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Temas de Psicología de la Religión | El hecho religioso
Por: Juan Manuel Otero Barrigón

Temas de Psicología de la Religión - El hecho religioso

Diremos algunas palabras sobre la denominada fenomenología de la religión, disciplina auxiliar de la psicología de la religión, y a la cual los estudiosos en este campo necesitamos recurrir en forma frecuente. La fenomenología de la religión se centra en el aspecto experiencial de la fe, encargándose de describir y sistematizar el fenómeno religioso de acuerdo con la orientación de los creyentes, es decir, de acuerdo a la vivencia de aquellos que cultivan una determinada vida religiosa.

En tanto disciplina, no asume, como en el caso de la teología, la existencia de lo divino como realidad ontológica, pero desarrolla sus postulados en un “como si”. Esto significa que, en tanto y en cuanto para el creyente la existencia de una dimensión Divina es una realidad de hecho, la fenomenología de la religión partirá de la asunción de dicho supuesto con el fin de explorar lo que esta Divinidad implica para aquel que la experimenta. Sin identificarse con ninguna confesión en particular, explorará, de manera objetiva, las características de ese hecho tan peculiar que es el hecho religioso. El fenomenólogo, para aproximarse a su objeto de estudio de modo imparcial, deberá poner en práctica la tan mentada epojé, suspendiendo todo juicio (y prejuicio) que pudiera tener sobre aquel terreno al cual se aproxima en su afán de conocimiento. 

Aclaremos que, al hablar de fenomenología, nos referimos a aquella forma de filosofía que por el análisis de los fenómenos observables pretende brindar una explicación del ser y de la consciencia, en sus formas puras. 

Para el fenomenólogo Gerardus van der Leeuw, la función de la fenomenología de la religión es interpretar las distintas maneras en que lo sagrado se manifiesta en los grupos humanos a lo largo del mundo y la forma en que el hombre aprehende y se preocupa por lo que se le revela y por lo que continúa permaneciendo como Misterio.

Reconozcamos lo siguiente; el método fenomenológico tiene dos instancias ineludibles:

  1. La descripción del hecho: como punto de partida que comienza con la observación del hecho tenido como objeto de estudio. Supone una actitud descriptiva, basada en el aspecto formal del objeto a conocer. Visto desde el prisma del hecho religioso, esto implica apelar al bagaje de datos históricos, sociológicos, antropológicos, y psicológicos que demandan una organización y discernimiento.
  2. La interpretación: yendo más allá de la mera descripción, considera que la actitud religiosa vista exteriormente es manifestación de una actitud más profunda, que responde a una vivencia y sensibilidad únicas, y que al mismo tiempo, nos habla de un fenómeno humano original y específico, determinado por el encuentro entre el hombre y el Misterio, a partir del acceso a una realidad Sagrada. 

La fenomenología se nos presenta, así, como un enfoque hermenéutico, para cuya aplicación se hace necesario reconocer, que el hecho religioso, es ante todo un hecho humano específico, ubicado dentro de un tiempo y un espacio concretos. Hecho que, además, es complejo y significativo, dado que involucra toda una serie de elementos con significación precisa, sujetas a la intencionalidad del hombre. Sujeto (noesis) y objeto (noema), que singularizan al hecho religioso, colmándolo de sentido. Descubrir (y describir) esta significación es misión de la fenomenología de la religion, tal como lo expresa el profesor Guillermo Gómez Santibañez

A líneas generales, podemos afirmar que para esta disciplina, el hombre desenvuelve su devenir vital en dos tipos de realidad: la realidad ordinaria, en la cual se conduce con espontaneidad, y una realidad aparte, caracterizada por un sentimiento de estupor. Es la oposición que el historiador rumano de las religiones, Mircea Eliade, entiende en términos de: mundo profano/mundo sagrado

Lo Sagrado remite, de acuerdo con esta perspectiva, “a la misma realidad natural y profana, en tanto y en cuanto esta apela a una presencia ontológicamente última”. Lo que implica que, en última instancia, lo sagrado es condición de ser, condición posibilidad de la realidad profana. Las cosas (es decir, los entes), no pertenecen al orden de lo profano o de lo sagrado con exclusión. Pertenecerán a uno u otro ámbito según remitan, o no, a la trascendencia. 

No obstante ello, el pasaje de la realidad profana a la realidad sagrada no es algo que suceda automática, y naturalmente; ya que supondrá, afirma Eliade, una “ruptura de nivel”.

Lo Sagrado es el Ámbito por excelencia del hecho religioso. Y como tal, tiene sus características.

  • Lo sagrado es original y totalizador: esto significa que se presenta al hombre como razón de ser, y origen de lo profano. Todas las cosas profanas son, en su más íntima esencia, sagradas, al estar invadidas por la trascendencia.
  • Lo sagrado es previo y anterior: el hombre no lo percibe como proyección de su subjetividad, sino como algo que engloba previamente tanto a los aspectos subjetivos de su experiencia (actitudes, intenciones, reacciones anímicas, etc) como a los aspectos objetivos de esta. Lo percibe, además, como algo previo, anterior a cualquier confesión religiosa concreta.
  • Lo sagrado no altera la entidad física de los seres: tanto las cosas y los hombres que están inmersos en lo sagrado no presentan alteraciones en su naturaleza, en sus propiedades, ni en su apariencia externa. 
  • Lo sagrado produce un quiebre en el nivel de consciencia: es como una “voz” que apela a lo más hondo del ser (el “Yo ontológico”, diría Ismael Quiles), remitiéndolo a lo Primero, a lo Absoluto, a lo Fundante.

Ahora bien, si decimos que lo sagrado es el Ámbito en el que el hecho religioso tiene lugar, su protagonista, por antonomasia, será el Misterio. Este es el término con el que muchos fenomenólogos de la religión se refieren a la Divinidad, cualquiera sea la forma en que esta se concretice. Misterio, el cual, y dada su jerarquía, resulta imposible de describir por contemplación directa o inmediata, dado que en tal caso dejaría de ser Absoluto.

No obstante, podemos inferir algunas de sus cualidades, que se desprenden de las características con las cuales las distintas religiones y creencias identifican a sus entidades divinas.

Las principales son:

  • El Misterio es Real: no es una invención, está ahí, y se impone con el peso de su existencia
  • es Trascendente: carece en nuestro mundo de un punto de comparación para explicar su ser
  • es Activo: su presencia no es pasiva, sino que se le presenta a la consciencia religiosa dotada de un poder dinámico y de una fuerza eficaz que da razón del ser y del obrar de todos los demás seres
  • es Valioso: es una realidad que vale por sí misma y confiere valor a todo lo que existe
  • es Inmanente: ya que sin perder su trascendencia, se hace presente en el fondo subjetivo del ser humano
  • es Gratuito: vale por lo que es; no es manipulable por el hombre para despejar sus incógnitas ni para satisfacer sus deseos
  • es Tremendo: se presenta con majestad soberana y con poder y actuación eficaz sobre el hombre
  • es Fascinante: posee un atractivo irresistible por su inmaculada belleza, por su santidad y por su bondad suprema

Observemos como estos dos aspectos fundamentales del hecho religioso se cristalizan en un caso concreto. Nos remitiremos, para ello, a un testimonio recopilado por William James en su obra, y el cual narra un caso de experiencia mística espontánea:

“Recuerdo la noche y casi el lugar preciso, en la cima de la montaña, donde mi alma se expandía, por decirlo de alguna manera, hacia el Infinito. Se produjo una unión impetuosa de los dos mundos, el exterior y el interior; se trataba de lo profundo llamando a lo profundo, lo profundo que mi propia lucha había abierto dentro de mi ser, contestado por lo profundo impenetrable del exterior, que llegaba más allá de las estrellas. Estaba solo con Aquel que me había creado, a mí y a toda la belleza del mundo, el sufrimiento e, incluso, la tentación. Yo no lo buscaba, pero sentía la unión perfecta de mi espíritu con el suyo. El sentido normal de las cosas a mi alrededor había cambiado y, de momento, tan sólo sentía una alegría y una exultación inefables. Era como el efecto de una gran orquesta cuando todas las notas dispersas se han fundido en una armonía distendida que deja al oyente consciente únicamente de que su alma flota, casi rota de emoción. La perfecta quietud de la noche se estremecía tan sólo por un silencio aún más solemne, y la oscuridad era todavía más patente afuera de invisible. No podía dudar que Él estaba allí lo mismo que yo; de hecho, sentía, si es posible, que yo era el menos real”

Esta cita, bellamente poética, es sumamente valiosa por su carácter evocativo de las características mencionadas en torno a lo Sagrado y al Misterio. 

“(…) mi alma se expandía hacia el infinito”; lo que nos habla del carácter trascendente que supone la dimensión sagrada, así como de la fascinación que provoca, impulsándonos hacia ella.

“(…) se trataba de lo profundo llamando a lo profundo dentro de mi ser”; es decir, el Misterio hecho presente en el raíz última de la propia subjetividad, y por ende, inmanente.

Estaba solo con aquel que me había creado a mí y a toda la belleza del mundo”; ya que lo Sagrado antecede a cualquier otra manifestación de la Vida, es anterior a los entes, goza de la plena supremacía óntica.

“(…) sentía una alegría y una exultación inefables”; y es que el Misterio es percibido como Valioso por sí mismo, dado gratuitamente a las creaturas.

la perfecta quietud de la noche se estremecía tan solo por un silencio aún más solemne, y la oscuridad era todavía más patente afuera de invisible”; el Misterio, a la vez que Fascinante, es Tremendo, se presenta dotado de pleno poder y perfección, ante las cuales el hombre finalmente asume su condición limitada y finita. 

Ahora bien, frente a la realidad de lo Sagrado y a la presencia omniabarcante del Misterio, el hombre, en tanto sujeto de conocimiento de estas dimensiones, necesita contar por su condición limitada, de cierta ayuda auxiliar, aquella que le permita el acceso a estas realidades. 

Allí es donde intervienen las Hierofanías como mediadoras.

Se denomina Hierofanía (hieros: sagrado, faneia: manifestación) a aquel conjunto de realidades de todo orden, presentes en el amplio abanico de las religiones, y que presencializan en el orden mundano “Esa” realidad perteneciente a un orden diferente del Ser. Es decir, que son una serie de realidades mundanas que sin dejar de ser lo que son, nos remiten al Misterio con singular fuerza y evocación. 

Toda hierofanía nos habla de lo Sagrado.

Toda la historia religiosa se nos revela como un proceso de permanente sacralización de realidades antes tenidas por profanas y, al mismo tiempo, de secularización de realidades otrora  consideradas sagradas. 

Las hierofanías no se nos presentan como entidades aisladas, sino como constelaciones o conjuntos de realidades mutuamente relacionadas entre sí. Al mismo tiempo, muestran correspondencia con el ser cultural y social del hombre y del pueblo en el que este vive.

Ilustremos esto con un ejemplo clásico del universo hierofánico, el correspondiente al Mundo Natural. Todo en la Naturaleza puede, y de hecho ha sido, concebido como hierofanía en distintas épocas y culturas. 

Sirvan como ejemplo…

La piedra, símbolo de lo eterno, de la permanencia de la materia y su solidez.

El agua, matriz de la existencia, fuente y origen de todo lo creado.

El árbol, protector y nutriente, que arraigado a la tierra, extrae el agua del suelo y alcanza el cielo y la eternidad, actuando como axis mundi (eje del mundo). y

la flor, que con su brote nos revela la nueva vida en potencia y que al mismo tiempo acompaña el proceso cíclico vital que culmina en la muerte.  

Existe una diferencia entre las hierofanías como las que aquí mencionamos, y las teofanías. En el discurso religioso, estas últimas implican la manifestación directa, presencial, de la Divinidad (del Misterio), a diferencia de las primeras, que como establecimos, revelan lo Sagrado pero de manera simbólica. Teofanía es, por ejemplo, el encuentro entre Moisés y YHWY en el monte Sinaí, o la revelación angélica experimentada por el profeta Mahoma en el monte Hira, precedida por el dictado del Sagrado Corán. La hierofanía supone una intermediación, la cual hay que saber interpretar. La teofanía es revelación cara a cara. Tiene lugar, predominantemente, en lo alto (ya sea en los montes, montañas o nubes), ya que pretenden transmitir la idea de que lo Divino está presente y oculto al mismo tiempo.

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