorno obsesivo-compulsivo.
  • El trastorno por estrés postraumático.
  • Los trastornos de ansiedad generalizada.

Las fobias.

Fobia es un temor que la persona reconoce como excesivo o irracional. Suele estar desencadenado por la presencia o por la anticipación a situaciones temidas (volar, visión de sangre, precipicios, puentes, alturas, animales, inyecciones, insectos, etc.)

Lo característico es que mientras se evita la exposición al estímulo fóbico todo está bien, no hay ansiedad. Pero si se produce un encuentro con el mismo se provoca casi invariablemente una respuesta inmediata de angustia, que puede tomar la forma de una crisis de pánico.

La fobia es en síntesis, una respuesta de ansiedad desadaptativa ante situaciones o cosas que normalmente no dan temor, acompañada de comportamientos de evitación.

La agorafobia.

Está muy relacionada con el trastorno de pánico. Ya nos detendremos en ella.

La fobia social.

Es una variante fóbica en la que la ansiedad es provocada por tener que participar, actuar o desempeñarse ante el público. Los comportamientos de evitación de situaciones de interacción social a los que llevan hacen que las personas se auto limitan muchísimo. Hay quienes al no poder participar activamente describen su situación como “ver pasar la vida por una ventana”. Suele ser muy discapacitante si no se la revierte.

Mencionaremos resumidamente otras formas en que pueden manifestarse los trastornos desadaptativos de ansiedad:

El trastorno obsesivo-compulsivo.

Se caracteriza por pensamientos recurrentes e indeseables que causan ansiedad y malestar significativos. También pueden aparecer actos repetitivos (compulsiones) como el lavado de manos, verificación de puertas y ventanas, conductas centradas en el orden o en la limpieza, etc.

El trastorno por estrés postraumático.

Puede aparecer en personas que estuvieron expuestas a acontecimientos que han puesto en riesgo o su vida o han visto amenazada la de personas significativas. La característica básica es la de "volver a vivir" esos momentos altamente traumáticos una y otra vez (memoria traumática) junto a conductas de evitación asociadas a lugares, hechos o circunstancias relacionados con el trauma.

La ansiedad generalizada.

Caracterizada por la presencia de preocupaciones de carácter excesivo,  en un estado de permanente ansiedad. A diferencia de las crisis de ansiedad este estado está presente durante casi todo el día, casi todos los días.

Ansiedad de causa orgánica

Es interesante saber que no todos los trastornos de ansiedad son de causa psicogénica. La ansiedad puede depender de determinadas condiciones médicas que son importantes conocer para descartar durante el proceso diagnóstico. Como ser: Las crisis hipertiroideas;  el feocromocitoma; el prolapso de la válvula mitral. Igualmente, la ansiedad puede ser producida por los efectos  directos de una droga, un fármaco o un tóxico (un ejemplo típico es la ansiedad producida luego de la ingestión de sustancias con cafeína, como el café, las bebidas colas, el té, mate, asociaciones de aspirina y cafeína)

Estas condiciones son generalmente evaluadas por el médico clínico antes de derivar al especialista en salud mental.

Veremos a continuación algunos conceptos importantes relacionados con el pánico

LAS CRISIS DE PÁNICO.

Imagine: “Va caminando por la calle y repentinamente, si ningún aviso, siente una opresión en el pecho, falta de aire, hormigueos en las manos. Nota que está por caerse en cualquier momento y tiene una inquietud creciente por todo esto que está pasando tan rápidamente en Ud. Los objetos que mira se ponen borrosos, los oídos zumban. Ya comienza a pensar que en ese momento su vida está en grave peligro. Se le ocurre que puede estar sufriendo un infarto. Recuerda un amigo que falleció de un derrame y duda si seguirá el mismo camino que él. Lo más probable es que en esos momentos Ud. está buscando el centro asistencial más cercano o mirando por alguna persona que pueda ayudarle. Ni se le ocurriría imaginar que podría estar teniendo una crisis de angustia”

Sin embargo lo que he descrito es una crisis típica a predominio de síntomas cardíacos y respiratorios.

Una persona está conversando plácidamente en un restaurante, disfrutando de una velada agradable en compañía de sus amigos. Al querer tomar el cubierto nota que su mano tiembla. Un sudor frío aparece en su cuerpo. Automáticamente se le ocurre que la comida le ha caído mal. Ya el estómago le da vueltas, le falta el aire, siente la imperiosa necesidad de salir del lugar e ir al baño. Tiene la idea que permanecer sentado puede llegar a ser catastrófico. Una sensación de desvanecimiento inminente le hace pensar que está seriamente afectado por alguna enfermedad.

Digamos también  que otra persona, profundamente dormida, despierta bañada en transpiración, el corazón le palpita a mil, las cosas parecen girar a su alrededor, no puede mantener el equilibrio. Intenta desesperadamente que alguien le socorra porque cree estar en sus últimos minutos.

Ambas descripciones también son formas  de presentación de las crisis. La última es un ejemplo de crisis nocturna.

Hay tantas variantes que casi se podría decir que no hay dos crisis similares, incluso en la misma persona. Pero lo característico, sobre todo en los primeros tiempos, es que es muy poco probable que las personas piensen que en esos momentos tienen una crisis de angustia.

Cuesta convencerse, aún cuando el clínico haya descartado que se trate de alguna enfermedad orgánica. Ante la repetición de las crisis lo que se piensa una y otra vez es que en ese momento se está pasando por una condición médica de extrema gravedad. Muy pocas personas pueden dejar de alarmarse y decirse: -”Es sólo otra crisis de angustia

Retengamos hasta acá que la característica principal de la crisis de angustia es la aparición  de síntomas que aparecen sin previo aviso, en forma  repentina y con síntomas de desarreglo corporal.

Esto casi siempre lleva a creer que en ese momento uno o se está muriendo o está a punto de pasar por algo catastrófico, pero no a pensar que la razón de todo esto es la angustia.

Hay variantes de las crisis que se acompañan de sensación de irrealidad o de temor al descontrol. En esos casos se instala la creencia de que uno puede estar volviéndose  loco. En especial si las crisis se acompañan de desorientación, temor a perder el control, sensación de extrañamiento, fenómenos visuales como destellos, alteraciones en la profundidad del campo o en la proporción de los objetos.

Los síntomas típicos de  las crisis.

Vimos en los ejemplos anteriores la amplia variedad de formas de crisis. Ahora bien, para hacer el diagnóstico de crisis de pánico  los especialistas consideran necesario que durante las mismas se presenten al menos cuatro de estos síntomas:

  1. Palpitaciones,  sacudidas  del  corazón  o  elevación  de  la  frecuencia cardíaca
  2. Sudoración
  3. Temblores o sacudidas
  4. Sensación de ahogo o falta de aliento
  5. Sensación de atragantarse
  6. Opresión o malestar torácico
  7. Náuseas o molestias abdominales
  8. Inestabilidad, mareo o desmayo
  9. Sensación de irrealidad o de estar como separado de uno mismo.
  10. Miedo a perder el control o volverse loco
  11. Miedo a morir
  12. Sensación de entumecimiento u hormigueo.
  13. Escalofríos o sofocaciones

Pero, en las llamadas crisis a síntomas limitados, bastan solamente una o dos de las sensaciones descritas para hacer el diagnóstico.

Otra cosa que se toma en cuenta es la duración. La crisis típica se inicia de forma brusca con alguno de los síntomas descriptos  y alcanza su máxima intensidad habitualmente en menos de 10 minutos. Son principalmente diurnas pero pueden ocurrir a cualquier hora. Aún durante la noche, al estar dormido.

En el “Apéndice” puede Ud. encontrar un autotest para evaluar las crisis.

EL TRASTORNO DE PÁNICO

De la crisis al trastorno

Hay personas que solo tienen unas pocas crisis de pánico a lo largo de su vida.

Pero en otras las mismas  tienden a repetirse con bastante frecuencia. Esta reiteración de las crisis hace que aparezcan preocupaciones persistentes por saber cuándo ocurrirán las nuevas crisis  y por las  posibles consecuencias de las mismas.

Como mencionaba, la aparición de esta  ansiedad anticipatoria define lo que es el Trastorno de Pánico. No se sufre ahora tanto por las crisis sino por los cambios extremos en el comportamiento, en el hogar, en el trabajo, en el colegio o en la familia que provoca la preocupación por cuándo y cómo será la próxima crisis.

Como se suele desconocer el hecho de que las crisis son inesperadas, la persona intenta evitar situaciones que cree que puedan desencadenarlas. Suele haber así una caída significativa en el rendimiento social y laboral. Personas antes independientes buscan desesperadamente la presencia de algún familiar o conocido que le dé seguridad y entran en desesperación cuando tienen que quedarse solas.  O por el contrario, otras rehuyen compromisos o eventos sociales por no mostrarse en crisis.

También es frecuente una actitud de culpa y autorreproches por considerarse débil de carácter o por ser motivo de aflicción familiar, con la consiguiente baja autoestima. Situación muchas veces reforzada por el desconocimiento de allegados que creen que tener crisis es una forma de llamar la atención.

En estos estados es común la preocupación por tener una enfermedad no diagnosticada. Se duda del “Ud. no tiene nada”  y se agotan las consultas a distintos especialistas por si hay algo aún no encontrado que esté poniendo en peligro la vida.

Esta fase de incredulidad se da en llamar la "etapa del shopping médico" porque los resultados “normales” de los estudios hacen desconfiar ya que aparentemente no se corresponden con la aparatosidad de los síntomas. Se recorren distintos especialistas, a ver si alguno ‘’da en la tecla’’ acumulando en el trayecto un innumerable conjunto de estudios y análisis. Por lo general ninguno parece suficiente para tranquilizarse y a veces se acumulan carpetas enteras con informes.

Al no encontrar causas orgánicas, algunas personas desarrollan la creencia de que las crisis de angustia indican que se están «volviendo locas» ya que creen que están perdiendo el control de su cuerpo.

Para sintetizar: Mientras en las crisis de angustia lo que predomina es el malestar propio de los síntomas, en el trastorno de pánico lo que pasa a primer plano es el severo cambio y limitación en el estilo de vida o en la forma de afrontar las cosas. Predomina acá el deterioro psicosocial de la persona.

Pánico y agorafobia.

Había mencionado un tipo de fobia llamada agorafobia. Me detendré en ella ya que es compañera en casi el 50% de las personas.

En el Trastorno de Pánico la preocupación principal es el “miedo al miedo”. Por ende, una consecuencia casi natural de esto es tratar de predecir donde, cuando o en qué situaciones se produce con más frecuencia la crisis.

Si una persona tuvo una crisis en un supermercado verá con mucha aprehensión el hecho de tener que volver a hacer las compras. Si la tuvo en un lugar céntrico muy concurrido, quizás evitará las aglomeraciones. Lo mismo que podrá dejar de hacer fila si la tuvo cuando esperaba ser atendido o evitará comercios o restaurantes si en ellos se sintió mal.

Como vimos, esto en realidad es un  intento de localizar la crisis, de relacionarla con algo que uno estaba haciendo para poder prevenirla, controlarla. A veces se llegan a extremos insólitos: si se piensa que las crisis son por determinadas comidas, se hacen dietas extravagantes; quien piensa que la dificultad para tragar es por sequedad de garganta se lleva consigo una botella de agua; se mantienen caramelos o sustancias endulzantes a mano si se cree que los mareos son por baja de azúcar; la certidumbre de que la presión arterial puede oscilar fatalmente hace que uno se torne esclavo de un inseparable tensiómetro.

Pero nada de esto tiene mucha influencia para prevenir las crisis ya que lo típico de las mismas es que son repentinas. Recordar que el dios Pan (de donde deriva la palabra pánico)  tenía por gusto aparecer de imprevisto para asustar a las personas, por más precauciones que estas tomen.

El uso de  ‘’amuletos” (tensiómetro, botellas de agua, azúcar, un tranquilizante en el bolsillo) suele dar algo de confianza, pero también generan mucha dependencia. Si los mismos no se tienen a mano, la sensación de quedar sin recursos puede precipitar una crisis de angustia (cosa que erróneamente suele confirmar la “necesariedad” de dichos elementos en una especie de profecía auto cumplida)

Esta tendencia a limitar o prevenir la aparición de las crisis es notoria en la agorafobia.

La agorafobia: Se presenta en dos situaciones distintas. Una, en lugares o situaciones donde escapar puede resultar difícil.

Un paciente contaba que al estar en la iglesia, en las filas delanteras, tenía un gran temor de padecer una crisis ya que en esos momentos no podría irse sin llamar la atención. Ese solo pensamiento le provocaba sudoración de manos, taquicardias y falta de aire. Así que preferentemente se ubicaba cerca de la puerta de entrada.

Otra, angustia intensa ante el pensamiento de  que sería imposible encontrar ayuda en el caso de presentarse una crisis.

Una madre se lamentaba de no poder llevar a su hijo al colegio. El temor tan intenso a tener una crisis en el camino, sin que nadie pueda ayudarle, la tenía confinada en la casa. Pero aún allí no podía quedarse sola por pavor a  no lograr ayuda rápida si le pasaba algo. Cosa que solucionaba en parte si algún familiar permanecía con ella.

Tuvo también que prescindir de hacer viajes de larga distancia. Ir sola en el auto por lugares solitarios le resultaba desesperante.

Aunque la agorafobia puede aparecer en cualquier momento de la vida, suele hacerlo durante el primer año del trastorno de pánico. Hay que tener en cuenta que la agorafobia, en muy raras ocasiones, se puede presentar sola (sin relación con el trastorno de pánico)

La angustia agorafóbica suele disminuir mucho cuando se está acompañado por alguien que de seguridad y confianza (a veces, hasta un niño cumple esa función). Por ese motivo se suele desarrollar un fuerte patrón de dependencia hacia personas que les son significativas, aun cuando su relación con ellas no sea del todo satisfactoria.

Aunque esta afirmación no es del todo correcta, la agorafobia puede pensarse como una vía de defensa ante las crisis de pánico. Es como un intento de predecirla y anticiparla.

A costa de no afrontar las situaciones temidas,  algunas personas notan que disminuyen la frecuencia de las crisis de angustia. Pero lo que se gana en “prevención” de la angustia se pierde en calidad de vida. Actividades diarias normales tales como ir de compras, manejar un vehículo o salir de casa se pueden volver tareas imposibles. En estos casos es peor el remedio que la enfermedad.

Un ejemplo típico de “Crisis de pánico” con posterior “Trastorno de Pánico” es el relato de Roxana, de 24 años.

"Me considero extrovertida y muy alegre, pero sobre todo feliz. Me casé cuando tenía 18 años. Procedo de una familia numerosa y de clase media. Soy la cuarta de cinco hermanos. Mi infancia transcurrió tan normal como la de cualquier niña en mis circunstancias, aunque mis padres siempre estaban pendientes de que no me suceda nada malo. Mi mayor afán era estudiar. Disfrutaba muchísimo de ir a la escuela, jugar con mis amigos y con mi hermano menor. La adolescencia la pasé como cualquier otra joven, algo rebelde y buscando sobre todo diversión en todos los ámbitos, pero eso sí, continué siendo una buena estudiante. Sin embargo mi vida cambió drásticamente.

Crisis de pánico

Un día de Enero empecé a notar que algo raro me pasaba. Salí a la calle como cualquier mañana y todo empezó a darme vueltas, tenía mareos, me sudaban las manos, el corazón me latía tan fuerte que apenas podía pensar, no podía casi respirar. Solo pensé "debo llegar a casa lo antes posible". Sentía que me estaba muriendo Cuando llegué a casa todo se me pasó, '¡qué alivio!', pensé. No le di por entonces mucha importancia a lo ocurrido. Pero ese fue solo el principio. Esto empezó a repetirse muchas veces y me preguntaba vez tras vez '¿qué me está pasando?

Recuerdo que pensé:-‘No es normal lo que me está sucediendo'. El doce de enero de aquel mismo año, lo que más tarde descubrí que se llamaba ataques de pánico me ocurrió también en mi misma casa (pensaba que ahí no me daría nunca porque me sentía protegida). Salí corriendo mientras intentaba hablar con mi marido desde el celular, hasta llegar como pude a casa de unos amigos, que por suerte estaban.

Al llegar mi esposo a recogerme me encontró allí esperándolo, llorando, temblando sin parar y muy asustada. Creía estar volviéndome loca o que estaba perdiendo el control.

Comienzo del “Trastorno de Pánico”

Desde ese momento ya no me pude quedar tranquila en casa. Ni tan siquiera podía perderle de vista un segundo a mi esposo. Era evidente que necesitaba ayuda profesional, pero consultando, los clínicos no me encontraban nada malo en el cuerpo, en las radiografías o en los análisis. Todo parecía andar bien pero yo andaba mal, no dejaba de pensar en qué lugar o cuándo tendría otra crisis.”

Causas del Trastorno de Pánico.

Herencia y Género

Hay varios factores que contribuyen a desencadenar el trastorno de pánico. No se conoce a la fecha una causa única.

Frecuentemente las personas están preocupadas por saber si es un trastorno hereditario que se puede pasar a la descendencia.

Al  respecto hay que decir que efectivamente este trastorno se presenta más en algunas familias que en otras, lo que sugiere una probable base genética, como lo indican también estudios con gemelos idénticos.

Estadísticamente, los parientes de primer grado de personas con pánico tienen entre cuatro y siete veces más probabilidad de presentar este trastorno.

Verónica, de 27 años, con trastorno de pánico reciente, madre de una nena de 4 años, estaba muy preocupada porque creía que “por su culpa” la hija podría ser afectada el día de mañana. Notaba también que desde que había comenzado con síntomas su hija estaba irritable y con llanto fácil la mayor parte del día.

Se le aclaró que si bien es probable que la hija “herede” una predisposición genética eso no quiere decir que indefectiblemente desarrollará ataques de pánico. Por otro lado, luego de una evaluación minuciosa, se determinó que las respuestas de ansiedad de la madre para con la hija eran las determinantes del cambio de carácter de la niña. Una vez tranquila la madre y vuelta al modo anterior de relacionarse con ella, la nena volvió a su habitual forma de ser.

Hay teorías que sostienen que ciertas condiciones genéticas determinan un umbral bajo y por ende una sensibilidad aumentada del cerebro (en especial el área del sistema límbico que procesa emociones y conductas de defensa, escape, ira, miedo y comportamientos instintivos  ante situaciones estresantes)

Lo genético, si bien puede estar presente como predisponente, no parece ser el único factor involucrado.

Es también muy importante lo relativo al aprendizaje, a las vivencias que determinan el modo (ansiogénico en este caso),  de procesar la información de nuestro entorno.

Por otro lado, el sexo de la persona sí aparece relacionado al pánico. No se sabe la causa de esta asimetría, pero el trastorno se presenta de dos a tres veces más en mujeres que en hombres.

Frecuentemente pueden encontrarse indicios de angustia ya desde la infancia (terrores nocturnos, fobias o ansiedad por separación de las figuras de referencia)

A grandes rasgos podemos decir que Trastorno de Pánico es más común en mujeres y en personas que tienen antecedentes familiares de esta enfermedad.

Teorías sobre las causas

Para explicar cómo se produce el Trastorno de Pánico, las teorías biológicas sugieren que habría un desequilibrio químico en los neurotransmisores cerebrales (en especial de la serotonina) Una condición genética o cambios en la neuroquímica cerebral generarían las condiciones donde luego factores psíquicos gatillarían la respuesta orgánica.

Por otro lado, algunas teorías psicológicas hacen énfasis en el tipo vivencial atribucional (la forma de “tomarse” las cosas). Se sostiene que pensamientos que actúan como disparadores pueden tener la magnitud suficiente como para producir las crisis. Y dentro de esta teoría, los cambios en la química cerebral serían secundarios a esta forma de pensar.

Las teorías "mixtas" dan importancia a la conjunción de factores biológicos y psicológicos en grados que van desde quienes presentan una marcada carga genética y poca disposición psicológica a,  por el contrario, personas en las que predomina notoriamente el factor psicológico hasta el punto en que pareciera no ser relevante el factor orgánico.

Es decir, si bien el trastorno de pánico es uno, no hay dos personas con las mismas características del mismo, ya sea en la capacidad de afrontamiento, en las repercusiones individuales, en la intensidad y duración de los síntomas o en su evolución.

De acuerdo a la predominancia de uno u otro de estos factores es como se decide el tratamiento. Es decir, si será psicológico, farmacológico o mixto. Por regla general, el tratamiento mixto es el más efectivo ya que contempla ambas causas.

Algunas preguntas frecuentes

¿Es común tener trastorno de pánico?

El Trastorno de Pánico afecta a más personas de lo que uno imagina. La prevalencia del trastorno de angustia se sitúa entre el 1,5 y el 3,5 %. Durante el transcurso de un año entre el 1 y el 2 % de la población tendrá ataques de pánico. Como vimos, entre ellos, de un tercio a la mitad también presentarán agorafobia.

La frecuencia y gravedad de las crisis de angustia varían ampliamente. En algunas personas se da diariamente, en otras con una frecuencia de una o más veces a la semana. Otros describen algunas crisis semanales o mensuales pero separadas por semanas o meses sin tener crisis de angustia o con crisis mínimas.

¿Cuándo comienza y cómo evoluciona la enfermedad?

Típicamente el inicio del trastorno de angustia se produce al final de la adolescencia o en la mitad de la cuarta década de la vida (coincidente con la “crisis de los cuarenta”)

Eso no quiere decir que el pánico no aparezca a cualquier edad, aunque es menos frecuente su aparición en mayores de 45 años.

Sin tratamiento el trastorno tiende a perdurar en el tiempo, con altas y bajas. Algunas personas presentan algunas crisis y luego se recuperan por años, mientras que otras desde el inicio presentan síntomas intensos y permanentes.

Cuando hay además agorafobia, esta suele presentarse en el primer año de iniciado el trastorno y mejora a medida que mejoran las crisis. Aunque otras veces la agorafobia se hace independiente de la presencia o ausencia de crisis de angustia.

¿Se cura?

Con tratamiento los estudios de seguimiento sugieren que:

  • Cerca del 30 % de los individuos se encuentra bien, sin recaídas, al cabo de un tiempo.
  • Han mejorado, pero siguen con algunos síntomas controlables entre el 40 y el 50 %.
  • Solo el 20-30 % restante sigue igual o peor.

En síntesis, con tratamiento adecuado se puede esperar una notable mejoría en el 70 a 80% de las personas.

Evolución con el tratamiento

La evolución del trastorno desde el inicio del tratamiento hasta la mejoría no es lineal.

El proceso de cura del trastorno de pánico evoluciona con períodos de mejoría alternados con momentos de recaída. Si uno compara el día a día podrá ver que a días "buenos" les pueden seguir momentos en que parece que uno está sufriendo una recaída. La evolución, en este caso, se asemeja a los dientes de una sierra.

Una tendencia frecuente, en quienes no conocen esta forma de evolución, es a tener una visión pesimista cuando se está en un pico de baja.

Mario estaba muy contento porque al poco tiempo de haber comenzado el tratamiento ya no presentaba crisis, aún cuando antes las tenía casi a diario. Un fin de semana, al estar en la fiesta de cumpleaños de uno de sus amigos sintió reaparecer las palpitaciones, la sudoración y el deseo de salir corriendo. Luego de esa nueva crisis quedó muy afligido y desmoralizado porque pensaba que el tratamiento había fracasado y que nunca llegaría a recuperarse.

Como vemos en el ejemplo anterior, el paciente no conocía la evolución en dientes de sierra, es decir que es esperable la reaparición de estas crisis durante el transcurso del tratamiento (crisis que no indica un retroceso).  Cabría acá el dicho: “Una golondrina no hace verano”

Si se trazara por debajo del gráfico en dientes de sierra una línea recta se vería que efectivamente, más allá de los altibajos, la tendencia es hacia la mejoría en las personas que responden al tratamiento.

Hay que evitar hacer evaluaciones parciales, especialmente durante los períodos de crisis.

¿Puede manifestarse el pánico con otros síntomas?

Hemos visto los síntomas que se requieren para hacer diagnóstico de crisis de pánico. Pero las personas con trastorno de pánico también suelen presentar otros síntomas que aparecen antes o durante el trastorno:

  • Es frecuente la aparición de temores en relación al resultado de las actividades diarias.

Ernesto, un buen trabajador de una empresa de manufacturas, temía ser despedido porque se creía incompetente, aún cuando recientemente lo habían promovido.

Una forma particularmente inquietante para las personas es la preocupación exagerada por la salud de los seres queridos o por el temor a la separación de ellos.

Claudia no podía conciliar el sueño hasta que el cansancio no la vencía. A la noche no dejaba de estar atenta a la respiración de sus hijos que dormían cerca de ella. Ante la más mínima irregularidad ya se levantaba para ver si no les pasaba algo.

Raúl se mostraba temeroso y desconfiaba de los comentarios del médico que trataba a su madre. Pensaba que ella tenía una enfermedad grave pero que se lo ocultaban para no preocuparle.

Hilda tenía una relación tormentosa con su pareja. Pero el solo hecho de pensar que su marido se podía ir y dejarla sola la sumía en desesperación.

  • Comúnmente hay tendencia a anticipar un desenlace catastrófico como resultado de síntomas físicos o efectos farmacológicos secundarios cuya importancia real es de carácter leve.

Marcela tenía dolor cervical que se extendía hacia el brazo izquierdo. Aún cuando se le había diagnosticado la presencia de una compresión nerviosa ella no podía apartar de sí la creencia de que ese dolor indicaba la presencia de un infarto cardíaco.

Carlos, cuando tenía dolores de cabeza pensaba inmediatamente en un tumor cerebral o en un accidente cerebro vascular ya que un tío había fallecido recientemente por esa causa.

Eduardo tomaba un medicamento recetado para la ansiedad, pero no podía apartar de su mente la idea de que desarrollaría una cirrosis hepática o una dependencia severa al fármaco. Solía leer meticulosamente el prospecto de los medicamentos que se le indicaba y le producía terror todo lo que anunciaban. Creía que no se habían descartado otras enfermedades de base y solicitaba frecuentemente que se le hagan controles de laboratorio para seguir tomando la medicación.

  • Baja autoestima. Las personas a veces se sienten avergonzadas por tener lo que consideran una debilidad de carácter al no poder superar las crisis. Idea a veces reforzada por los familiares, quienes al comprobar que no hay una enfermedad orgánica suelen opinar falsamente que “hay que poner de sí mismo para salir de eso y no dejarse caer
  • Hay personas que, aparte del trastorno de angustia, presentan también estados depresivos.

Miguel tenía crisis de angustia a predominio de síntomas digestivos. Malestar abdominal, sensación de plenitud gástrica después de las comidas. Tránsito lento, náuseas y en ocasiones vómitos o crisis diarreicas. Después de unos meses con estos síntomas comenzó a notar un profundo desgano. Cosas que antes le llamaban la atención ahora le parecían triviales. Había dejado de salir y rehuía de sus amistades. Pasaba gran parte del tiempo en cama pero a la noche le costaba mucho dormir. Se despertaba frecuentemente y a la mañana se encontraba totalmente desanimado y sin fuerzas para comenzar el nuevo día. El futuro le parecía negro y desolador.

  • En algunas culturas las crisis de angustia pueden caracterizarse por un intenso temor a la brujería o la magia.

Sonia, de 24 años, que vivía en los valles de Tafí, tenía frecuentes crisis de angustia acompañadas de sensación de muerte, asfixia, despersonalización e irrealidad. Estaba enemistada con la curandera del lugar, por ende le atribuía su estado a un maleficio. Creía haber encontrado como evidencia de su teoría pájaros muertos en el patio del fondo de su casa y restos de huesos de animales.

  • El trastorno de pánico se ha asociado también al trastorno de ansiedad por separación de la infancia.

Viviana, de 19 años, con crisis de reciente aparición acompañadas de temores agorafóbicos, durante su vida había repetido un patrón de dependencia hacia algunas personas con las que se sentía segura o protegida. Le parecía que nunca se habría animado a quedarse sola durante un tiempo prolongado. Recordaba que los primeros días de escuela la madre tenía que quedarse con ella porque de lo contrario rompía en crisis de intensa angustia y llantos.

¿El trastorno de pánico puede afectar el rendimiento intelectual?

Dificultades para concentrarse, para realizar tareas habituales o para fijar, conservar y evocar algunas vivencias son otros trastornos relacionados con la angustia. Esto es particularmente evidente cuando se realizan determinadas actividades, como estudiar para exámenes o a medida que se acerca el plazo de entrega de trabajos que implican rendimiento intelectual.

Luis era un buen estudiante de arquitectura. Luego de que tuviera un par de crisis de angustia notó que su rendimiento académico disminuyó hasta el punto en que no podía presentarse a rendir porque le parecía que la mente se le quedaba en blanco, aún cuando estaba consciente de que se había preparado muy bien. Sencillamente a la hora de hablar no lograba articular palabra y era como que se había olvidado de todo lo que había estudiado.

Hay una relación entre angustia y desempeño. Cierta “dosis” de angustia es saludable. Motiva a hacer tareas y desarrolla la creatividad. Pero cuando la angustia sobrepasa cierto límite, el rendimiento cae dramáticamente, dando lugar a bloqueos de memoria y a una baja notable en el funcionamiento intelectual.

La relación entre la activación producida por un estresor y la actuación/rendimiento, mantienen una forma de “U” invertida, según la ley formulada por Yerkes y Dobson (1908) que muestra que en condiciones altas de estrés el rendimiento disminuye notablemente, tal como se ejemplifica en el gráfico siguiente.

Curva de Yerkes-Dobson

¿Otras enfermedades pueden dar crisis de pánico?

Efectivamente, hay enfermedades o condiciones médicas que pueden producir síntomas similares a las crisis de angustia.

Entre otras:

  • Hipertiroidismo
  • Trastornos del oído interno
  • Arritmias
  • Taquicardia supraventricular

También la pueden producir el uso de sustancias como por ejemplo, los estimulantes del sistema nervioso central: cocaína, marihuana, anfetaminas. O el uso de bebidas con cafeína (café, té, mate, chocolate, bebidas colas, asociaciones de aspirina y cafeína, etc.)

¿Se puede perder la razón?

Esta suele ser una pregunta frecuente ya que uno de los síntomas del trastorno de pánico es el miedo a la locura.

Si bien es cierto que el trastorno de pánico puede estar asociado a otras enfermedades (como la depresión) hay que saber que no se hace diagnóstico de trastorno de pánico en presencia de psicosis. Por ende, el diagnóstico en sí de trastorno de pánico excluye la (mal llamada) locura.

¿Se puede morir o quedar incapacitado por el trastorno?

No se han descrito muertes por ataque de pánico. Sin embargo se ha visto una asociación entre las personas con crisis de pánico y ciertas alteraciones cardíacas (por ejemplo, prolapso de la válvula mitral). Por eso es importante, previo al tratamiento, hacer un control médico.

Lo que sí puede presentarse es una severa incapacidad como consecuencia del trastorno de pánico. Por temor a las crisis se puede dejar de salir de la casa o perder oportunidades laborales o académicas y en general tener una muy mala calidad de vida.

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