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Monografías / 10

El jefe de ceremonias (Un Caso de neurosis obsesiva y algo más)
Por: Dr. Jorge G. Garzarelli

Un paciente de treinta y cinco años, casado hace tres años, con un hijo nacido hace un año y medio, judio rumano,él, católica italiana, ella. Casamiento no aceptado por ninguna de las dos familias, y previamente saboteado, con amenaza de suicidio por parte de la madre de él y de grandes escándalos por parte del padre de ella, calabrés el señor.

Ambos han transgredido arraigadas tradiciones raciales y religiosas. A pesar del nacimiento de Pablo, el mismo nombre de mi paciente, los familiares no se han acercado al

Un paciente de treinta y cinco años, casado hace tres años, con un hijo nacido hace un año y medio; judio-rumano él, católico-italiana ella. Casamiento no aceptado por ninguna de las matrimonio para reconocer a aquél. Esto es motivo de incertidumbre e inseguridad en el vínculo. Ambos periódicamente discuten sobre el tema, sin arribar a ninguna conclusión, con lo que el problema permanece en suspenso.

Su nivel económico es bueno, debido a que Pablo –ingeniero civil- es sumamente meticuloso con el dinero; situación que conscientemente él la liga al pasado de penurias de su familia y a la inseguridad que el medio argentino le produce.

El dinero es un factor alrededor del cual Pablo y mujer también discuten. En general, no hay comunicación en el matrimonio, todo es susceptible de un análisis racional, parsimonioso y monótono por parte del él y de explosivas y descompensadas respuestas que llegan a los gritos rápidamente por parte de ella.

También sobran recriminaciones alrededor de su sexualidad, ya que hace aproximadamente catorce meses sus relaciones han disminuido hasta casi desaparecer. Cuando existen son acompanadas de extraños rituales solitarios. Estos son: esconder el pene entre sus piernas, mirarse en el espejo, dejarlo aparecer, y pegarle diciendo: “portate bien”.

Esta ceremonia la asocia con recriminaciones maternas frente al niño caprichoso que era y a lo dicho por la madre cuando decidió casarse. En ese entonces su madre le vaticinó el desenlace de su matrimonio, recordándole que él aún seguía siendo un inmaduro. Actuales asociaciones nos permitieron acceder a la temprana percepción de una prima desnuda a quién Pablo le aseguró que a ella algún día le iba a crecer eso.

Nosotros sabemos que, además de lo que Pablo asocia, la amenaza de castración juega un excelente papel.

Otra maniobra es quedarse sin respirar, mirándose en el espejo hasta que se pone colorado y se le inflaman venas y arterias del cuello. Obtiene gran alivio al poder inspirar nuevamente.

Esta acción la pudimos asociar con un castigo: morirse ahogado. (Pablo fue asmático entre los tres y once anos); haber vencido su asma y poderla controlar. En ese entonces le senalé que si bien la sintomatología asmática había desaparecido, no había ocurrido lo mismo con aquello que la había originado temiendo aún el retorno de la causa.

Causa que él la asoció con su madre y dos tías solteras que convivían con la familia y que lo sobreprotegían.

La mirada en el espejo fue interpretada, entonces, como su necesidad de no fragmentación, de completitud.

Otro rito en el baño como el de revisar tres veces si había alguien detrás de la cortina de la ducha;

fue ligado al temor infantil de ser descubierto en sus prácticas masturbatorias por un lado, y a su levantar las polleras de las mujeres para ver que tenían, por otro.

Otra ceremonia consistía en saludarse con las dos manos enfrentándose al espejo y contando dos veces hasta cinco y pensando: “todo va a salir bien”.

Pablo lo asoció con el número siete, numero de Yahvé y la Menorah. Con sus dos manos de cinco dedos cada una; y las repeticiones le fueron interpretadas como el temor a perder sus manos y tener otras de repuesto.

Nueva referencia a la castración.

Estas ceremonias eran repetidas sistemáticamente.

Todo parecería indicar que sus rituales conductas hubiesen tenido que ver con una regresión desde lo fálico a lo anal, donde nada tendría que perder, excepto la caca. Pero también cada defecación era sujeta a controles fantásticos tales como:

Cantidad de veces por día / cantidad y forma del material / color de la defecación, vinculada a diferentes ingestas de alimentos de diversos colores / vinculación de los olores con flores y números: jazmín=10, la rosa=4, la cala=0, la violeta=7. (Cabe recordar que su madre se llama Violeta).

Los ritos de Pablo se me aparecen como la liturgia de una religión pagana por la diversidad de dioses a los que hay que rendir culto.

Cuando Pablo comenta sus rituales me sorprende una y otra vez la contínua producción de los mismos. Por mi sorpresa se originó el título de este trabajo.

También en la calle lo asaltaban temores que aparecen ligados a que se cumplan o no ciertas necesidades. Estos de data anterior al nacimiento del hijo consisten en:

Cruzar una vereda dando diez pasos entonces lo que vaya a hacer saldrá bien;

sumar patentes de coches y luego buscar el número resultante en una letra; pensar en un nombre y ligarlo a una persona conocida. Si ésta no lo es, fantasea respecto de la misma, a veces durante todo el día o varios días hasta que desaparece la representación y el diálogo que con ella sostiene. Generalmente son mujeres, por lo que hasta ahora ha sido asociado con su madre; algo similar sucede con los números de las casas.

Hay más, pero en todas estas ceremonias el lugar es el pensamiento y el número el soporte. Hasta ahora Pablo prefiere los números pares, los que señala: “Me dan mucha más seguridad”.

También respecto de las ventanas, puertas y toda clase de agujeros simétricos (cuadros, sobre todo); Pablo ha inventado un sistema de control numérico que se repite mientras está presente en el lugar. La cuestión dice: “Es atrapar lo que está adentro”.

Son tantos sus ritos y de tan variada y diferente estructura, los que ocupan la mayor parte del día de Pablo que los mismos nos permitirán acercarnos a la sospecha de una estructura delirante.

Si todas estas ceremonias no son cumplidas rigurosamente, Pablo siente una intolerable angustia y sin saber por qué, sabe que algo terrible le ocurrirá a su Yo, asiento y sede de la angustia. Esta aparece entonces como señal ante un peligro inminente, como un estado de incertidumbre y a veces ligada a objetos exteriores (como en el caso de las fobias).

Recuerdo aquí que Freud en 1933, en Angustia y vida instintiva, nos dice que “el suceso que habría dejado una huella afectiva tal como la angustia sería el trauma de nacimiento” (1). Ante éste, el principio del placer habría resultado insuficiente.

Cabe aquí recordar que el acontecimiento que hizo resaltar toda la estructura obsesiva de Pablo fue el nacimiento de su hijo, a quien cada vez que llama por su nombre se siente duplicado y agresivo.

En el artículo anteriormente citado, Freud señala que: “El impulso instintivo reprimido, conservará su carga bajo la presión yoica, en otras habría un completo aniquilamiento y la líbido seguirá sus rumbos. Pero la clínica muestra que, a veces, hay un reflujo libidinal y una regresión a algún estadío anterior, lo que sucede sólo en el Ello. El ejemplo más notorio es la neurosis obsesiva en la que actúan simultáneamente la represión de la líbido y la agresión” (2).

Todas las libres asociaciones (las que han comenzado a surgir desde hace siete meses aproximadamente, en que nuestro vínculo comenzó a aparecer para Pablo como menos peligroso), lo llevan al nacimiento de su hijo. Ahí se detiene. Este es el punto traumático que desencadena sus defensas obsesivas frente a la angustia, pero en nuestro vínculo es ésta también su resistencia, ya que no parece poder ir más allá del mismo. Es tan fuerte el paredón donde Pablo por su culpa-gran-culpa merecería ser fusilado. Paredón detrás del cual está inscripto su deseo: el de que su hijo se muera. Pero Pablo aún parece no saberlo.

Como nosotros sabemos, la angustia es el manto que encubre el verdadero motivo de su instrumentación obsesiva, la que aparecida nuevamente como consecuencia de un trauma (el nacimiento de Pablo), fue últimamente ligado al nacimiento de un hermanito del paciente y su temprana y deseada muerte. Pablo tenía tres anos y medio. Ahora tiene miedo a que su hijo se muera y reza oraciones en jiddish y algunas que recolectó del catolicismo. Las mismas son rezadas a los pies de la cama del hijo, sin que su esposa lo sepa. Cuando no lo puede hacer de noche lo hace por la manana temprano. Pablo asegura no haber sido visto ni escuchado ni en éste ni en ninguno de sus otros rituales.

Todos éstos son regulares, constantes, solitarios, incomunicables: todos formando parte de una liturgia secreta y desarrollados al pie de la letra, como si Pablo tuviese una específica prohibición de modificar sus estructuras. En esto es profundamente religioso, con esa religiosidad particular con que Freud designa a los ritos del obsesivo.

Interpretar todos sus rituales haría aparecer al analista como un descifrador de códigos secretos, de jeroglíficos, al estilo de los antiguos oráculos, tentación que hasta ahora me ha sido posible resistir.

De cualquier modo, el portador y sostenedor de este mito de muerte (en el cual no hay ley escrita aunque La Ley esté siempre presente, sacralizando el acto obsesivo), no se ve afectado en el resto de sus actividades, las que son desarrolladas coherentemente para con el medio.

Freud nos acompaña paralelamente, cuando decimos que, el sujeto obsesivo se conduce con una gran carga de culpabilidad inconsciente ligada a la percepción interna de una tentación instintual resistida.

Se hacen necesarios todos los actos ritualísticos porque la represión siendo un proceso imperfecto, el instinto amenaza con su retorno desde el porvenir. Sabemos también que cuando los actos obsesivos son ineficaces aparece la expresa prohibición de realizar tal o cual cosa. No han habido hasta el momento prohibiciones tales, por lo que seguiré escuchando a quien quizás sea un Jefe de Ceremonias.

Entre las interpretaciones a determinados rituales, anteriormente he hecho referencia a la amenaza de castración vivida por Pablo como real  desde su más tierna infancia. Basta solo recordar su circuncisión por ser judío.

Añadimos que cuando Lucía estaba embarazada, Pablo tuvo temor y simultáneamente deseos de separarse de ella, ambivalencia que mucho le recordó al sentimiento que devenía en él cuando su padre besaba o bailaba con su madre.

En ese entonces, Pablo realizaba pequeños tanteos en aceptar a Lucía con un hijo en su seno, y compraba juguetes para su futuro y peligroso competidor. Con éstos jugaba ritualmente y periódicamente mantenía secretas conversaciones.

Tal era el manejo relativamente eficaz de su agresión, totalmente vinculada a una relación imaginaria.

Nuestro paciente puede soltar amarras de algunas palabras que como un barco con equipaje intelectual y un pequeño baúl de afectos, recorre el mar pleno de dudas e inseguridades que conforman nuestro vínculo. Pero este es un barco que necesita para su movilidad de una impresionante cantidad de remolcadores; en este caso de muletillas que sirven de eso, sostén de un discurso monótono que parecieran defenderlo cual prodigiosa armadura contra las causas de su angustia.

Era tan fácil de ver al estilo de un oleaje, el ir y venir de su líbido, tan pero tan fácil, que hube de admitir que: “Cuando la limosna es grande hasta el santo desconfía”, que comencé a trabajar sobre la hipótesis de que esto era parte de su resistencia y de que algo había comenzado a moverse.

Recuerdo que Balint (3) dice que todo progreso en el análisis debe vincularse a una tendencia del analizando a reencontrarse con su primer amor. En este análisis parecería que nuestro paciente evitase encontrarse con un odio primordial.

En el Núcleo de la Represión, Lacan nos dice:  que el deseo emerge en una confrontación con la imagen y que cuando esta imagen previamente descompletada; se completa, cuando surge la faceta imaginaria que no estaba integrada, que estaba suprimida, reprimida, es ahí donde aparece la angustia.(4)

Posiblemente estemos aquí con Pablo tratando de llegar a hablar a esa “Prägung” (acunación) que no había sido integrada a su discurso y que ajustada al dominio de lo imaginario iría surgiendo en su mundo simbólico.

El trauma de su hermanito (que confirmaría su omnipotencia infantil) a quien le deseó la muerte apenas nacido, nunca fue hablado habiendo sido desplazado sobre su hijo. No pudiendo Pablo integrarlo, éste comenzó a girar como una bola en el vacío sujeto a continuos golpes y dolor. La represión habría aparecido después, generando este mundo incierto y mítico que roza al delirio y a toda su ficción.

Como al sujeto que habla, es preciso admitirlo como un posible mentiroso, la duda aquí sería una co-terapeuta para descubrir si lo que dice es igual a lo que quiere decir. Del mismo modo se trataría de descubrir el doble juego del Superyó que corta el mundo simbólico del sujeto en una parte conocida y una prohibida.

A ese lugar prohibido sería posible acceder por sus habituales muletillas (este, por ejemplo, ejem…, um…. Así, o, blanco-negro, entendió?, y el más usado: pero), ya que son palabras suficientes para hacer surgir alguna cosa aunque no la cosa misma, sino su concepto que, al decir de Hegel, será el tiempo de la cosa.

Al tiempo del análisis, al tiempo propio del inconsciente que esconde ese algo que antes referí, a ese tiempo ahora me refiero. Tiempo de mi sospecha. (Aber etwas so, als ob sie nicht): Algo hay ahí, pero como si no estuviese. Ese algo que sospecho sería delirado dentro del perfecto y pulido espejo de su monocórdica aunque colorida letanía obsesiva.

Es aquí que hay algo más que una neurosis obsesiva, ya que ésta parece auto-reproducirse “ad infinitum” como una defensa mayor ante el temor al aniquilamiento. Un Superyo extremadamente punitivo y la exaltación de su instinto de muerte y por ende de su sadismo, contribuirían a tal sensación psicótica.

Freud nos reitera que la inseguridad es uno de los métodos que la neurosis emplea para extraer al enfermo de la realidad y aislarlo del mundo. Partiendo de estos conceptos, el análisis progresivo de Pablo posiblemente permita descubrir bajo el bordado manto obsesivo, una estructura delirante a la que habría que acceder con profunda y cautelosa minuciosidad, al estilo de un acto obsesivamente terapéutico.

Quizás debiéramos agradecer al Obsesivo por ese más allá, bifurcado, indiscutido, contrariado, utilitario, lastimoso, solitario, umbrío y tramposo. Discurso que nos permite escuchar un Mito:

Ausente de silencio, gozante entre contrarios y cercanos límites, sujetado por ritos imposibles cada vez, con incalculables cierres para incalculables aperturas, el que no se sabe encerrado en una holística holocáustica donde el Condenado siempre es el Instinto, sacrificio de Isaac no consumado, por eso sacrificio, cuyo hechicero encerrado en un solo mandamiento, sólo dice: “No sentiras”.

Mito de Condena a ser la Palabra sin Marca, evadiendo el vestigio, borrando las huellas.

Quizás por esto, debiéramos apuntar que también El es una vedette que podría competir con la fuerte y encantadora histeria que parece querer siempre estar en la escena predilecta de lo analítico.

Parece que a veces nos olvidamos de El.

Recuerdo que Mannoni en Más allá de la Psicología. El Núcleo de la Represión (5), pregunta:

  • Un olvido, entonces, sin retorno de lo reprimido?

Ahora recuerdo también a las muletillas que antes señalé, las que serían entonces una muralla para que él olvide el contenido de las otras palabras, algo así como si fuesen borradores actuando sobre el negro pizarrón de su inconsciente.

Y Lacan responde a Mannoni: “Toda entrada del ser en su morada de palabras, supone un margen de olvido.” Una léthe complementaria de toda aletheia. (Que a esta altura del trabajo ya me olvidé que quiere decir).

NOTAS BIBLIOGRAFICAS

  1. Sigmun Freud, Obras Completas, Madrid, Biblioteca Nueva, 1948, T. II, pág. 830.
  2. Idem, pág. 829.
  3. Jacques Lacan, Seminario Nro. 1, Barcelona-Buenos Aires, Paidós, 1984, pág. 270.
  4. Idem, pág. 278.
  5. Ibid. , pág. 284.
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