b) Trabajo en valores

Los valores son el corazón de ACT. La aceptación de los estados psicológicos molestos no tiene ningún sentido si no se hace en el marco de los valores del cliente. Ahora bien, valorar es una acción y no un sentimiento o una emoción. Con ello se quiere decir que, desde ACT, los valores de las personas se muestran en su comportamiento. A su vez, también es relevante que no se confunda la valoración con las razones que uno da para actuar. Cuando uno se comporta en una dirección valiosa lo hace con razones, pero no por razones. Dicho en otros términos, las razones (por poderosas que sean) no justifican nuestro comportamiento. Un ejercicio que pretende ilustrar esto es el llamado "ejercicio de elecciones". El terapeuta toma dos objetos cualesquiera del despacho y pide al cliente que elija uno u otro. Tras haber realizado la elección, solicitamos a nuestro cliente que nos diga las razones por las que ha elegido uno de los objetos y no el otro. El terapeuta ha de reconocer que esas razones que el cliente ofrece son ciertas, válidas y convincentes pero que, siendo así (teniendo esas buenas razones), podría haber elegido el otro objeto. El ejercicio se repite hasta llegar a un punto en que el cliente, cansado de realizarlo infinitas veces, dice que ha elegido un objeto y no el otro "porque sí" o "porque le ha dado la gana" o alguna otra respuesta similar. Se trata, entonces, de hacerle ver que ese era justamente el punto al que queríamos llegar: En el último extremo uno elige porque sí, no por unas u otras razones. Es conveniente traer a colación este ejercicio siempre que el cliente justifique su conducta por ciertas razones ("no lo hice porque en esta situación no hubiera sido de buena educación...", "me hubiera sentido peor...", etc.).

Para clarificar los valores de los pacientes existen una serie de cuestionarios y formularios que pueden ser de ayuda tanto al terapeuta como al cliente. Es importante, en cualquier caso, que no se entienda la clarificación de valores con una rigidez que desvirtuaría su propósito. Se trata de saber qué es lo realmente importante para la persona que acude a consulta. Hay muchas formas de averiguar esto y es opción del terapeuta inclinarse por una más formal u otras menos estructuradas. En todo caso, una vez que se tocan los valores del cliente sería importante que la primera pregunta que se le hace cuando entra en sesión no sea "¿cómo te encuentras?" o "¿cómo va la ansiedad?", etc.; sino cuestiones del tipo "¿qué has hecho esta semana en dirección a tus valores?" "¿qué cosas importantes para ti has hecho estos días?", etc. Es decir, ha de dejarse bien claro, tanto de forma directa como indirecta, que lo importante no es la sintomatología del cliente; sino sus acciones en dirección a valores. Son varios los problemas que pueden surgir en esta fase. Uno de los más comunes es que el paciente reconozca sólo ciertos valores socialmente aceptados; mientras que oculte otros más problemáticos (dinero, fama, diversión, sexo, etc.) El terapeuta (y, por supuesto, también el cliente) debe tener presentes todos los valores (tanto los socialmente aceptables como los menos aceptables.). Será difícil que el cliente progrese si se trabajan sólo ciertos valores y se descuidan otros tan o más importantes que los que el contexto social permite reconocer públicamente. Otro problema muy común en esta fase es que el cliente ponga sus dificultades psicológicas (la ansiedad, la tristeza, las obsesiones, las ganas de consumir, etc.) como impedimentos para conseguir ciertos valores ("lo haría si no me pusiera tan nervioso", "intentaría lograrlo si pudiera sentirme un poco mejor", etc.). En orden a trabajar estas "barreras psicológicas" se recomienda utilizar la "metáfora del autobús". Se propone al cliente que la situación en la que se halla podría ser similar a otra en la que él fuera un conductor de un autobús. En determinada parada del recorrido se suben en el autobús unos pasajeros con "malas pintas" (mal vestidos, con aspecto agresivo, etc.). Estos pasajeros permanecen en su asiento sin hacer demasiado ruido ni molestar demasiado, pero en cuanto el conductor del autobús decide tomar una cierta dirección (por ejemplo, dirigirse hacia la derecha) los pasajeros se le acercan y le empiezan a molestar e intimidar de muy variadas maneras. Para no tenerlos encima incordiando, el conductor deja de tomar el camino que se había propuesto, con lo que consigue que los pasajeros molestos se calmen y regresen a sus asientos. Ahora bien, la próxima vez que el conductor pretenda tomar el camino de la derecha, los pasajeros volverán a saltar y hacer ruido hasta que el autobús vuelva a la dirección que los pasajeros molestos quieren. Como puede verse, aunque el conductor es quien tiene realmente las manos en el volante, el autobús viene guiado por los pasajeros molestos.

¿Qué se podría hacer en esta situación? Es bueno que el cliente nos dé contestaciones a esta pregunta dado que, seguramente, reflejarán a los intentos de solución que él haya adoptado. Por ejemplo, nos puede decir que lo que hay que hacer es "echar a los pasajeros del autobús". Si nos da una respuesta como ésta podemos enlazar la metáfora con su situación actual y preguntarle si él ha conseguido echar de su autobús a la "ansiedad" o a la "tristeza" o a las "obsesiones", etc. Parece, en efecto, que los pasajeros no se dejan bajar con facilidad y que muchas veces el coste de intentar bajarlos ha sido tener detenido el autobús durante bastante tiempo. Las posibles soluciones pasarían, entonces, por tomar la dirección que uno quiere asumiendo (aceptando) que los pasajeros van a molestar, van a amenazar, van a intimidar, van a hacer ruido, etc. Tal vez, después de varias veces en que sus intentos de chantaje no funcionen, terminen callándose (o tal vez, no). Lo importante, en cualquier caso, es que ahora quien decide la dirección del autobús es el cliente y no los pasajeros.

Página 29