a) Generar una experiencia de desesperanza creativa y observación de las conductas clínicamente relevantes en terapia

La desesperanza creativa supuso hacer ver a la paciente el costo que la evitación había tenido en su vida. La paciente ha reconocido en sesión que en muchas ocasiones sus pensamientos le han impedido hacer cosas importantes o hacerlas de una manera satisfactoria, pero aunque lo reconocía, la psicóloga percibió que no era consciente del costo real que le había supuesto esa lucha contra sus propios pensamientos, y por tratar de evitarlos a toda costa. La paciente manifestó que las conductas que más le servían para evitar pensar eran las de consumir, comprar compulsivamente y ver la tele; pero a su vez estas mismas tenían un efecto rebote que le hacía sentir terriblemente culpable, por lo que el disfrute puede decirse que duraba escasos instantes, ni tan siquiera la evitación a corto plazo resultaba satisfactoria. Fue bastante complicado explicar a la paciente que el tener pensamientos negativos es algo normal, y que dejarlos estar y aprender a vivir con ellos no le haría una persona más infeliz o más pesimista, sino simplemente le permitiría actuar aún teniéndolos en la cabeza. Por eso se crea un estado de desesperanza creativa, ya que el cliente es consciente de que no encontrará en la terapia la solución que busca. La paciente manifestó en la consulta que no entendía mucho esa lógica, a lo que la terapeuta le contestó que eso significaba algo bueno, porque no era necesario entenderlo para que funcionase, sino que se debía conectar con sus verdaderos pensamientos y desde ahí comenzar a actuar, aunque no se entienda demasiado bien la terapia.

Aunque esto provocó mucha confusión en la paciente, también se mostró motivada porque explicaba que era cierto que había "hecho de todo" por quitarse esas ideas de la cabeza, pero éstas seguían ahí y la asaltaban en cualquier momento, y cuando lo hacían se atendía más a estas ideas que a lo que estaba haciendo, por lo que conseguía justo el efecto contrario a lo que buscaba.

Este estado de desesperanza unido a una conciencia real de su situación, estableció el momento ideal para introducir la "metáfora de los hoyos", que y debido a la alta capacidad de comprensión verbal que tenía la paciente nos pareció la más adecuada:

Metáfora: (Los comentarios entre paréntesis son añadidos que no se facilitan al paciente). Un hombre camina por un campo de hoyos con los ojos vendados (se trata de poner al cliente en la situación de que el campo de hoyos es la vida pero no se sabe donde están los hoyos ,situaciones de dolor, angustia y ansiedad, aunque no queremos caer en ninguno de ellos). Se le provee de una pala (que es el equivalente a las reglas verbales que la gente utiliza sobre qué hacer si sentimos malestar, por ej no pensar). Vendado y con la pala, el hombre cae en un hoyo y quiere salir de allí porque no le gusta y además, estar allí le impide hacer lo que es valioso en su vida. Pero ¿qué puede hacer con la herramienta que tiene?, sólo cavar, pero al cavar resulta que consigue hacer el hoyo más grande, no importa que cabe en distintos sitios del hoyo o de distintas formas. No obstante, a veces tales acciones, sirven para salir del hoyo (valen a corto plazo), pero vuelves a caer en otro. El problema no es la herramienta, el problema es que sólo sabe cavar, quitar tierra (eliminar lo que molesta, hacer lo que sea para reducir el dolor), y paradójicamente lo único que consigue es hacer el hoyo más grande. Se hará explícito que él, y sólo él, sabrá cuando está cavando, lo notará en su corazón, en sus entrañas (el terapeuta puede colocar sus manos en el abdomen). Sólo aprenderá otras formas que no sean cavar desde un conocimiento profundo del sentimiento que le produce cavar. Por eso no se pueden proporcionar en ese momento las fórmulas que el cliente solicita para aliviar su dolor, de hacerlo sólo las usaría para cavar. Desde este momento, durante la terapia el terapeuta indicará al paciente cada situación en la que esté cavando.

De todas las metáforas que se utilizaron ésta fue la que más impacto causó en la paciente, ya que era la primera vez que escuchaba que para sentirse bien no hay que dejar de sentirse mal, que para tratar sus problemas no hay que intentar cambiarlos sino intentar reconocerlos y en ocasiones aceptarlos tal cual son, porque quizás ese es el problema, que la no aceptación de los pensamientos le conduce a fusionarse con ellos e intentar realizar actividades para librarse de ellos porque le resultan demasiado molestos. En esta fase se observaron conductas clínicamente relevantes tipo 1, y que aparecerían en más ocasiones a lo largo de la terapia. Las dos más frecuentes en esta fase fueron las de no parar de hablar y verbalizar lo que siente, y no dar espacio para el silencio y para escuchar realmente lo que le está explicando la psicóloga; y también la evitación de un contacto ocular con las terapeutas, en el que se baja la mirada o se toca el pelo para evitarlo.

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