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Psicología Evolutiva: Desarrollo de la identidad personal y la identidad de género

LA EVOLUCIÓN DE LA AUTOESTIMA

Los años preescolares

La capacidad para comparar el Yo real y el Yo ideal aparece relativamente pronto. Antes de los siete años los niños son capaces de enumerar un buen número de rasgos que le caracterizan y de qué cosas hacen bien. Sin embargo, su autoestima está conformada por un conjunto de informaciones dispersas y no conectadas. Así, el niño puede decir que es muy valiente o que ayuda a recoger su habitación sin conectar esas habilidades con otras áreas más generales de su actuación ni, por supuesto, de su personalidad. Por ello, Harter apunta a que los preescolares no poseen autoestima global sino un conjunto de primeras autoestimas.

Hacia los dos o tres años, los niños se perciben a sí mismos como competentes en general y expanden esa percepción a todas las áreas: físicas e intelectuales. Esta tendencia se encuentra relacionada con las informaciones que los cuidadores o los padres les ofrecen y que, generalmente, son aduladoras y positivas, informaciones que van modificándose con los años, volviéndose mas exigentes. Hacia el final del periodo preescolar el niño se vuelve mucho mas sensible a las valoraciones que hacen los adultos acercad e su conducta, pensamientos y emociones. Sus sentimientos frente al éxito y el fracaso están muy relacionados con la reacción del adulto ante ellos.

El niño aprende pronto que sus conductas son evaluadas por otros y comienza a anticipar las reacciones de los demás frente a dichas conductas.

Estas evaluaciones resultan un elemento fundamental sobre el que construirá su evaluación.

Por ello, mientras que un niño pequeño tiende a comenzar un amplio número de tareas y persistir sistemáticamente en ellas, durante los años finales del periodo preescolar los niños tienden, al contrario, a abandonar prematuramente la tarea y explicitan que no lo van a poder hacer. Esto supone la expresión de una mayor conciencia de sus capacidades y se relaciona con la importancia atribuida a la valoración que otros harán sobre el resultado de su actuación. Asimismo, muestra una progresiva distinción entre habilidades o capacidades y esfuerzo, de manera que, con los años, los niños van tomando conciencia de que la voluntad y el trabajo no es siempre sinónimo de éxito.

Si este comportamiento de abandono prematuro e injustificado se produce sistemáticamente puede, asimismo, ser síntoma de una baja autoestima, inseguridad y pueden ser indicio de sujetos excesivamente dependientes de las informaciones del entorno.

La autoestima a través de los años escolares

Las discrepancias entre el Yo real y el Yo ideal tienden a aumentar desde los siete años y se seguirá incrementando hasta la preadolescencia. A lo largo de la etapa escolar los niños tienen una mayor tendencia y capacidad a la autocrítica, lo que repercute que se revise su autoconcepto y, como consecuencia, la autoestima se vea afectada.

Entre los siete y once años se observa un descenso de la autoestima que puede ser explicado atendiendo a varios factores. Por un lado, el desarrollo cognitivo permite a lo sujetos nuevas capacidades para establecer de forma mas ajustada, diferencias entre lo que les gustaría poder hacer y ser y las habilidades y aptitudes que realmente poseen y entre hechos, creencias, deseos, etc.

Asimismo, tienen una visión mas realista de sus capacidades y también de sus limitaciones, es decir, menos positivas pero mas ajustadas que en edades anteriores.

Un factor que influye decisivamente en esta revisión de su autoconcepto y de sus repercusiones en la autoestima es, de nuevo, el progreso propio de estas edades en el ámbito del desarrollo social: su capacidad para inferir lo que los otros piensan, sienten o esperan respecto a su actuación y la importancia que atribuyen a defraudar o cumplir dichas expectativas.

El proceso de socialización en el que crecen inmersos los individuos supone la adquisición de un conjunto férreo de normas y expectativas que acaban siendo asumidas por los sujetos como propias.

Hacia los siete u ocho años los niños ya han internalizado de forma muy consistente lo que los demás esperan de ellos y, por otra parte, ya conoce un amplio conjunto de normas y reglas acerca de muy diversos órdenes. Para Higgins estas normas y expectativas sirven al niño como una potente fuente de comparación respecto de su Yo real. Es decir, estas internalizaciones serian referentes, "auto-guías" con las que el niño compara su actuación y competencia real. Con la edad, estos referentes pueden modificarse siempre y cuando vaya también desarrollando un sentimiento de autonomía e independencia.

Otro aspecto de esencial importancia que se desarrolla durante estos años es la formación de toda una constelación de representaciones, muy influidas por variables del entorno social y de las pautas de crianza, acerca de la posibilidad o no de cambiar sus competencias y actuaciones. Por ejemplo, un niño puede pensar que es torpe para las matemáticas y tener asumido de igual modo que la inteligencia, como herramienta de comprensión de dicha materia, es innata o no se puede variar, es decir, "se es torpe" para las matemáticas.

Estas pautas de crianza a las que hacíamos alusión son uno de los referentes para la adquisición de una buena autoestima. Unos padres cariñosos que muestran interés por los diversos aspectos de desarrollo de niños y adolescentes y que expresan expectativas razonables y ajustadas a las capacidades de sus hijos, suelen generar en ellos un sentimiento de autovaloración positiva y de bienestar. Estos padres y, en el ámbito académico, los maestros y profesores aportan a los niños y adolescentes sensación de independencia y competencia.

Por el contrario, padres represivos, autoritarios, excesivamente preocupados por las comparaciones con otros niños, adolescentes o modelos suelen generar en sus hijos una autoestima baja, ya que estos asumen la necesidad de modelos exteriores que controlen su comportamiento y que sus rasgos son permanentes, es decir, con poca o nula posibilidad de cambio. Los padres que utilizan pautas de crianza sobreprotectoras pueden llegar a generar el mismo tipo de autovaloraciones.

El grupo de iguales es otro referente importante durante estas edades, ya que los niños tienden a compararse sistemáticamente con otros y a tomar muy en cuanta sus opiniones y valoraciones sobre ellos mismos. El afianzamiento y pleno rendimiento de su teoría de la mente, hace que los niños tomen muy en consideración cualquier valoración de los otros ya que él también las realiza sobre ellos.

El autoconcepto generado durante estos años y su valoración resultan de gran importancia para el posterior desarrollo psicológico y emocional. Muchas de las visiones que sobre uno mismo adquiere durante la infancia, especialmente durante el final de esta etapa, resultan difícilmente modificables en edades posteriores.

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