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Psicología de la Personalidad y Diferencial: Estudio sociocognitivo de la Personalidad y la conducta

CONCEPTUALIZACIÓN DE LA PERSONALIDAD

El carácter activo del ser humano significa que no es un receptor pasivo de la estimulación externa, sino que elige y, en gran medida, genera el escenario en que se va a desarrollar su conducta. En ese sentido, las personas difieren en la manera en que categorizar las situaciones en que se encuentran, interpretando y dando significado a los distintos indicios presentes en las mismas.

Elementos y unidades básicas integrantes de la personalidad:

Las variables que definen el conjunto de recursos personales, desde los que la persona se enfrenta a la situación y pone en macha el proceso dinámico de cualquier comportamiento, son los siguientes: Capacidad de simbolización: En el curso del desarrollo cognitivo y mediante las diversas experiencias de aprendizaje, el individuo va adquiriendo información sobre sí mismo, su conducta, el mundo que le rodea y las relaciones existentes entre estos factores. Así adquiere la capacidad para generar estrategias cognitivas y conductuales, acordes con las nuevas situaciones en que en cada momento se encuentre.

Las personas, entonces, difieren, no sólo en la competencia que poseen sobre habilidades y conocimientos adquiridos para generar estrategias cognitivas y conducta manifiesta, sino también en las estrategias concretas que ponen en juego para enfrentarse a las distintas situaciones con los recursos que poseen (lo que interesa es saber "qué puede hacer con los recursos que posee", más que "qué características le definen").

Las personas pueden diferir en las transformaciones cognitivas que introducen en la estimulación, cuyo impacto sobre el individuo queda de esta manera modulado por tales estrategias cognitivas. En definitiva, los constructos personales son marcos de referencia significativos, en función de los cuales el individuo categoriza los distintos fenómenos y acontecimientos a los que se enfrenta, incluido él mismo y su conducta. Estos filtros se estabilizan en el repertorio cognitivo del individuo en la medida en que son adaptativos, ya que, mediante ellos, el individuo puede predecir el comportamiento de los demás y anticipar las consecuencias del propio comportamiento.

El manejo de símbolos concede una gran libertad ante las demandas objetivas de la situación. Mediante ellos, el individuo puede ensayar posibles estrategias, tomar en consideración conductas alternativas, recorrer toda la secuencia de contingencias necesarias para el logro de los planes, etc.

Esta capacidad de simbolización es la que dirige en gran medida nuestra conducta, y explicaría que podamos enfrentarnos de manera adaptativa a situaciones con las que no hemos entrado en contacto previamente, o que podamos aprender sin necesidad de experiencia directa. Nos formamos una representación mental de esquemas relacionales conducta-consecuencias. El valor adaptativo de los procesos de construcción y categorización de la realidad explicaría el carácter relativamente estable y generalizado de los mismos.

Capacidad de anticipación: Las personas hacen una categorización de las situaciones en que se encuentran y de las posibilidades de respuesta que posee. Además tienen expectativas (acerca de las consecuencias previsibles asociadas a las distintas alternativas de respuesta) que van a guiar la elección definitiva de la conducta a desarrollar, en la medida en que posibilitan al individuo anticipar contingencias futuras.

Esta variable nos permite explicar las diferencias individuales ante una misma situación objetiva, y el comportamiento que a veces puede presentar una persona, cuando las contingencias objetivas de la situación podrían predecir comportamientos claramente discordantes con el presentado. La conducta de cada persona vendrá condicionada por el modo peculiar como interpreta las características y requerimientos de la situación, así como el tipo de consecuencias que espera obtener o evitar.

Se pueden distinguir básicamente dos tipos de expectativas:

A) Las vinculadas a los resultados previsibles de la conducta: cuando el individuo afronta una situación lo hace, habitualmente, desde las expectativas generalizadas a partir de las consecuencias de su conducta en situaciones anteriores, que guardan similaridad con la situación actual. Lo más frecuente es que tales expectativas generalizadas sean el principal determinante de la conducta, aunque, en cada caso, resulten moduladas por la información adicional que proporciona la situación concreta. Cuando la situación es altamente específica, la conducta vendrá determinada en mayor medida por las expectativas específicas estrechamente vinculadas a la situación.

B) Las relacionadas con las consecuencias asociadas a determinados estímulos presentes en la situación: el individuo aprende que ciertos estímulos predicen ciertos acontecimientos, estando su conducta determinada por la anticipación de los acontecimientos que señalan tales estímulos, cuyo valor predictivo depende, básicamente, de la particular historia de aprendizaje del individuo y del significado que éste le otorga.

Valores, intereses, metas y proyectos vitales (aspectos motivacionales): Otro determinante importante de la conducta concreta que el individuo desarrolla en cada caso es el valor que uno concede a las consecuencias de su conducta, y a los acontecimientos a los que se enfrenta. El carácter positivo o negativo que las personas asignan en uno y otro caso se establece por la capacidad que tales acontecimientos han adquirido para inducir estados emocionales positivos o negativos (es decir, el valor funcional como refuerzo que poseen para cada persona).

De igual manera, es preciso tomar en consideración cuáles son los intereses y preferencias, los objetivos, metas y proyectos que pretendemos lograr y satisfacer con la forma de conducta elegida. Las personas se esforzarán por llevar a cabo una determinada conducta en la medida en que les resulte atractiva.

Sentimientos, emociones y estados afectivos: El estado emocional actúa como un filtro de la información que se procesa sobre el entorno y sobre sí mismo.

Mecanismos y procesos autorreguladores: En los seres humanos, la conducta está guiada en mayor medida por mecanismos de autorregulación que por los estímulos exteriores, salvo en aquellas ocasiones en que la fuerza de los factores externos alcanza gran intensidad. Estos procesos consisten en la elaboración, por parte del individuo, de un conjunto de reglas de contingencia que dirigen su conducta en ausencia de, y a veces pese a, presiones situacionales externas inmediatas. Tales reglas especifican qué tipo de conducta resulta más apropiado en función de las demandas de la situación concreta, los niveles de ejecución que se debe lograr, y las consecuencias del logro o fracaso.

Unidades globales vs. Contextuales.

El empleo de categoría globales, como los rasgos, nos puede orientar para conocer la posición relativa de un individuo con relación a su grupo normativo, pero nos dice muy poco acerca de cómo se comporta ese individuo, con esa característica, ante situaciones concretas.

La posibilidad explicativa de la conducta individual en contextos específicos nos brindaría el conocimiento de: 1) los procesos que caracterizan el mundo psicológico del individuo, 2) las interrelaciones y organización existentes entre los mismos y, 3) el modo en que hace frente a las peculiares demandas que cada situación le plantea. Siendo así que estas características y requerimientos de la situación activan unos procesos, inhiben otros y no afectan a otros, y, a u vez, el resultado de esta interacción altera potencialmente tanto los procesos y dinámica (el sistema global) del individuo, como la propia situación.

La conducta es fruto conjunto de características del individuo y de la situación, siendo así que, tanto la persona como la situación se ven modificadas al mismo tiempo por la conducta desarrollada.

La personalidad como disposición de conducta.

El valor de la personalidad como disposición de conducta se mantiene tanto en las teorías de rasgo, como en las sociocognitivas, aunque en cada caso el término disposición se entiende de diferente manera:

a) en las teorías de rasgo, la personalidad es una disposición de conducta (tendencia a comportarse de determinada manera), sin conceder importancia al contexto específico en que ocurre la conducta; b) en los planteamientos sociocognitivos, la disposición de conducta se refleja en la tendencia a presentar patrones discriminativos estables situación-conducta, de forma que a conducta presentará variabilidad en consonancia con las cambiantes demandas de la situación (se habla entonces de coherencia más que de consistencia).

La observación de los patrones estables contextualizados y discriminativos de conducta que caracterizan al individuo, nos permite identificar el sistema dinámico de interrelaciones existentes entre los diversos procesos psicológicos que constituyen elementos estructurales básicos de la Personalidad. Este sistema se activa en respuesta a las características peculiares de la situación, y se manifiesta en el modo característico con que cada persona se enfrenta a las circunstancias que le rodean y negocia la respuesta más adaptativa posible (aquella que le permita alcanzar el mayor equilibrio entre las demandas de la situación y sus competencias y recursos conductuales).

La personalidad como sistema.

Las personas difieren:

  • a) En el grado en que poseen los procesos psicológicos (unidades básicas de personalidad) y en el contenido específico de cada uno de esos procesos.
  • b) En el tipo de situaciones en que tales unidades se activan, así como en la facilidad con que se activan ante las circunstancias apropiadas.
  • c) Y sobretodo, en el sistema organizado de interrelaciones entre tales procesos psicológicos (desde los que el individuo se enfrenta a la situación), dando lugar a perfiles idiosincrásicos de conducta estables y predecibles.

Las cuestiones que interesan serían: ¿cómo están interrelacionadas estas unidades en cada individuo?, ¿cómo y ante qué tipo de información se activa?, y ¿cómo se dinamiza y evoluciona este sistema a lo largo del desarrollo y mantenimiento de la conducta?

A este respecto, no debe entenderse la secuencia global de conducta como un encadenamiento de compartimentos estancos, sino como un entramado dinámico en el que los procesos (que configuran las unidades de análisis de la personalidad) están continuamente interaccionando entre sí, y con las características de la situación, y que va cambiando como efecto del mismo proceso de interacción y afrontamiento, de forma que el modo en que percibimos y valoramos la realidad y a nosotros mismos, va cambiando en función de los resultados de nuestra conducta.

Ejemplo 1: Interrelaciones entre factores personales y situacionales.

La situación global considerada (juicio y veredicto), aun siendo la misma, en términos objetivos, para todos los sujetos, activó todo un conjunto de creencias, valores y sentimientos diferentes en unos sujetos y otros, que suscitan reacciones emocionales diferenciadas, y que llevan a unos sujetos a mostrarse de acuerdo con el veredicto y a otros en desacuerdo.

Ejemplo 2: Interrelaciones recíprocas entre persona, situación y conducta.

La hipótesis central de esta investigación es la siguiente: el modo en que uno percibe una situación, activa una serie de expectativas, emociones y sentimientos, que pueden desencadenar conductas que, a su vez, crean situaciones congruentes con las expectativas y creencias iniciales, lo que lleva a reforzar el modo en que se interpretan las circunstancias que nos rodean y la manera en que se reacciona a las mismas.

Esta idea es la misma que la de "la profecía que se autocumple": cuando uno piensa que algo le va a ir mal, se comporta de manera tal que, de hecho, las cosas terminan saliéndole mal.

Los resultados del estudio mostraron que: la pareja de sujetos que percibían rechazo en la situación, incrementó su nivel de enfado, mientras que quienes percibían la situación como más relajada, mejoraban su estado de ánimo. Además, los sujetos de la condición "rechazo" desarrollaron más conducta negativa.

Luego se estudiaron las interrelaciones entre: percepción de rechazo, conducta y consecuencias. Se encontró que: la percepción inicial de rechazo tiene escasa influencia directa sobre las consecuencias, pero influye indirectamente, al incidir directamente sobre el desarrollo de conducta negativa, que a su vez, conduce de manera directa a las consecuencias.

En resumen, a partir de un patrón similar de interrelaciones entre los elementos de la secuencia conductual, las personas pueden diferir bastante en el tipo de resultados que alcanzan con su conducta, según el modo en que perciban y valoren el contexto y el modo de reaccionar a tal valoración.

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