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Los sucesos traumáticos nos pueden pasar a todos

Por Jose Emilio Alberola Colomar. 9 mayo 2018
Los sucesos traumáticos nos pueden pasar a todos

Vivimos con la creencia ilusoria de que las desgracias sólo les ocurren a los demás y cuando nos pasan a nosotros surge la pregunta inquietante: ¿por qué a mí? Para responder a ella hay que tener en cuenta una verdad incuestionable: nuestro mundo es un sistema dinámico, está en continuo movimiento debido a la acción de las distintas fuerzas de la naturaleza, lo que provoca necesariamente cambios que en gran parte son debidos al azar (aunque se den en él numerosas regularidades), nada permanece igual indefinidamente.

Además de los cambios en el entorno físico, con el paso del tiempo también se producen cambios en las personas (en su estado físico y psicológico) y en las relaciones que éstas mantienen con el entorno físico y con otros miembros de su grupo, luego pensar que las cosas seguirán igual toda la vida es absurdo. Esta ley del movimiento continuo facilita la ocurrencia de multitud de sucesos en el sistema ser humano-entorno, por lo que la probabilidad de que alguno de ellos pueda afectarnos negativamente es cierta, constante y, en gran parte, imprevisible e inevitable. En este artículo de Psicología-Online, aprenderemos a acepar que los sucesos traumáticos nos pueden pasar a todos.

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Aceptar la posibilidad de que podamos vivir una experiencia traumática

Se trata pues de una cuestión de probabilidad: cuantos más elementos formen parte de nuestro entorno vital (materiales y personales) y más relaciones tengamos con ellos, más sucesos se producen y, por tanto, más probabilidad de que nos afecten negativamente. Esto nos obliga a aceptar que un cambio en el estado de las cosas es posible en cualquier momento y lugar del entorno en que estemos y, por tanto, es probable que se derive de él un suceso traumático que nos afecte. En este aspecto, deberíamos aceptar la incertidumbre como parte de la vida cotidiana

Es posible que el modelo del mundo que nos hemos construido (cómo son y cómo funcionan las cosas) tenga algunas deficiencias o errores que pueden ser el origen del suceso traumático y que deberíamos asumir y aceptar, superando así la tendencia natural a buscar excusas para justificarlos (racionalización, inculpación, etc.). Entre las deficiencias más habituales están:

  • Las representaciones mentales que habíamos construido sobre nosotros mismos y sobre los demás elementos de nuestro entorno (especialmente con las personas) respecto a sus características particulares, su posición, su función y las formas de relacionarse, contenían errores o anomalías que enmascaraban la auténtica realidad.
  • Nuestras predicciones e ilusiones para el futuro eran infundadas, no tenían una base real, o no se habían tenido en cuenta factores determinantes al hacerlas.

La existencia de deficiencias o errores en alguno de estos factores obliga también a aceptar que es necesario efectuar modificaciones o abandonar nuestro modelo actual y sustituirlo por uno nuevo. Cualquier modelo personal basado en representaciones mentales de nuestro mundo no es inamovible, puede modificarse, y la plasticidad neuronal es el mecanismo biológico que lo hace posible.

No obstante, crear un nuevo modelo del mundo que sea válido es costoso, requiere tiempo y esfuerzo, pues hay que superar la resistencia de la mente a cambiar un modelo ya consolidado al vernos forzados por la nueva situación (sobre este aspecto, puede ser ilustrativo lo señalado por Chinn y Brewer en su taxonomía de posibles respuestas de una persona frente a datos anómalos). Además, desde el punto de vista fisiológico, todos los procesos biológicos requeridos para formar y consolidar las redes neuronales que representen un nuevo modelo son complejos y requieren su tiempo para acoplarse (es algo parecido a las horas de gimnasio que se necesitan para hacer crecer los músculos del cuerpo).

Los sucesos traumáticos nos pueden pasar a todos - Aceptar la posibilidad de que podamos vivir una experiencia traumática

Aceptar el sufrimiento generado.

El dolor psicológico es una respuesta de nuestro sistema emocional ante un suceso que nos afecta y al que calificamos como nocivo (peligroso, perjudicial, amenazador). Su finalidad es impulsar a la persona a que preste atención a la situación perturbadora presentada y actúe tomando las medidas necesarias para afrontarla eficazmente.

Dado que el dolor es un imperativo de la naturaleza que cumple una función de alerta para mantener la supervivencia, no está en nuestras manos eliminarlo (no está bajo el dominio de la voluntad, se debe al sistema nervioso autónomo), por lo que no tenemos más remedio que aceptarlo e intentar controlarlo para que no afecte demasiado a nuestra cotidianidad. La aceptación de la necesidad e inevitabilidad del dolor, a pesar del profundo y amargo sentimiento de no merecerlo, es el primer paso para empezar a superarlo.

En los sucesos traumáticos se ha generado un estado de las cosas no previsto, como la pérdida de lo que teníamos (salud, trabajo, familia) y/o la imposibilidad de tener lo que deseamos (ser padres, reconocimiento social, dar y recibir afecto y cariño) y, además, viene acompañado de una gran carga emocional negativa (más acusada cuando se rompen vínculos cruciales para el bienestar psicológico: familiares, sociales, laborales). En esta situación, nuestra mente se encuentra en un estado de turbación, de agitación mental, incapaz de razonar con sensatez para dar una respuesta adecuada a la situación.

Intentamos recurrir a razonamientos inteligentes para comprender la situación y poder aceptarla, pero con ellos sólo conseguimos una aceptación cognitiva o intelectual (nos decimos: entiendo lo que pasa y sé que tengo que aceptarlo), pero esto no es suficiente para hacer desaparecer el dolor, pues aunque lo aceptemos intelectualmente, al ser el sistema nervioso emocional autónomo, no podemos evitar la aflicción y las sensaciones fisiológicas desagradables que genera (ansiedad, insomnio, molestias estomacales, falta de atención y concentración, etc.). Es más, para aceptar es necesario analizar y comprender todas las circunstancias del suceso y ello comporta prestarle atención y revivirlo, con lo que se intensifica la alteración emocional, dificultando así su comprensión y su aceptación.

Aceptar nuestra naturaleza biológica.

El suceso traumático activa el sistema emocional haciendo que emerjan emociones negativas, pero esta activación depende tanto del potencial de activación emocional inherente al suceso como de la sensibilidad emocional de la persona (hay personas que un grano de arena les parece una montaña, o un comentario inapropiado pero inocente se convierte en un insulto demoledor). Los procesos biológicos involucrados en ambos factores tienen lugar en diversas estructuras cerebrales e intervienen varios componentes (principalmente neurotransmisores, receptores y hormonas). Todos ellos dependen en gran parte de la estructura genética de la persona, y ésta no podemos cambiarla, por lo que cabe afirmar que la composición, estructura y funcionamiento del sistema cerebral son elementos que influyen en la formación de un suceso traumático, y al ser específicos para cada persona, forman parte de nuestra identidad biológica a la que nos vemos obligados también a aceptar.

En las personas cuya naturaleza biológica les imprime una mayor sensibilidad emocional el impacto negativo del suceso será mayor y, por tanto, serán más vulnerables y su proceso de aceptación requerirá un mayor esfuerzo (está comprobado que una menor cantidad de serotonina y dopamina hace más proclive a la persona a la ansiedad y el miedo excesivos).

Los sucesos traumáticos nos pueden pasar a todos - Aceptar nuestra naturaleza biológica.

Claves para superar una situación traumática

Como hemos visto, en el suceso traumático intervienen diversos factores: biológicos, psicológicos y ambientales que determinan su calificación como tal. Desde la perspectiva psicológica, el objetivo de la aceptación es asumir una situación que vulnera el modelo del mundo instaurado en la mente (implica superar la contradicción entre el modelo interno consolidado y la realidad externa). Pero esto supone un gran esfuerzo, la suma de todos los obstáculos que se pueden dar en las aceptaciones parciales señaladas muestra la dificultad del proceso, de ahí que el tratamiento terapéutico debiera incidir en utilizar técnicas apropiadas para cada una de las aceptaciones. Además, el proceso de aceptación no es igual en todas las personas, hay algunas que lo consiguen con más eficacia y rapidez, como son aquéllas con un gran sentido de coherencia (según Antonovsky, 1979) o las resilientes.

Atendiendo a los razonamientos expuestos es fácil llegar a la conclusión de que debemos aceptar los sucesos traumáticos porque no hay otra opción, es un requisito necesario para adaptarse de forma adecuada a los cambios vitales. Dado que no podemos cambiar los hechos, lo “sensato” es aceptar todo aquello que no podamos cambiar o transformar. Aceptar lo evidente, lo que no admite prueba en contrario, discusión o controversia, es el camino natural para lograr la estabilidad psicológica y la adaptación a la nueva situación. Cuanto más se tarde en este proceso, más tiempo perdido para dedicarlo a vivir experiencias agradables. Por tanto, lo que nos interesa es establecer la estrategia adecuada para que el proceso de aceptación, que por sí es lento y complicado, se produzca de forma más rápida, efectiva y con menos esfuerzo.

Pero también implica aprender a vivir la cotidianidad acompañado por el dolor psicológico causado por el trauma, que opera como una carga que se lleva a la espalda y que nunca desaparece (en cualquier momento puede emerger a la consciencia la representación mental del mismo), pero hay que seguir adelante, andar el camino de la vida que esté a nuestro alcance y no quedarnos quietos con la única misión de resignarse a los cambios producidos.

En virtud de lo expuesto, la superación de un suceso traumático requiere, además de una gran fortaleza mental, una actitud proactiva basada en tres premisas básicas: la aceptación del pasado, la adaptación al presente y la ilusión por el futuro.

Este artículo es meramente informativo, en Psicología-Online no tenemos facultad para hacer un diagnóstico ni recomendar un tratamiento. Te invitamos a acudir a un psicólogo para que trate tu caso en particular.

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