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Temas de Psicología de la Religión | Sobre la psicopatología de la vida religiosa
Por: Juan Manuel Otero Barrigón

Temas de Psicología de la Religión - Sobre la psicopatología de la vida religiosa

Toda experiencia religiosa está vehiculizada por la psicología íntima y singular de la persona humana. Por ende, frente al padecimiento de una patología psíquica, la experiencia religiosa se manifestará sesgada por dicha condición sufriente, afectando la vivencia y el comportamiento del hombre en relación a lo Sagrado.

La vivencia religiosa y los trastornos psíquicos son, a priori, fenómenos diferenciados, dado que ocurren en áreas de la realidad y de la experiencia distintas. Sin embargo, en ocasiones pueden confundirse, sobre todo cuando la psicopatología se estructura a partir de un argumento religioso o expresa contenidos de este tipo.  

Ya desde su cuarta edición (1952), el “Manual estadístico y diagnóstico de los trastornos mentales” (DSM), publicado en Estados Unidos como medio de consulta sobre las enfermedades mentales, viene destacando la importancia que la religión y la espiritualidad tienen en el marco de la salud mental, y sus derivados psicopatológicos. Allí se encuentra un apéndice dedicado a problemas que pueden requerir atención médica, entre los que figura la categoría denominada "Problema religioso o espiritual". Se incluyen el malestar relacionado con el cuestionamiento de la fe, con la conversión a otra religión, con las dudas personales en cuestiones espirituales y con el fanatismo inherente a  grupos de tipo sectario. 

Así como en capítulos anteriores señaláramos la importancia que pueden cumplir la religión y las prácticas religiosas como fuente de salud, también es necesario indicar el papel negativo que esta puede tener cuando representa una huida de la realidad, exhibe expresiones fundamentalistas e integristas, o bien, asume una normatividad francamente castradora de la libertad personal.

Referirnos a la religiosidad y sus relaciones con la salud mental, supondrá atender a un gran repertorio de posibilidades, dependiendo de cómo se entienda y viva el hecho religioso, tanto por parte del individuo concreto como por su entorno familiar y comunitario. En ocasiones, la religión puede actuar como un elemento potenciador de la patología, del mismo modo que en otras puede cumplir un papel terapéutico. Entre ambos extremos, existe un enorme abanico de casuísticas posibles, por lo que siempre es sugerible atender a la singularidad de cada caso clínico. 

Así las cosas, distintas patologías pueden estructurarse en base a temas religiosos, o bien exhibir un contenido asociado a este ámbito de la experiencia. Entre ellas, y siendo las más graves, los trastornos disociativos, los trastornos de despersonalización, los cuadros delirantes y los cuadros alucinatorios.

Por ejemplo, los pacientes delirantes suelen exhibir grandes preocupaciones sobre el sentido de la vida y el significado del cosmos. Autores como Juan José López Ibor llegan a calificar a la esquizofrenia como una enfermedad esencialmente “religiosa”, debido a la tendencia de estos padecientes por crear mundos fantásticos, asumir roles salvíficos o proféticos, o incorporar intensas visiones apocalípticas a sus delirios. 

En los cuadros depresivos graves, en los que priman el sentido de la muerte, la pérdida,  la responsabilidad y la culpa, la experiencia suele ser la de un Dios sádico, castigador e hipervigilante, siempre dispuesto a sancionar al individuo por sus fallas y equivocaciones. También puede experimentarse  una vivencia de Dios como figura alejada y ausente, un vacío doloroso, un silencio oscuro, que deja al depresivo sumido en el desánimo y la desesperanza por el deseo de buscar a Dios y no poder encontrarlo. De acuerdo a la evidencia empírica, síntomas depresivos severos se asociarían con una actitud crítica y pérdida de confianza en Dios. Así y todo, resulta necesario distinguir de estos cuadros, los casos descriptos como depresiones saludables, que el psiquiatra español Jordi Font identifica con el sufrimiento inherente a la noche oscura del alma descripta por los místicos, y que se distingue de la depresión patológica en que aquellos casos el hombre nunca déjà de sentir la esperanza de la cercanía de lo divino, ni conducen a la muerte mental ni al suicidio. Allí, el desasosiego experimentado es la fase previa a la satisfacción plena del espíritu. 

Reflexionando sobre las relaciones entre los trastornos obsesivos compulsivos y la religión, exploración que ya viéramos iniciada por Freud a principios del siglo xx, el estudioso Simon Dein advirtió, no obstante, algunas diferencias que es necesario tener en cuenta y que distinguen ambas situaciones: 1) en el trastorno obsesivo compulsivo la conducta compulsiva trasciende la mera “letra de la ley”; 2) el obsesivo compulsivo, a diferencia del religioso, se centra sólo en rituales religiosos específicos, siendo indiferente al resto de la vida y la práctica religiosa; 3) los rituales obsesivos, a diferencia de los religiosos atienden, específicamente, temas inherentes a dicha patología, como ser la limpieza, los escrúpulos, y la persistente necesidad de comprobación.

Otros investigadores, como Christopher Lewis,  plantearon que la conducta religiosa podría estar asociada a rasgos obsesivos, algo quizás innegable en muchos casos, pero no necesariamente a neurosis obsesivas constituidas en cuadros nosográficos. 

Uno de los conceptos originales propuestos por la psicología de la religión es el de  orientación religiosa, la cuál, se convirtió en una de las variables más estudiadas por esta disciplina desde que fue propuesta por Gordon Allport y Michael Ross en 1967. Ellos postularon la existencia de dos orientaciones o dimensiones religiosas, una dimensión intrínseca, en referencia a una fe sincera que incluye un compromiso de vida y una relación personal con Dios y, en contraste, una orientación extrínseca que se caracterizaría por la manifestación pública de la propia fe, adhesión a los aspectos formales de la religión, y por el valor utilitario ofrecido por la religión en términos de seguridad personal, consuelo, autojustificación o estatus social y participación grupal. De esta manera, y de acuerdo a los resultados de distintos estudios, mientras que la orientación intrínseca de la religión se ve asociada a experiencias como la felicidad y la aceptación del exogrupo, la orientación extrínseca se relacionaría con aspectos negativos como la depresión, la ansiedad, la hostilidad, y el rechazo a las minorías. 

Las experiencias místicas a las que aludiéramos anteriormente, también fueron objeto de interpretación a la luz de la psicopatología. Comúnmente, la lectura de estos fenómenos varió de acuerdo al paradigma teórico en el que fueron valoradas. Desde la perspectiva psicodinámica clásica que las consideró una sublimación libidinal o una experiencia regresiva, hasta las aproximaciones neuropsquiátricas que destacaron su estrecha relación con los cuadros epilépticos, distintas fueron las hipótesis de estos estados transitorios de condición extática. Las interpretaciones más favorables las asimilaron a lo que el psicólogo humanista Abraham Maslow conceptualizó como peak experiences (experiencias cumbre), al hablar de “experiencias en la que el tiempo tiende a desvanecerse y el sentimiento que sobrecoge hace parecer que todas las necesidades se hallan colmadas”. Lo que como vimos, en términos religiosos, se aproxima a la experiencia del éxtasis. 

Concluyamos diciendo que, como señala Jordi Font, la praxis religiosa puede resultar  una instancia estructurante de la personalidad y, por lo tanto, factor digno de considerar en el tratamiento de las patologías psíquicas. Si en el horizonte ideal conviven la religión y la fe adultas, para ello será necesario purificarlas de sus formas primitivas e infantiles con las que con frecuencia se nos presentan, así como atender al sufrimiento de aquellos que padeciendo una enfermedad, ven cerradas ante sí las puertas que conducen a una vida más plena, más feliz y más dotada de sentido.

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