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Temas de Psicología de la Religión | El ABC de las supersticiones
Por: Juan Manuel Otero Barrigón

Temas de Psicología de la Religión - El ABC de las supersticiones

Se denomina superstición aquella creencia, según la cual, ciertas acciones o hechos, voluntarios o no, pueden acarrear consigo la buena o la mala fortuna.

Las creencias supersticiosas exhiben una extraña cualidad: son atacadas tanto por la religión, como por la ciencia. Para cierto cientificismo muy en boga desde hace algunas décadas, religión y superstición son prácticamente sinónimos, apenas una diferencia de gradación separaría a las unas de las otras. Para las religiones, es supersticiosa toda creencia que circula en los márgenes de sus dogmas y doctrinas. No obstante lo cual, muchas creencias supersticiosas tiene un origen o un contenido religioso.

Pese a lo dicho, cabe destacar una diferencia importante que aparta a las creencias de tipo supersticioso de aquellas sostenidas por los diferentes cultos y religiones. A diferencia de estos últimos, cuyas creencias y prácticas están referidas siempre, y en última instancia, a la divinidad; las supersticiones no suelen precisar la identidad, o agente del que emanaría su poder de cumplimiento. La persona que toca madera tres veces antes de rendir un exámen, o aquella otra que evita pasar por debajo de una escalera para no atraer la desgracia sobre sí, difícilmente pueden identificar la fuente prodigadora de esa buena o mala fortuna, ya que, el poder al que hacen alusión las creencias supersticiosas suele ser vago, abstracto, e indeterminado.  

La mayoría de las creencias supersticiosas beben, fundamentalmente, de dos fuentes: las tradiciones religiosas y las tradiciones culturales de los pueblos.

Tocar madera, abstenerse de cruzar por debajo de una escalera, o bien evitar todo lo relacionado con el número 13, tienen, por ejemplo, un inconfundible sello religioso, vinculado al cristianismo. Tanto la madera que hay que tocar como la escalera que es necesario eludir habrían sido, en sus orígenes, representaciones de la cruz de Cristo. Aquel que antes de asumir un desafío importante tocaba dicha cruz/madera, “quedaba bajo la protección de la gracia del Señor”; de la misma forma que abstenerse de pasar por debajo de ella, era evitar hacerse responsable por su muerte, tal como había ocurrido con los centuriones romanos en el Monte Gólgota. El número 13, pleno en referencias simbólicas, tiende a ser relacionado históricamente con el número de trece comensales de la Última Cena, de los cuales uno de ellos, Judas, sería el traidor (el número 13). 13 es, además, el capítulo del libro de Apocalipsis que describe las señales del Anticristo. Y así abundan los fundamentos de dicha creencia, que se extienden incluso a otras culturas.

La otra fuente tradicional de las supersticiones son ciertas prácticas y costumbres culturales, las cuales con el paso del tiempo, en muchos casos, quedaron disociadas de su origen supersticioso. Un acción tan común como taparse la boca al bostezar, nos resulta hoy un indicador de buena educación. Sin embargo, en la Edad Media, y en un contexto en el cual el Maligno rondaba por cada rincón, el momento en el que una persona abría la boca para bostezar, era uno de los predilectos para…¡consumar la posesión diabólica!, razón por la cual, era mejor prevenirse.  

En líneas generales, podemos advertir que es esencial en toda creencia supersticiosa la habitual confusión entre causalidad y correlación. Que dos hechos sucedan uno despúes del otro, no implica necesariamente que el primero sea causa del segundo. La correlación es, según define la RAE, la  “correspondencia o relación recíproca entre dos o más cosas o series de cosas” Lo que implica que la relación que se establece es de simple correspondencia o similitud, pero no de origen. Puede haber correlación por simple casualidad o mera coincidencia, sin que ello implique, necesariamente, una relación de causa y efecto. Idea esta que, valga decirlo, no suele ser del agrado de quienes se consideran supersticiosos. 

Decíamos arriba que para el discurso científico más duro, superstición y religión son casi sinónimos. Un psicólogo evolutivo como Bruce Hood, profesor en la Universidad de Bristol, llevó a cabo años atrás un sencillo experimento en una Jornada de Ciencias, consistente en exhibir ante el público una chaqueta de llamativos colores. El desafío consistía en poner a prueba la “valentía” de sus oyentes, invitando a quien se animara a usar dicha chaqueta durante un tiempo, a cambio de una determinada suma de dinero. Por supuesto, la mayoría aceptó el desafío, levantando su mano para ofrecerse como voluntarios. Sin embargo, Bruce Hood agregó posteriormente algo más. Explicó que dicha chaqueta había pertenecido a un famoso asesino serial de principios del siglo xx, tras lo cual, automáticamente, la enorme mayoría de los inicialmente voluntarios bajaron sus manos, y ya no quisieron saber nada con la cuestión. Sencillos “experimentos” de este tipo llevaron a Bruce Hood a proponer la interesante hipótesis según la cual nuestros cerebros funcionarían, por naturaleza, supersticiosamente. Estaríamos programados para creer, para atribuir vagos poderes e influencias extrañas a determinados objetos o acciones, mecanismos a través de los cuales, el ser humano buscaría conjurar el miedo a la incertidumbre y a lo desconocido. Así y todo, Bruce Hood es algo más radical en sus teorías, algo sobre lo que volveremos cuando hablemos de la neuroteología.  

En psicología cognitiva se habla de “efecto apotropaico” para referirse a aquel mecanismo de defensa según el cual se puede mantener alejado el mal, defenderse de él (o de los espíritus malignos, según el caso) a través de determinados actos, rituales, objetos o frases formularias. El uso de una cinta roja, de tanto arraigo en la cultura popular por su efecto defensivo contra la envidia, es un ejemplo bien claro de esto. Determinados gestos son considerados apotropaicos por la antropología cultural: hacer la higa (el gesto del dedo pulgar o medio entre los demás de la palma) para rechazar el mal de ojo, tocar madera, cruzar los dedos, decir "¡Jesús!" para rechazar el mal agüero de un estornudo (aún cuando actualmente esta exclamación se emplea comúnmente como fórmula de cortesía cuando alguien estornuda), evitar determinados animales o números, etcétera. Los romanos cortaban las manos a los suicidas como acto apotropaico para defenderse de los malos espíritus. También ciertos símbolos arquitectónicos pueden cumplir una función apotropaica: la cruz misma, la flor de lis, y los ángeles cumplen una función protectora. Asimismo, las gárgolas tendrían el efecto apotropaico de defender la pureza del agua y de las fuentes, y los leones de los monumentos y las tumbas serían defensores del personaje allí enterrado. Las concepciones contemporáneas consideran que los actos u objetos apotropaicos forman parte de prejuicios cognitivos, es decir, de maneras distorsionadas de procesar la información que se halla en nuestro cerebro. Así  y todo, dicho efecto cumpliría una función importante a nivel psicológico, y de allí su persistencia en el tiempo, más allá de las diferencias culturales: permitirían otorgar estabilidad a la psique, al proporcionar  una sensación de control ante los diversos retos e incertidumbres a los que se enfrenta el ser humano.

Estudios como el publicado en el año 2010 por la revista “Psychological Science”  afirman que hacer un acto tal, como por ejemplo “cruzar los dedos” antes de enfrentarse a una situación que se desea, provoca un mayor rendimiento ante la misma. Más concretamente, este experimento muestra que las acciones relacionadas con la suerte, tales como; usar un amuleto, repetir una frase o ejecutar un determinado ritual mejoran el rendimiento en la destreza motora, la memoria y el juego. Esto se explicaría, según los autores de dicho trabajo, a través de un incremento en la percepción de auto-eficacia. En otras palabras; activar un pensamiento o acto supersticioso, aumentaría la confianza en el dominio de la tarea que se va a realizar y en consecuencia en el rendimiento al hacerla.

Podemos observar algo que se desprende de estudios como este, y es que demostrarían que cualquier creencia o acto que nos ayude a confiar en que podemos conseguir algo, tiene el mismo poder para nosotros que nuestra propia actuación. La creencia de lograrlo o no, afecta a nuestra capacidad para conseguirlo.

Esto conecta con un último aspecto que interesa señalar en torno a las supersticiones, esto es,  su relación con las denominadas profecías autocumplidas. La teoría de la profecía autocumplida sostiene que cuando tenemos una creencia firme respecto a algo o alguien, nuestra conducta intenta ser coherente con las creencias que sostenemos, por lo que terminamos desencadenando su cumplimiento. Veamos un ejemplo. En el Ashanti, de Ghana Central, cada niño que nace recibe un nombre espiritual que se basa en su día de nacimiento y cada día está asociado a un conjunto de rasgos de personalidad. A los nacidos en lunes se les llama Kwadwoy, y tradicionalmente se los considera tranquilos y pacíficos. A los niños nacidos en miércoles se les conoce como Kwaku y se supone que tienen mala conducta. Un psicólogo decidió estudiar si esta temprana etiqueta podría tener un impacto a largo plazo en la autoimagen y, por tanto, en la vida de los niños. Para ello, examinó la frecuencia con la que ambos nombres aparecían en los registros de los Tribunales Juveniles por cometer algún delito. El resultado de la investigación mostró que el nombre dado a un niño en su nacimiento afectaba a su conducta, ya que había una notable superioridad de delincuentes con el nombre de Kwaku (a los que pronosticaban mala conducta) que Kwadwo (los pacíficos). La teoría de profecía autocumplida, también conocida en el ámbito científico como efecto pigmállion, ha servido como modelo explicativo para comprender fenómenos producidos en distintos contextos (siendo el laboral y el educativo los principales) y es sumamente válida para explicar, también, la aparente “eficacia” o “realidad comprobable” de muchas creencias supersticiosas. De hecho, el supersticioso considera su creencia como real, a tal punto que actúa o evita actuar en conformidad con ella, de modo tal que su conducta termina validando muchas veces su expectativa inicial.

Para terminar, digamos que ser supersticioso no es per se algo negativo. De hecho, y tal como hemos visto, las supersticiones reportan en muchos casos beneficios psicológicos palpables. En todo caso, deberíamos decir que se trata de una cuestión de grado. Cuando la superstición se convierte en el eje de la propia vida, orientando, promoviendo o inhibiendo determinadas acciones de nuestro discurrir vital, quizás sea momento de revisar los fundamentos y la utilidad de dichas convicciones. En algunos casos, esto puede ser más difícil, requiriendo su abordaje en contextos psicoterapéuticos. Neurosis como la fóbica o la obsesiva suelen ser bastante congruentes con este tipo de creencias, dado que se trata de patologías más tendientes a buscar el cumplimiento de ciertos patrones en el mundo circundante, con el fin de demostrar que determinadas acciones pueden producir determinados efectos. Como podemos ver, el espectro de posibilidades que suponen las creencias supersticiosas es algo amplio, pero de lo que podemos estar seguros, es de que se trata, sin duda alguna, de un fenómeno muy común, que comprende a gran parte del género humano. Tanto como para que nos animemos a afirmar tranquilamente que: “quien esté libre de supersticiones, que tire la primera piedra”.

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