Psicología Online PIR El Lenguaje La Naturaleza Esquemática de los Discursos: Noción de Superestructura

Psicología Básica: Producción del Discurso y Conversación

La Naturaleza Esquemática de los Discursos: Noción de Superestructura

Como ha observado Van Dijk en numerosas ocasiones (ej. 1978, 1980) nociones como las de tópico o macroestructura, con ser esenciales para dar cuenta de la textualidad y coherencia de los discursos, resultan por sí mismas insuficientes en una caracterización de su coherencia global (especialmente cuando los textos son planificados y ejecutados por un solo hablante, caso de los monólogos y de los textos escritos).

¿Por qué? Porque, con cierta frecuencia, los textos poseen un carácter esquemático, convencional y fijo, que es independiente de su contenido semántico, es decir, poseen regularidades estructurales que permiten diferenciar distintos tipos de «formatos», así, las narraciones o historias, los discursos procedimentales o las narraciones de cómo hacer algo, los textos expositivos o ensayos, los textos exhortativos o sermones, y otros.

A las estructuras que identifican los tipos o formatos globales de discurso se las llama superestructuras. Las superestructuras son, en este sentido, representaciones abstractas de la organización del contenido de los discursos que se fijan culturalmente y que, en cierta forma, organizan el significado global (macróproposicional) de los textos (Van Dijk, 1980).

Desde el punto de vista del oyente, las superestructuras, que están estrechamente vinculadas a otras unidades de representación esquemática de las acciones e interacciones sociales como los marcos o los guiones, proporcionan una base de conocimiento relativamente invariable en condiciones normales que facilita la realización de inferencias causales tanto «hacia delante» como «hacia atrás» y tanto durante la comprensión de textos orales como escritos.

Desde el punto de vista del hablante las superestructuras determinan jerárquicamente algunas de las decisiones iniciales de la planificación de sus discursos: por ejemplo influyen sobre la selección de las unidades temáticas centrales del discurso (los tópicos) y sobre la ordenación lineal y jerárquica de los subtópicos en el texto.

El respeto al orden cronológico de los acontecimientos en las narraciones, la presentación lógica de los argumentos en los discursos expositivos y procedimentales, etc., constituyen, así, mecanismos de coherencia no ligados al contenido semántico ni a la relevancia pragmática de los discursos, pero también importantes en tanto en cuanto conectan a los discursos con formas generales y esquemáticas de representación del conocimiento, que facilitan a los oyentes la construcción de inferencias y expectativas y, consiguientemente, la comprensión e interpretación de los discursos.

Al mismo tiempo, condicionan decisiones del hablante, durante la producción, que posteriormente se reflejan en la propia organización superficial de los textos y en algunas de sus marcas lingüísticas.

La estrecha conexión existente entre las superestructuras y otras formas o unidades esquemáticas de representación del conocimiento en la memoria no permite interpretar, sin embargo, que los procesos psicolingüísticos responsables de la producción y la comprensión de los discursos son meros reflejos de los procesos centrales y que, por tanto, su caracterización nada aporta a la caracterización científica de estos últimos.

Dubitsky y Harris (1980), han demostrado que los formatos textuales,( las superestructuras) transportan por sí mismos contenidos ilocutivos que pueden influir y modificar la comprensión y los recuerdos de los textos (su interpretabilidad, en un sentido amplio.

Para poner a prueba su hipótesis, estos autores presentaron una misma información en textos que se ajustaban a cuatro formatos discursivos distintos: una narración, una descripción, un anuncio publicitario y una conversación.

Tras pedir a sus sujetos que realizaran una tarea de recuerdo y otra de «juicios» sobre la información presentada, observaron que el número de unidades informativas recordadas y la «actitud» o valoración de los sujetos hacia ciertos aspectos de la información presentada, o hacia la dificultad de los textos mismos, variaba significativamente de unos textos a otros (ej. los contenidos factuales se recordaban peor cuando se presentaban en forma de anuncio que en formatos dé descripción o narración), sin embargo, la comprensión de estos últimos se valoraba como más difícil que la de los anuncios o conversaciones).

Los resultados obtenidos por Dubitsky y Harris, si bien no deben ser considerados como concluyentes, pues no ha sido replicado el estudio, ilustran la idea de que algunas de las representaciones de orden superior que permiten dar cuenta de la organización formal de los textos constituyen, como ha sugerido Van Dijk (1980), «ejemplos prototípicos del conocimiento organizado en esquemas de los usuarios del lenguaje».

Por otro lado, abren la puerta a la intrigante posibilidad que la naturaleza intrínsecamente conversacional de los discursos (operativizada mediante variables pragmáticas como la de «fuerza ilocutiva global del discurso») imponga peculiaridades estructural y/o funcionales a estas representaciones y, por extensión, tengan implicaciones para la caracterización de la propia organización funcional del sistema cognitivo.

Sin duda, la posibilidad de identificar el dominio cognitivo pragmático discursivo con propiedades computacionales diferenciadas tanto respecto al dominio lingüístico como a otros dominios cognitivos más generales (ej. de solución de problemas o de razonamiento) está en el trasfondo de la propuesta de Van Dijk (1980) cuando define un tipo de unidades, a las que también llama «macroestructuras» como unidades de representación comunes a ciertos tipos de actividades cognitivas complejas (concretamente, el discurso y otras formas de interacción) pero diferenciables de representaciones o procesos más generales como los implicados en la utilización de guiones y marcos.

Sin duda, la sugerencia es todavía demasiado especulativa.

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