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Temas de Psicología de la Religión | Psicología de una práctica religiosa: el rito
Por: Juan Manuel Otero Barrigón

Temas de Psicología de la Religión - Psicología de una práctica religiosa: el rito

Desde el mismo comienzo de la humanidad, el hombre expresó corporalmente sus sentimientos y emociones. Estas representaciones, hechas comunes y sometidas a una estilización en formas convencionales, son los ritos. Si bien el rito y la oración son dos actividades religiosas íntimamente relacionadas, generalmente el sentido de lo numinoso es más obvio en el rito que en la oración. En el rito, la adoración sustituye a la intercesión, a la oración, y a la petición. No obstante, debe aclararse que los ritos no son algo exclusivo del ámbito religioso, si bien es en aquel impulso del espíritu que trasciende lo meramente material y se proyecta a lo simbólico donde encuentran su fuerza y su poder replicatorio. El saludo, la jura de la bandera o el brindis, son ejemplos de ritos laicizados, inherentes a la naturaleza comunitaria del hombre, cuyos orígenes se remontan a la vida del primitivo, la cual estaba tan compenetrada con la del grupo, que la psique colectiva dominaba sus actividades conscientes. 

La experiencia religiosa se representa en la totalidad del ser del hombre. Es por ello que la presencia del Misterio es celebrada con signos sensibles.

Los ritos, en tanto actos cúlticos, son la expresión espontánea o formal de lo que el hombre siente y hace en presencia de lo Sagrado.

Podemos decir que básicamente, los ritos religiosos cumplen importantes tres funciones:

  1. Celebran la intervención del Misterio en la esfera humana: ello da al rito esa tónica de alegría, de juego, de gozo expansivo, de ánimo alegre y también reverente.

  2. Recuerdan y actualizan las historias fundantes: los ritos representan aquellos acontecimientos que dieron origen al credo, invitando a la comunidad a participar de la presencia del Misterio, ya que al recordar los acontecimientos ocurridos in illo tempore (Mircea Eliade), los actualizan y los recrean, haciéndolos presentes nuevamente a través de los actos cúlticos.

  3. Hacen actuante la relación del hombre con el Misterio: lo que se patentiza especialmente por medio de los ritos de tránsito o ritos de paso, mediante los cuales se intenta garantizar el éxito y otorgar la bendición divina en los momentos claves de la vida (nacimiento, pubertad, matrimonio, enfermedad, muerte), preparando psicoespiritualmente al sujeto para afrontar nuevas experiencias. 

Autores como James Pratt distinguieron entre formas objetivas o subjetivas del rito. Rito objetivo sería aquel que busca producir algún efecto en la deidad adorada, mientras que el rito subjetivo buscaría provocar alguna modificación interior en el adorador. No obstante, aún cuando la intención del adorador sea concentrarse en aquel Otro al cual dirige su adoración, todo acto ritual tiene siempre su efecto subjetivo sobre quien lo realiza. A pesar de todo, y siguiendo esta clasificación, se ha dicho por ejemplo, que el culto hindú es objetivo, dado que sus templos y servicios están destinados a la adoración y tributo de los dioses, mientras que a los ritos del jainismo (cuyos dioses duermen un sueño eterno) o los del budismo se los considera subjetivos. Podemos ver, sin embargo, que a pesar de su actitud no teísta original, el budismo incorporó con el paso del tiempo muchas de las prácticas objetivas del culto hindú, de modo que la relación entre los aspectos objetivos y subjetivos es estrecha en el acto ritual. Más que diferenciar dos modalidades rituales divergentes, las nociones de objetividad y subjetividad ayudan a comprender los diversos matices que posee toda experiencia ritual unificada. 

Uno de los rituales que fue objeto de sumo interés por parte de la psicología de la religión, y muy especialmente por la psicología analítica de C.GJung fue el de la Misa católica. En su simbolismo, el psiquiatra suizo vió una dramatización del proceso de individuación (salvación, en términos religiosos), a partir de la imagen del Sí Mismo total (Cristo, la imagen de Dios). En la Misa católica, el corazón de la celebración reside en la comunión eucarística, en la cual, y mediante la conversión por parte del sacerdote del pan y el vino en cuerpo y sangre de Cristo (transubstaciación), el fiel católico incorpora al Salvador, en un acto de profunda significancia religiosa que vitaliza la existencia y fortífica el espíritu del creyente, en orientación a las cosas sagradas. Jung advertirá que mucho tiempo antes del cristianismo ya hubo rituales en los que a un dios se lo transformaba en alimento y se lo comía. Por ejemplo, en el rito azteca en el cual se hace una pasta con el “chicalote” (una variedad de la amapola) y se modela con ella la figura del dios Huitzilopochtli. La figura de este dios era desmembrada y distribuida entre los fieles para que la comieran. La ingestión del “cuerpo y sangre” de Cristo en la misa no sólo conmemora los episodios de su pasión, sacrificio y muerte, sino que simboliza su resurrección y transmutación en el cuerpo inmortal de la Iglesia. Según Jung, el desmembramiento sacrificial, la muerte y la resurrección son las etapas rituales de un proceso de transmutación que también realizaban otras culturas, como algunos grupos de chamanes tribales de Asia. Allí, el espíritu del chamán “abandona” su cuerpo y comienza una peregrinación visionaria, durante la cual experimenta los avatares de la enfermedad, la tortura, la muerte y el renacimiento. La experiencia del chamán será, así, similar a la experiencia crística, siendo semejante también al viaje del alma despúes de la muerte hacia su renacimiento, tal y como narran cosmovisiones como la del budismo tibetano (Bardo Thodol), la religión egipcia y también otras.  En síntesis, observará Jung, todas estas experiencias espirituales de muerte y renacimiento, ilustran el proceso de alcanzar la integridad a través del sacrificio, logrando así el enaltecimiento del Sí Mismo. 

Una lectura más alejada de lo simbólico y centrada en la función heurística de los actos rituales considera que el objetivo fundamental de estos (en un nivel inconsciente) sería el de hacernos sentir más tranquilos y confiados al incrementar la percepción de control sobre nuestro entorno. En este sentido, se reparó en la utilidad que los ritos tienen inclusive entre personas no creyentes, al punto de fundarse, en distintas partes del mundo, “iglesias ateas” como la de Sanderson Jones, que desprovistas de toda referencia final hacia lo Divino, incorporan el espíritu de comunidad, la actitud festiva y la ejecución de rituales laicizados como bailes y cantos, que sin pretensiones de numinosidad, nos hablan del poder simbólico y psicológico de los ritos.   

Años atrás, investigadores de la Harvard Business School llevaron a cabo un experimento para el cual reclutaron a 247 personas con una edad media de 33 años pidiéndoles que escribieran sobre una pérdida que hubieran sufrido en el pasado o sobre la ruptura de una relación. A la mitad de los participantes se les pidió además que escribiesen sobre un ritual que les hubiese ayudado a hacer más llevaderos aquellos momentos. Los resultados fueron contundentes: quienes habían recordado los rituales se sintieron menos afectados por la pérdida. Es decir, experimentaron un dolor menos intenso.

Los mismos investigadores idearon otro experimento para profundizar el sentido de sus hallazgos. En otra oportunidad reclutaron a 109 estudiantes a los cuales se les dijo que uno de ellos podía ganar un premio de doscientos dólares y, con el objetivo de resaltar aún más el valor del premio, se les pidió que escribiesen brevemente qué significaría para ellos ser el vencedor y en qué utilizarían el dinero. Luego se eligió a un ganador y este abandonó la sala. A la mitad de los participantes se les pidió que realizaran un ritual compuesto de 4 fases: primero debían esbozar sus sentimientos sobre la pérdida en un papel, después debían espolvorear sal sobre este, romperlo y contar hasta diez. A los otros participantes no se les dio ninguna orientación ya que actuaron como grupo de control. Lo que los investigadores pudieron determinar es que los estudiantes a los cuales se les había pedido que desarrollasen este pequeño ritual reportaron sentirse menos enojados y menos tristes que el resto.

La conclusión de estos estudios es que seguir ciertos procedimientos estructurados promueve la sensación de control, una necesidad profunda que tenemos los seres humanos, sobre todo cuando nos enfrentamos a situaciones desfavorables de incertidumbre existencial. Así, sin importar el origen o el contenido doctrinal del ritual que se lleve a cabo, podemos encontrar sosiego y aliviar la pena simplemente porque estos actos aumentan nuestra sensación de control sobre el entorno, lo que nos vuelve más confiados respecto a nuestras potencialidades y más optimistas de cara al futuro.

Podemos decir, sin temor a equivocarnos, que todo ritual, sea este del tipo que sea (cultural, laico, religioso) actúa, según propone Pedro Gómez García, como un paralenguaje actuado.  Y es que aunque no podamos afirmar con seguridad si los hombres de hace cien mil años hablaban como nosotros, sí podemos aventurar que realizaban ritos en momentos importantes de su vida, como al iniciar una expedición de caza o al dar sepultura a un miembro de su grupo. En ese sentido, concluimos que el ser humano es un animal ritual. Sin importar el carácter sacro o profano que el rito tenga, todos son, en última instancia, religiosos, en tanto sacralizan y dotan de significado a la acción humana. Su carácter religioso trasciende la mera orientación a la dimensión mistérica de la vida. En tanto y en cuanto congrega, asocia y une, es re-ligioso en el sentido más original y funcional de la palabra. Reencontrando al ser humano con su medio, con el otro semejante, y con su propia interioridad. Umwelt, Mitwelt, Innenwelt.

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